Golpe de Estado en Turquía. Apunte de urgencia

Este pasado fin de semana una parte de las Fuerzas Armadas turcas se ha sublevado contra el Gobierno de Erdogan (Partido de la Justicia y el Desarrollo,

Foto: Manifestación en contra del golpe de Estado en Turquía. (Reuters)
Manifestación en contra del golpe de Estado en Turquía. (Reuters)

Este pasado fin de semana una parte de las Fuerzas Armadas turcas se ha sublevado contra el Gobierno de Erdogan (Partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP). No es que la noticia fuese esperada pero tampoco es gran sorpresa. El malestar de los militares turcos con las políticas de Erdogan corre por los pasillos de la OTAN desde hace ya mucho tiempo. Es la consecuencia del cambio prolongado en el que se encuentra ese país desde hace ya muchos años, no solo desde que el AKP ganó las elecciones en el 2003 sino desde que Suleiman Demirel (1993-2000) y su Partido de la Justicia procedieron a privatizaciones que engendraron una burguesía no kemalista. El resquebrajamiento del monopolio de la riqueza trajo consigo la emergencia de un país hasta entonces oculto y musulmán. Era cuestión de tiempo el que se produjesen consecuencias de mayor alcance. Y vinieron.

Erdogan y el AKP decidieron que el mandato popular no debía de limitarse a cambiar el paisaje interno, lo que hicieron escorando el país hacia pañuelos, velos y rezos sino también el internacional. Hasta entonces Turquía se había prevalido de su excepcional posición geoestratégica para ser el perno entre el norte (Rusia) y el sur (Oriente Medio) entre el este (Caucaso/Asia Central) y el oeste (Europa). No obstante, Erdogan entendió que su presencia en Asia Central sería solo económica y no estratégica ya que Rusia le negaba el acceso a la Organización de Cooperación de Shanghai, verdadero fulcro del poder en la zona. Por otra parte la capacidad de negociación turca frente a Rusia era y es, mínima, ya que sin el petróleo ruso no habría modo de sobrevivir. Además la geografía de la zona hace que Rusia pueda prohibir (como lo ha hecho) el acceso a Asia Central de los camiones turcos, lo que le da la llave de la economía exterior de su vecino.

Al oeste, hay pocas esperanzas de que la UE le abra sus puertas. Ver a los diputados turcos formar el primer grupo parlamentario en Estrasburgo es pensar en lo excusado. Por otra parte, Francia, bajo el influjo del lobby armenio, ha exigido un reférendum para poder aceptarla en la casa común. Ante estos bloqueos, tanto al este como al oeste, Erdogan decidió volver al Oriente Medio a buscar la grandeza que le negaban el este, el oeste y el norte y que le arrebató el colonialismo franco-inglés en 1919. De paso intentaría recuperar parte del territorio del norte de Siria poblado por turcomanos.

Esto último tuvo como efecto colateral romper la amistad con Bashar al Assad para declararle guerra a muerte, lo que no fue difícil porque Assad es alauita (chíi) y Turquía suní. Pero ello trajo consigo la enemiga rusa, para quien Assad en Siria es pieza clave y no negociable. Sin embargo, el problema central deriva de que el Oriente Medio es plaza mayor y para jugar en esa mesa hacen falta activos de superpotencia que no están al alcance de cualquiera. Véase el fiasco franco-inglés de Suez ya en el lejano 1956. 

Erdogan decidió volver al Oriente Medio a buscar la grandeza que le negaban el este, el oeste y el norte y que le arrebató el colonialismo franco-inglés en 1919

Apenas iniciado el proceso, las primaveras árabes vinieron a descomponer la estrategia de Ankara y la apuesta que había hecho Erdogan por los Hermanos Musulmanes de Qatar se demostró errada, o al menos insuficiente para encauzar la voluntad estratégica turca. Otro problema mayor le vino de Israel, con el que rompió relaciones tras el incidente de la flotilla del Marmara el 30 de Mayo del 2010. La peor andanada, sin embargo, vino de Irak. Rota ya la frágil paz impuesta superficialmente por los americanos, la insurgencia suní encarnó en el Daesh. De inmediato Occidente lo consideró el peor enemigo de su causa. Pero los países suníes de la zona no lo vieron igual.

