¿Y si gana Le Pen? Los primeros cien días de un Gobierno del Frente Nacional

Siguiendo su programa y las últimas decisiones y declaraciones, se puede intentar hacer un ejercicio de política-ficción sobre los primeros cien días de una eventual presidencia de Le Pen

Foto: Partidarios de Le Pen durante un acto electoral en Villepinte, al norte de París, el 1 de mayo de 2017. (EFE)
Partidarios de Le Pen durante un acto electoral en Villepinte, al norte de París, el 1 de mayo de 2017. (EFE)

Marine Le Pen ha robado la retórica de la Francia insumisa de Mélenchon para seguir reducienco su desventaja con Emmanuel Macron. Algunos sondeos otorgan ya a Le Pen más de un 40% de intención de voto a escasos días de la gran final. Muchos empiezan a preguntarse ya cómo sería una Francia presidida por Marine Le Pen. Siguiendo su programa y teniendo en cuenta las últimas decisiones y declaraciones de la aspirante, se puede intentar hacer un ejercicio de política-ficción sobre los primeros cien días de una eventual presidencia de Marine Le Pen.

El pasado fin de semana Le Pen ya tomó la primera medida de su plan como presidenta de Francia. Nombró primer ministro a Nicolas Dupont-Aignan, líder del partido En pie Francia, un tránsfuga del centro derecha que dice representar los ideales del general De Gaulle. Con ese movimiento, Marine Le Pen ayudaba a romper el famoso dique de contención que había aislado a su movimiento durante décadas. Además, era la primera señal de su pretendida apertura a otras sensibilidades políticas, hacia la constitución de un "gobierno de unidad nacional", como ella ha dicho, en el que tendrían cabida otros personajes que antes del 7 de mayo quizá nadie esperaba. La victoria rompe también las timideces y los principios de los ambiciosos. De izquierda y de derecha. De arriba y de abajo.

La calle en llamas

En los primeros momentos tras la victoria de Marine, la nueva presidenta debería hacer frente a las protestas callejeras que acogerían el resultado. Las medidas de orden público absorberían los primeros momentos poselectorales y podrían marcar los días hasta el traspaso de poder, el 15 de mayo, que François Hollande debería cumplir, a pesar de todo, como estipula la tradición. Las fotos de las calles de París en llamas llevarían a Donald Trump a tuitear que Francia vive una guerra civil.

Las protestas pdarían pie a una mayor dureza policial y judicial de la observada en tiempos recientes. Después de lo ya visto entre las dos vueltas electorales, el riesgo de desórdenes públicos sería una de las preocupaciones de la nueva inquilina del Elíseo, que se vería obligada a exigir un endurecimiento de las medidas de excepción. Por supuesto, los principales jefes policiales y los altos cargos de la Justicia nombrados por François Hollande, serán reemplazados.

Los medios de comunicación, hostiles en su mayoría a Marine Le Pen, empezarían a temblar. La prensa privada sabe que los millones que reciben de las subvenciones del Estado pueden ir a para a otros fines. Los medios públicos pueden estar seguros de que verán sus organigramas renovados (como tras cualquier cambio de gobierno). Los nombramientos y la nueva polÍtica informativa provocarían el comienzo de una guerra interna y de la resistencia de una parte de periodistas y técnicos que bloquearían las antenas. La audiencia se acostumbrará. Por mucho menos el servicio público ha mantenido sus redacciones paralizadas durante semanas, en múltiples ocasiones.

Frexit pasado por agua

Para evitar los bloqueos parlamentarios y no tener que acudir al decretazo que tanto se ha criticado al gobierno saliente, el nuevo poder utilizará el arma del referéndum en diferentes campos. Los jubilados franceses, el segmento de población más reticente a las promesas antieuropeas de Marine Le Pen, se sentirán algo reconfortados. Lo estaban ya desde que comenzó la campaña para la segunda vuelta. Marine Le Pen había aguado el Frexit y ya no hablaba de salir de la UE. El discurso antiBruselas se mantenía, pero ahora para negociar una nueva relación con la Europa comunitaria. Las negociaciones pueden llevar muchos meses.

