Tres holandeses chiflados en la Ruta de la Seda

El camino siempre ofrece amigos. Y la Ruta de la Seda más aún. No es que este recorrido en Uzbekistán sea un itinerario demasiado

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    El camino siempre ofrece amigos. Y la Ruta de la Seda más aún. No es que este recorrido en Uzbekistán sea un itinerario demasiado transitado ni multitudinario, pero como no hay alternativa al camino que va de Nukus a Tashkent ni tampoco nada que ver entre medias salgo arena y más arena, siempre acabas coincidiendo con los pocos y osados viajeros que se atreven a transitar por él. Y como en todo, aquí también hay clases. Están los turistas y están los overlanders. O sea, aquí, en estos 1.500 interminables kilómetros de árido páramo silíceo salpicado por unos pocos monumentos de belleza colosal, coinciden de un modo perfecto y categórico, casi fatal, las dos especies que colisionamos en la filosofía del viaje y de la vida: el burgués y el héroe.

    Lo admito, soy un nazi. O un fascista. O un cabrón. Pero no me siento en absoluto identificado con la mayoría de acalorados occidentales que veo bajarse de autobuses con aire acondicionado para visitar las murallas de Khiva, las madrasas de Bukhará o el Registán de Samarcanda. Reconozco que su periplo es incómodo, que esta tierra es dura e inhóspita aunque se duerma en hotel de cinco estrellas. Las distancias entre estos espectaculares oasis es enorme y el asfalto una broma surrealista. Ellos sufren y por eso creen estar viviendo una gran aventura. Aun así, no formamos parte de la misma tribu. Han venido en avión. Se han saltado muchas casillas en el juego del riesgo. No se han ganado mi respeto.

    En cambio, los pocos overlanders que encuentro por aquí, ellos sí son de mi especie y los reconozco como hermanos de clan. Aunque, como en todo, también en esto hay clases. En la cúspide, siempre lo reconoceré, los ciclistas. Su denodado esfuerzo y su temple son dignos de genuina admiración. Aun así, nunca seré ciclista para escalar puntos en la estima propia y ajena. Lo que hago ya es suficientemente duro para saberme héroe y, además, disfruto de la velocidad y la autonomía que me otorga la moto. El motorista es, literalmente, el dios del viaje y punto pelota. Y quien no quiera entenderlo es porque niega la realidad por prejuicios o estupidez. Sí, sedentario lector, ya sé que ahora me odias, pero reconoce en mi favor que 1) he admitido motu proprio mi condición de nazi vanidoso y 2) yo he llegado a Uzbekistán en moto, sé de lo que hablo y tú sólo puedes intuirlo.

    Pues concédeme un gramo de confianza y considera por unos instantes lo que significa cruzar Europa, los Balcanes, Turquía, Georgia, Armenia y Azerbaiyán, surcar el mar Caspio para desafiar uno de los tramos más duros en el mundo y superar el desierto sin asfaltar que hay entre Kazajistán y Uzbekistán. Y haber hecho todo ello en solitario, sobre dos ruedas, siendo tú el único responsable de tu supervivencia y de mantener tu vehículo entero e intacto sobre el más inestable terreno, y que eso te permita cargar cuanto necesitas para vivir durante meses o años. Créeme, cuando alcanzas Khiva y atisbas las milenarias murallas Patrimonio de la Humanidad que han visto desfilar caravanas de camellos antes que Marco Polo, te sientes el puto amo del planeta y te da igual lo que piense un turista de tour operador con el que te cruzas en la plaza de la Mezquita. El polvo que te cubre de arriba abajo no es mugre, es el óleo del vencedor.

