Trebisonda, la ciudad donde no es posible pagar

  Samsun es una gran ciudad turística. Apabulla el desarrollo turco. Grandes proyectos inmobiliarios, fenomenales infraestructuras, dinero a espuertas. Estos tíos están haciendo un gran trabajo.

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    Samsun es una gran ciudad turística. Apabulla el desarrollo turco. Grandes proyectos inmobiliarios, fenomenales infraestructuras, dinero a espuertas. Estos tíos están haciendo un gran trabajo. Turquía es el país musulmán más avanzado que conozco y el que menos desigualdades sociales revela. El sur kurdo es pobre. He estado allí, pero esta zona no tiene nada que envidiar a Europa. Más bien Europa tiene que envidiar a Turquía su pujanza y su espectacular crecimiento. Antes querían ser miembros de la UE, ahora sospecho que les importa un bledo.

    Y bordeando la ribera del Mar Negro llego a Trabzon, la antigua Trebisonda donde desembarcara Clavijo para proseguir por tierra hasta Uzbekistán. Esta población era en aquellos tiempos una polis griega. La ciudad es enorme y se desparrama por la ladera de una montaña que vigila el mar. Visito la iglesia griega de Aya Sofía. De hecho fue un imperio. Aunque un imperio modestito, acosado por los otomanos. Tuvo que rendir vasallaje y pagar tributo a Tamurbec, o sea a Timor el grande, el emperador mongol a cuya corte en Samarcanda fuera nuestro explorador.

    El hotel Vulvar es de lo más básico. En recepción atiende un chaval que apenas habla cuatro palabras en inglés. Discutimos el precio. 35 liras con desayuno. Como el sitio apenas tiene un pase regateo porque estoy dispuesto a irme a pesar del cansancio. Lo deja en 30. Unos 15 euros. 

    Desparramo mi impedimenta y me visto de civil. Salgo a tomar té, a leer algo del libro de Clavijo, Embajada a Tamorlan, y a respirar los aromas de una ciudad que resulta mucho más real y turca que Estambul. Justo detrás está el mercado de frutas con todo su colorido. En los bazares de alimentos se aloja la vida más popular, los personajes más genuinos y los más fotogénicos. Y como los turcos son tan simpáticos y presumidos se dejan fotografiar con gusto.

    En una plazoleta descubro una tienda de textiles llamada Ali Bey. Tal vez sea por el espía español llamado Domingo Badía, que a principios del siglo XIX y por orden de Godoy recorrió el imperio otomano disfrazado de príncipe sirio. A su vuelta escribió un libro de éxito: Viajes de Ali Bey. La vida nómada se había apoderado de él y de nuevo regresó al disfraz de sirio. Sin embargo, su baraka había caducado y los agentes británicos lo descubrieron. Murió envenenado.

    Había pensado quedarme un día más en Trabzon para terminar mis trabajos pendientes, pero me llevo una sorpresa que me hace cambiar de opinión. Cuando regreso al hotel resulta que mi teléfono está sin servicio. Había adquirido en Estambul una tarjeta sim de Turkcell que funcionaba muy bien. Sin embargo ahora parece estar muerta. Voy a una tienda de la compañía. Comprueban la incidencia y resulta que mi código imei no está registrado en Turquía, de modo que ha dejado de ser operativo el terminal.

    “Es la ley”, dice el vendedor usando el traductor de Google. O sea, una semana es el periodo máximo de uso de un teléfono liberado no turco en Turquía. Tengo otro terminal. Pero no voy a usarlo por ahora porque tengo que regresar en julio. Prefiero mantenerlo limpio. Así que decido viajar ya hacia Georgia y completar allí mis tareas.

    La multa

    La policía de tráfico turca me detiene por exceso de velocidad. Iba a 109 por hora y el límite son 99. Y a pesar de que son amables no hay modo de evitar que me sancionen. Dicen que son 166 liras. De acuerdo, pienso, voy a pagar. Pero no aceptan el pago. He de ir al banco. ¿A qué banco? Misterio. Imposible comunicarse. Es una complicación importante porque tengo que regresar a Turquía en julio y cruzar de nuevo el país para regresar a Europa. ¿Qué puede pasar si no pago? ¿Tendrán cruzados los datos con aduanas? ¿Y si me vuelve a parar la policía? ¿Será grave el ilícito administrativo? Las leyes turcas pueden ser mucho menos simpáticas que los turcos. 

    En el último pueblo antes de la frontera lo intento en un banco. Son amables pero dicen que “problema” y me mandan a otro lugar sin más especificaciones. Desorientado, voy a otro banco. Las chicas no saben qué hacer con la denuncia salvo decir “problema”. Eso sí, después de haberla examinado por delante y por detrás como si debiera llevar escrito algún secreto inconfesable con tinta invisible. Al final. Escriben el nombre del banco correcto. Salgo a la calle y al primer curioso que veo rondando la moto, le enseño el papel.

    La sucursal está a doscientos metros más allá. Entro, voy a la ventanilla y vuelvo a enseñar el papel. “Problem”, dicen. Se hace un corro. Todos leen la multa por riguroso turno y menean la cabeza en sentido negativo. “Problem”. El guardia me hace señas para que le siga. Me lleva a otro edificio. Parece un banco sin clientes. El primer piso está completamente vacío salvo por una mujer sentada sin nada que hacer. Indica que suba un piso más. En el segundo hay cuatro tipos sentados en una sala de espera pero ninguno parece esperar nada más que la llegada de la noche o de la próxima estación o el retorno de Kemal Attaturk.

    Hay unas ventanillas. Me dirijo a la más cercana con mi denuncia en ristre. Cuando el tipo la ve se queda compungido. Realmente compungido. Casi me da pena. Menea la cabeza y musita “system problem”. Yo estoy ya harto de dar tumbos. Es como intentar entrar en el castillo de Kafka. Muchas puertas y ninguna sirve. Protesto y el tipo casi se pone a llorar. Mira la multa con la expresión más triste que haya visto nunca. Es como si fuera la carta de despedida de su amada. 

    Aparece quien supongo que es el jefe de este fantasmal negociado. Coge el papel y lo examina como si fuera un arcano que jamás hubiera visto. Repite la cantinela. “System problem”. No doy crédito a lo que oigo y veo. Exijo que redacten un documento en el que digan eso, que “system problem” y que no pueden aceptar el pago del dinero que de vez en cuando yo enarbolo para que se vea bien mi decidida y voluntaria voluntad de pagar. No hay manera.  

    Abandonó preso de ira y estupor el edificio. Entonces lo veo. Un coche de la policía de tráfico. Los abordó con mi papeleta en una mano y el fajo de billetes en la otra.

    -¡Quiero pagar! Necesito regresar a Turquía y no quiero tener problemas en aduanas.

    Los tipos, pillados por sorpresa, leen con ojos vacuos la denuncia. Es un maldito impreso oficial pero parece que sea la primera vez que les cae algo así en las manos. Más parece que sostengan una hoja sagrada caída del cielo que un formulario de su propio departamento.

    Bank, dicen señalando el banco del que me echaron hace cinco minutos.

    —No, -niego-, system problem.

    El otro coge el papel y me lo devuelve.

    No problem, -dice-. Go to Georgia. No problem. Go!

    Y acompaña su prevaricadora orden con inequívocos gestos de que me largue y me escaquee por las buenas. O sea, y en resumen, imposible pagar la multa por culpa del system problem, pero eso, a juicio de la propia policía turca, no supone ningún problema. Al menos para dejar el país. Ya contaré qué pasa cuando intente regresar en mi camino de vuelta a casa.

    La emoción del nómada
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