En el futuro, Marine Le Pen dejaba vislumbrar un referéndum que ella ganaría cuaquiera que fuese el resultado: si los franceses deciden imitar a los británicos, se cumple su promesa; si prefieren quedarse junto a los 27 actuales socios, ella habrá hecho triunfar la democracia popular y hará respetar el resultado, a diferencia de lo que socialistas y chiraquianos hicieron cuando la población rechazó en las urnas el Tratado para la Constitución Europea, en mayo de 2005.

Los lepenistas proUE – que también existen- sabían ya que para salir de la Unión habría que revisar la Constitución. Ello implicaba la aprobación de la Asamblea y del Senado. En ambas cámaras, difícilmente el FN obtendrá una mayoría. Y ni siquiera apoyos para abandonar el club de Bruselas. La extrema izquierda no aceptaría votar con Marine Le Pen por principio, a pesar de coincidir el el fondo de muchos asuntos.

La nueva mandataria y sus equipos deberían hacer frente también a la desafección de algunos diplomáticos y altos funcionarios que habían manifestado su rechazo a trabajar bajo un mandato lepenista. No será un problema, Durante los últimos tiempos, Le Pen ha sabido ganarse a toda una serie de enarcas, que también han perdido el miedo a manifestar sus coincidencias políticas con la nueva Jefe del Estado

Merkel, primero; Putin, enseguida

Marine Le Pen, después de haber vilipendiado a Angela Merkel como a ningún otro político extranjero, no evitaría un encuentro con la canciller. Sus consejeros le harán comprender que no puede entrevistarse con Vladimir Putin antes que con la jefa de Gobierno del país que tanto une a Francia en todos los aspectos. La cita serviría solo para la galería: Le Pen denunciaría la austeridad impuesta por Berlín y exigiría menos exportación fuera de la UE y más solidaridad entre vecinos.

Una falla con las figuras de Angela Merkel (i) y Marine Le Pen. (Reuters)
Una falla con las figuras de Angela Merkel (i) y Marine Le Pen. (Reuters)

Marine Le Pen, ya presidenta, sería recibida con todos los honores en Moscú. Allí, ya podría prometer un cambio de actitud de París con respecto a Rusia, dentro de la UE. La exigencia del levantamiento de las sanciones al Kremlin por el conflicto en Ucrania formaría parte de la nueva diplomacia francesa. El nuevo capítulo ruso ofrecería a Francia una relación especial con Moscú y sería vendido a la opinión pública como una manera de evitar las consecuencias negativas que el embargo comercial decretado por al UE ha tenido sobre los exportadores franceses. El negro recuerdo de la cancelación de la venta de los dos portahelicópteros Mistral a Rusia serviría como ejemplo del cambio con respecto a la política exterior de Hollande.

Entre los mandos de la OTAN las promesas de abandono del mando militar de Marine Le Pen intentaban ser compensadas con un compromiso de cooperación que rebajase el impacto de la decisión. En todo caso, para Le Pen es una de las decisiones menos difíciles de tomar. Fue Nicolas Sarkozy quien decidió en 2007 que Francia participase en el mando conjunto de la Alianza Atlántica. Para el francés medio, la medida no cambió nada, pero ha costado casi 750 millones de euros hasta hoy.

Para el imprevisible presidente norteamericano, la postura de Le Pen sobre la OTAN le reconfortaba en sus críticas a la organización y a los aliados que no contribuyen a su mantenimiento. Le Pen, que hasta el bombardeo norteamericano sobre una base militar siria no había criticado al nuevo inquilino de la Casa Blanca, viajará por fin a Washington D.C segura de ser recibida por Donald Trump. Se darán la mano, pero en la rueda de prensa surgirán diferencias que no preveían. Una cosa es alabar el proteccionismo de Trump y otra muy distinta mostrarse en Francia como demasiado pronorteamericana.

Inmigración: no imitar a Trump

De la experiencia de Trump Le Pen habrá aprendido que el legislativo y el judicial son también en Francia contrapoderes que pueden dificultar la aplicación de su programa. Marine Le Pen había prometido rebajar la cifra de inmigrantes a 10.000 al año. Será una de sus prioridades. Según ella, Francia acepta casi 200.000 al año. Para cumplir su promesa, necesitará suspender los acuerdos de Schengen, algo que en realidad ya se aplica en su país y en otros de la UE, y reforzar los controles fronterizos con la contratación de miles de agentes.

