Primera parada de la Operación Sáhara: Sidi Ifni, la última guerra española

Operación Sahara es la loca idea de recorrer a lomos de unaBMW R50 el recuerdo colonial español en el desierto usando los medios de aquella época
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Operación Sahara es la loca idea de recorrer a lomos de una motocicleta BMW R50 de 1965 el recuerdo colonial español en el desierto usando los medios de aquella interesante época no tan lejana en el tiempo. Esta idea me permite seguir con mi particular obsesión por los itinerarios históricos tras los pasos de los viajeros y descubridores españoles del pasado; por rescatar del olvido personajes, gestas e historias que merecen mucho la pena.

Durante las próximas semanas viajaré desde Sidi Ifni a Villa Cisneros pasando pr Tarfaya, Al Aaiun y Cabo Bojador para tratar de acercarnos a un pasado reciente pero muy olvidado. Y como siempre no lo quiero hacer con afán patriotero o revanchista. No es ese mi afán. Yo solo quiero recordar a los humildes seres humanos que un día dejaron todo atrás, forzados por las circunstancias o movidos por sus ideales, para jugarse la vida lejos de sus casas.

Sidi Ifni, la última guerra española

Desde Agadir a Sidi Ifni la carretera que atraviesa el parque nacional de Sous Massa es estrecha, revirada y pasa por pequeñas aldeas de casas bajas y ropa tendida, niños y ancianos con chilaba.

Edificio de la Pagaduría.
Edificio de la Pagaduría.
La ruta asciende unas colinas que verdean aquí y allá y, de pronto, aparece el resplandor azulado del mar a la derecha. Pueblos blancos y rocas ocres. Conducir la moto por aquí es muy divertido. No hay apenas tráfico y la carretera, aunque estrecha y sin arcenes, está razonablemente asfaltada.

Al atardecer aparece la villa de Sidi Ifni. Es una localidad tranquila, apacible, al borde de un océano que aquí se agita en espuma y olas para deleite de surfistas. La neblina lo envuelve, la temperatura es fresca gracias a un microclima que lo protege de la torridez del resto del territorio circundante. Pero Sidi Ifni es más que una pintoresca localidad marroquí. Es el breve sueño de una ciudad española en África.

Hay un aeropuerto abandonado. Las fotos de época lo muestran con un avión de Iberia en la pista, hoy totalmente destruida. En el puerto quedan los imponentes restos oxidados de un teleférico militar construido por los ingenieros militares españoles para abastecer una ciudad que fundaría en para la II República el general Capaz.

Fantasmal desasosiego

El pueblo español está medio deshecho. La Antigua Plaza de España se llama hoy de Hassan II. Las calles están dedicadas a militares como el General Mola o el Suboficial Zabala. Los viejos edificios del pueblo español aparecen vacíos y descuidados. Tiene un algo de emocionante pasear por aquí pero también de fantasmal desasosiego. Las risas de los niños marroquíes causan un extraño eco y me hacen pensar en las de los niños españoles que tuvieron que dejar sus casas atrás. Es la historia del fin del colonialismo pobre que vivieron también nuestros vecinos portugueses en Angola y Mozambique y que tan bien contaría el maestro Kapucinski.

Aquí libró España su última guerra. Entre noviembre de 1957 y julio de 1958 nuestro país combatió contra el Ejército de Liberación Marroquí, milicia irregular pero con el apoyo de un joven Marruecos que desde su independencia en 1956 pugnaba por ampliar su territorio ocupando las posesiones españolas en el norte de África.

Es una guerra que se ganó y se perdió. España abandonó la provincia de Ifni por los Acuerdos de Angra de Cintra en 1958 pero mantuvo la población, convertida en una especie de Fuerte Apache hasta la cesión definitiva en 1969. Fue también una guerra vergonzante, llevada en sordina porque, por aquel entonces, el colonialismo ya tenía mala prensa y los políticos franquistas habían decidido aproximarse a los Estados Unidos, quien vetó todo uso de material militar y aeronáutico de procedencia americana. Todavía hoy es una guerra que nunca existió. Pero los muertos españoles, unos trescientos, entre ellos algún alférez de complemento en las milicias universitarias, fueron de verdad.

Pero para mí Sidi Ifni es algo más, es el comienzo de un nuevo sueño de aventura y, al mismo tiempo, un despertar a mi nueva vida. Mi búsqueda de los exploradores españoles en moto empezó aquí mucho antes de haber pisado estas calles.

Una historia que nace en Irlanda

Hace cinco años descubrí en Irlanda el rastro del capitán De Cuéllar, náufrago de la Armada Invencible. Mi libro La Fuga del Náufrago cuenta su epopeya con detalle. Cuéllar pasó allí siete meses escapando de los ingleses como un fugitivo. Escribió una carta a Felipe II contándole sus asombrosas aventuras. Esa carta la recuperó tres siglos después otro marino, Cesáreo Fernández Duro. No se le hizo apenas caso, pero estudiando toda la historia en Dublín yo caí en la cuenta de que Cesáreo había sido el comandante del Blasco de Garay, barco que exploró la costa saharaui para fundar lo que sería Sidi Ifni.

En el siglo XV, el conquistador castellano Diego García de Herrera levantó un castillo en la costa africana y lo llamó Santa Cruz de la Mar Pequeña. Abandonado poco después, en 1860 se le concedió a España el derecho a fundar una ciudad donde estuvieran esas ruinas. Fue Cesáreo Fernández Duró quien las ubicó en la desembocadura del Ifni, frente a Canarias. Por eso existe hoy Sidi Ifni.

Resulta que que yo me enteré de que había existido el conflicto de Ifni porque hice la mili en la Brigada Paracaidista, que fue enviada aquí a combater y a morir. El descubrimiento con apenas 22 años de que habíamos librado guerras que no enseñaban en el colegio me hizo pensar que había una historia desconocida que valía la pena explorar. Pero encontrarme con 40 años que la persona que me ofrecía el conocimiento del ignorado capitán de Cuéllar era el mismo que había determinado la ubicación de Sidi Ifni, me pareció de pronto una carambola del destino imposible de ignorar. De algún modo, ese triángulo que descubrí entre África, Irlanda y Cesáreo Fernández Duro me estaba haciendo saber que tenía por delante una senda que recorrer: la de los exploradores olvidados.

Y en ello estoy.

La emoción del nómada
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