Día Tres: “Esto sabe a victoria”. Los hermanos llegan en ferry hasta el Pireo

Desde Izmir contaremos, día tras día, el viaje de una familia siria hacia Europa huyendo de la guerra. Recorrerán la ruta de los Balcanes para "volver a tener una vida normal". Ya han llegado a Atenas

Firaz ha vuelto. El contacto de los hermanos sirios Malaz y Sana, su única esperanza para abandonar la isla de Lesbos hacia Atenas, ha conseguido entrar en territorio griego por el aeropuerto de Mitilini. Para él, la noche ha transcurrido inmerso en un tira y afloja en las dependencias policiales para conseguir el documento temporal que permite a los diez integrantes del grupo tomar el ferry hacia el puerto del Pireo. Desde las 9 de la noche hasta las 5 de la mañana, Firaz ha peleado contra el resto de refugiados y autoridades griegas para obtener los "papeles”. "¡Lo he conseguido!", me escribe en un mensaje Whatsapp, "a las 11 salimos a Atenas".

La zona del puerto de Mitilini está más tranquila que los días anteriores, una quietud que contrasta con el ánimo de Firaz: cuando lo encuentro no cabe en sí de la emoción. “¡Ha sido por la niña (la hija de Duah)!. Les dije que llevábamos un bebé y me dieron los documentos”, dice. A toda prisa, nos dirigimos hacia el puerto para coger el barco. Cientos de refugiados se han hecho con todas las plazas en todos los ferries de los próximos tres días.

Alaa muestra los documentos que permiten tomar el ferry hacia el puerto del Pireo.
Alaa muestra los documentos que permiten tomar el ferry hacia el puerto del Pireo.

Esta mañana, la seguridad portuaria de Lesbos vigila el embarque de los 1.700 pasajeros, todos sirios, afganos e iraquíes… también hay personas de Kazahastán y Pakistán. Los agentes son especialmente agresivos con ellos. “Tenemos que controlar la situación", me grita uno de los encargados de seguridad. Mientras subimos por las escaleras, un agente empuja a Firaz, quien se vuelve bruscamente y contraataca con un manotazo. Acto seguido, nos agarran de la mochila y nos echan violentamente del acceso. “We don´t want problems!”, gritan. Al cabo de un rato, vuelven a permitirnos la entrada en el ferry.

El barco se va llenando de caras sonrientes. "Atenas, Atenas!", gritan unos niños que se sientan a mi lado. En el último piso encontramos sentados juntos a Sana y a Malaz. Están contentos, aunque sus rostros solo transmiten cansancio. No han pegado ojo en toda la noche y esta es la primera vez en muchos días que se acomodan sobre un asiento. Algunos no tardan en dormirse. El panorama general en las dos plantas del barco es la de hombres y mujeres desplomados sobre los bancos. En seguida, los baños se llenan de quienes quieren afeitarse o aprovechar para lavarse los dientes.

A Sana, los nervios no le permiten relajarse y sale a la cubierta para observar el mar. “No sé por qué, pero no quiero dormirme”. Cuando pregunto qué es lo que siente, no sabe qué contestar. Hace días que no siente nada, dice, el torbellino de sensaciones la bloquea. Me confiesa que se acuerda de su madre. Ayer habló con ella y sabe que está preocupada. Como en cualquier otra situación, cada uno del grupo reacciona de forma diferente. Malaz, en cambio, comienza a tener miedo. Sus padres siguen en Siria y no sabe si hablar conmigo podría ponerles en peligro.

Día Tres: “Esto sabe a victoria”. Los hermanos llegan en ferry hasta el Pireo

Durante las diez horas de trayecto, la multitud se hacina alrededor de los enchufes. Cargar el móvil es en estos días una necesidad básica, solo superada por comer e ir al baño. En menos de una hora, ya corren por los pasillos especialistas en encontrar las tomas de corriente. “¡Sígueme!”, me espeta un joven cuando me encuentra buscando un puesto de carga. En la zona de proa, está el restaurante-bar. Algunos sirios se acercan a comprar un bollo, una coca cola o un pastel griego de espinacas. Sin ningún orden, se amontonan alrededor de la caja registradora. “¡En fila, por favor!”, grita el griego encargado del servicio.

Conforme nos acercamos a Atenas, la cubierta se llena de más gente. Algunos se hacen selfies, hay quien busca cobertura, y otros salen a fumar un cigarrillo para calmar los nervios del final del viaje. Con los pies colgando por la barandilla, Sana y yo conversamos sobre España. Me pregunta por Al-Ándalus durante la típica conversación de un musulmán sobre España. “¿Tú amas a tu país?”, me sorprende, “yo amo a Siria, pero ahora tengo que cambiarme de nacionalidad”. No sabe qué contestar cuándo le pregunto qué espera de Europa. “No queremos caridad ni dinero, tenemos dignidad. Tan solo queremos papeles para poder trabajar”.

Sana (con velo blanco) en cubierta durante el trayecto.
Sana (con velo blanco) en cubierta durante el trayecto.

El megáfono anuncia que nos estamos acercando al puerto del Pireo. Firaz viene corriendo a buscarme a la cubierta. “¡Date prisa, ya estamos!”. Bajamos, junto al resto, a la planta más baja, la bodega donde transportan los automóviles. La masa de gente se va preparando. Me fijo en que Duah y Alaa se han maquillado y cambiado de ropa, la primera vez desde que les conocí hace tres días. Quieren tener buen aspecto para entrar en Atenas, me explican. De pronto se abren las compuertas y la muchedumbre comienza a silvar y a cantar. Todos sonríen, se abrazan, se hacen fotos... “Esto sabe a victoria”, exclama Malaz. Una de las pocas veces que le he visto sonreír.

No llevamos ni cinco minutos en el Pireo, caminando dirección a la estación de metro, cuando un hombre sirio se baja de un coche negro. “Os llevo directamente a la frontera de Macedonia por 50 euros cada uno”, le explica a Firaz. En menos de un minuto, irrumpe en la escena un guardacostas griego y estalla una discusión. La escena debe ser ya demasiado habitual en este puerto. Más traficantes se acercan a otras familias cuando un hombre griego llamado Kokkos hace su aparición: “Seguidme todos, no os vayáis con los traficantes, seguidme hacia el metro”, repite con un brazo en alto. Acaba conduciendo a la masa hacia la estación.

.- Día Dos: ¿Qué metieron en la maleta? Sana, una joya de su madre

.- Día Uno: una familia en el punto cero.

 

En ruta con los refugiados sirios
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