Los campamentos de inmigrantes surgidos en algunos barrios de París serán desalojados con rapidez, como ocurre, por otra parte, con la actual alcaldesa socialista, Anne Hidalgo. La diferencia estará en la utilización de los medios de comunicación. Ahora, se intenta ocultar; con Le Pen, se hará un gran despliegue periodístico. Para la jefa del Estado, se tratará así de evitar el efecto de atracción de futuros inmigrantes ilegales.

El acuerdo con Dupont-Aignan suaviza una de las medidas inscritas en el programa de Marine. Los hijos de extranjeros en situación de ilegalidad no deberán pagar su escolarización mientras se resuelve su caso. En cambio, intentará llevar adelante sus propuestas de impedir el reagrupamiento familiar de los inmigrados y aplicar el cambio en el procedimiento de la obtención de la nacionalidad. Nacer en territorio francés ya no sería una garantía para obtener la nacionalidad si los padres son extranjeros (como en Alemania). La doble nacionalidad extraeuropea queda suprimida. Se acabaron, pues, los franco-argelinos, los franco-tunecinos…o los franco-canadienses.

Islam radical vs. islam compatible

La lucha contra el islam radical es una de las promesas/estrella de Marine Le Pen. La ilegalización de la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF, ahora rebautizada como Musulmanes de Francia), considerada por el FN como bajo control de los Hermanos Musulmanes, sería una de las primeras medidas en este sentido. Todas las organizaciones musulmanas que reciben subvenciones del Estado y que, en ocasiones, se camuflan como centros sociales o culturales, se verán privadas de dinero público.

La lucha contra el salafismo en ciertas mezquitas y el control del mensaje de los imanes radicales se intensificará, aprovechando el trabajo ya hecho por el gobierno socialista. Para Marine Le Pen, el islam es compatible con la República francesa, si es un islam que acepta el laicismo como el resto de creencias. Deberá convencer de ello a muchos franceses, que insisten en que la única Constitución que los musulmanes respetan es la Sharía.

Más difícil tendrá hacer frente a los llamados territorios perdidos de la República. Son cientos de barrios controlados por los traficantes y los salafistas, en los que bomberos, policías, médicos y cualquier representante del las instituciones del Estado son recibidos con lanzamientos de lavadoras desde las azoteas o, incluso, a tiros.

La diputada socialista de Marsella, Samia Ghali, hace años soliviantó a sus colegas diciendo que la solución era enviar al Ejército a devolver el orden y la tranquilidad a los vecinos que viven impotentes y asustados esa lacra. Le Pen nunca ha mencionado tal medida y se ha limitado a criticar el clientelismo, el desastre urbanístico, el abandono y el gasto de miles de millones de euros "durante años en varios planes Marshall", que no han servido para gran cosa.

Le Pen sabe que si no actúa con rapidez la situación en las 'banlieues' le será reprochada. Para ello, se daría prisa en aplicar su programa: restablecer los servicios de inteligencia sobre el terreno, creación de 15.000 plazas de policías, e intentar controlar a los 5000 jefes de bandas de delincuentes y de criminales que el Ministerior del Interior socialista había ya identificado.

Una de las primeras iniciativas de Le Pen sería el endurecimiento de las leyes penales y, en consecuencia, la abrogación la Ley Taubira, obra de la exministra de Hollande, que el FN considera laxista.

Medidas sociales "de izquierda"

Las dificultades y la resistencia en la aplicación de las promesas de Le Pen se querrán ver compensadas con medidas sociales, algunas de difícil crítica en la calle, pero que hacen temblar a ciertos economistas: reducción de un 10% del impuesto a los tres tramos más bajos; aumento de la ayuda económica para los ciudadanos más pobres; creación de un plan nacional para la igualdad salarial hombre/mujer, jubilación a los 60 años y desarticulación total de la nueva Ley de Trabajo, auspiciada por Emmanuele Macron durante su paso por el Gobierno de Hollande y descafeinada por la izquierda de los socialistas.

Cien días es un período de tiempo corto para cambiar un régimen, pero suficiente para aplicar medidas simbólicas que los millones de votantes de Marine Le Pen esperban desde hace años. Una parte de la izquierda y muchos insumisos que se abstuvieron en la segunda vuelta quedarán mudos de sonrojo y vergüenza. Manuel Valls tirará de los rescoldos de la socialdemocracia para pactar acuerdos con el centroderecha. La ultraizquierda vivirá jornadas de gloria: "Contra Le Pen protestamos mejor".

Elíseo 2017

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