Entre un gobierno legítimo chíi y otro insurgente suní prefirieron este último. Todo el Oriente Medio se convirtió en un avispero en el que entró la gran potencia chíi de la zona, Irán, ya aceptada en el club de los países civilizados tras poner sus milicias (chíies) al servicio de la lucha contra el Daesh. A la guerra se incorporaron los kurdos, aunque suníes, listos a luchar con Occidente para obtener la independencia que se les prometió en San Stefano, tras la I Guerra Mundial.

Así Turquía se ha visto arrastrada a un conflicto en el que no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. Por otra parte, ya en ese escenario, le resultó imposible negar su condición de suní y cerrar la frontera al Daesh, tanto en hombres como en material, incluso de guerra. Era inevitable si quería estar a la altura de las grandes potencias suníes de la zona, Arabia Saudi y Qatar. También le compró petróleo a partir de la conquista de Mosul, ingreso financiero vital para el esfuerzo de guerra del Daesh. Y para colmo de males empezó a bombardear a los aliados de Estados Unidos, kurdos y sirios, so pretexto de que eran "terroristas", calificación que solo extiende de manera demorada y blanda a los suníes insurgentes.

Exterior del aeropuerto turco Ataturk tras el atentado suicida de finales de junio. (Reuters)
Exterior del aeropuerto turco Ataturk tras el atentado suicida de finales de junio. (Reuters)

Como era de esperar, la proximidad al terror terminó volviéndose contra los propios turcos y los atentados islamistas se convirtieron en cosa relativamente normal. Por otra parte esta conducta le alienó el favor de Occidente e incluso el de su propia opinión pública interna. Era inevitable que la prensa libre denunciase este curso autodestructivo, por no decir suicida. El resultado ha sido la persecución de la prensa y los críticos en general con un deterioro tan considerable de los derechos humanos que la propia administración estadounidense, tanto por boca del vicepresidente, Joe Biden, como del embajador en Ankara, se ha visto obligada a recordar la imposibilidad de pertenecer a Occidente si tales políticas persisten. El último amigo perdido fue Rusia tras el derribo de un caza Sukoi 24 el pasado 24 de noviembre del 2015. Aunque ya parece que se van calmando las aguas en lo referente a Israel y Rusia, y la ayuda al Daesh remite, los problemas de fondo están ahí y se resumen en la voluntad turca de ser parte de Occidente con políticas islamista suníes, tanto internas como externas, que están en el filo de lo inaceptable o que lo son sin más.

El intento de golpe de Estado ha venido a aclarar que Occidente prefiere urnas enemigas a milicos amigos y que ha terminado la época de los Somoza, Trujillo o Pinochet. Queda ahora por saber lo que hará Turquía tras la purga del instituto militar y judicial que va a ser profunda y sin reservas. Hay dos posibilidades. Que Erdogan entienda que ha ido demasiado lejos y frene sus ambiciones estratégicas, al menos las mas desmedidas, visto el destrozo que está haciendo tanto dentro como fuera de sus fronteras o que siga adelante, lo que muy posiblemente convertiría a Turquía en otro Pakistán: escenario pavoroso por no decir apocalíptico tanto para Turquía como para nosotros y que podría empeorar si le añade la posible discordia civil consiguiente. Mejor no hacer profecías. Pero el que Erdogan haya acusado a los EE.UU. de estar detrás del golpe no es tranquilizador y apunta a un populismo de consecuencias imprevisibles. En cualquier caso el paradigma de Ataturk, paz en casa, paz en el exterior y laicidad garantizada por las Fuerzas Armadas, puede darse por difunto. Esperemos que su remplazo obtenga parecido aplauso tanto en casa como en el mundo.

Las tres voces

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