    Alojado en el patio

    Por eso cuando en cuanto los vi los reconocí. Eran tres. Jóvenes. Altos. Nórdicos. Pronto supe que holandeses. Entraron en el patio del hotel Jipak Joli de Nukus donde yo estaba alojado. Quiero decir que estaba alojado en el patio y no en el hotel. Literalmente. Cuando llegué ya era de noche. Todas las habitaciones estaban ocupadas por los viajeros de autobús. Así que el recepcionista se apiadó de mí y me dejó dormir en el patio abrigado con mi saco de dormir. De modo que allí estaba cuando entraron. Uno de ellos montaba una Vespa de 1962 que ya había visto en Estambul (dudé entonces que fuera a llegar más lejos) y los otros dos se apearon de un viejo Lada Niva cubierto de polvo. Cruzamos las miradas. Me preguntaron con los ojos si yo era el dueño de la BMW aparcada dentro del patio. Asentí y fue suficiente. Ya éramos amigos.  

    Los invité a mis latas de cerveza y, sin quedar en nada, nos acostamos sabiendo que nos volveríamos a encontrar. Efectivamente. Ahora mismo escribo estas notas desde Bujará y ya tengo a Laurens como compañero de habitación y al otro par de chiflados trasteando por el patio del hotel. Pero recapitulemos y empecemos por el principio.

    Lo primero que tuvimos que hacer en Nukus fue conseguir gasolina. El problema del combustible es serio en Uzbekistán. Al menos en la parte occidental del país. Las gasolineras están cerradas y sólo se vende de estraperlo. El encargado del hotel me llevó a una casa donde amablemente me vendieron 15 litros a 3.000 sums el litro, alrededor de un euro. Tras repostar, pregunté a los chicos qué iban a hacer. Me dijeron que el Lada tenía problemas de embrague y que lo estaban reparando, que lo tendrían al día siguiente, pero Laurens estaba deseando salir, así que lo invité a venir conmigo y esperar la llegada del coche en Khiva. Accedió encantado.

    Inmediatamente me di cuenta de que el viaje sería largo, porque la vespa iba mucho más lenta que mi BMW, pero paciencia y buen humor. Khiva está sólo a 160 kilómetros de Nukus y no había prisa. Cuando llegamos nos alojamos en el hotel Islambek. Era ya tarde, así que cenamos en un restaurante desierto y nos fuimos a dormir. Al despertar, salí a correr. Estas carreras matutinas no sólo ayudan a mantenerme en forma, también me permiten explorar. Y menudos lugares descubrí. Khiva es un lugar maravilloso, una joya en el desierto, un oasis lleno de belleza rodeado por una muralla magnífica que servía de última posta a las caravanas de camellos antes de dirigirse a Persia. Es lo bueno de correr además de montar en moto, que regala experiencias y lugares que de otro modo me pasarían inadvertidos.

    Una ruta sin pérdida

    Los chicos aparecieron a media tarde. Esperamos a cubierto en el hotel a que amainara el terrible calor y por la noche salimos en busca de provisiones líquidas. Encontramos un almacén de licores y compramos cerveza caliente que consumimos en la azotea del hotel con la ciudad a oscuras para nosotros.

    Al día siguiente, Laurens descubrió que tenía el amortiguador trasero roto y yo me fui sin ellos. Prometí mandarles un mensaje con mi ubicación. El viaje fue duro, muy largos los casi 500 kilómetros, mucho calor y muy mala carretera. El desierto infinito me rodeaba. Sólo una mezquina vegetación, el arañazo asfaltado y algunos pocos figones aplastados por el calor. Al final llegué no sin alguna aventura para conseguir gasolina, como la del tipo que me cobró diez litros y abrió la espita para nueve. Si no me doy cuenta, me tima uno. Pero al atardecer llegué a una abrasada Bukhará.

    Me alojo en un hotel del centro por 20 dólares. Al despertar, salgo a correr y me reencuentro con Bukhará la espectacular. Increíble, hermosísima, fabulosa. Llena de mezquitas, minaretes, madrazas de azulejos azules. Un lugar mágico sin discusión. Cuando me encierro en la habitación a trabajar, llaman a la puerta. Es Laurens. Viene muy cansado, ha dormido no sabe dónde. Ha perdido al otro par de holandeses en el desierto.

    -No te preocupes -le digo-; aparecerán. La Ruta de la Seda no tiene pérdida. No se puede ir a ningún otro lado. Pronto estarán aquí.

    La emoción del nómada
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