Le Pen puede ganar mañana porque a los europeos nos dan pena los inmigrantes

La defensa de la inmigración se sustenta en la emotividad, un terreno donde siempre gana el populismo. Hay argumentos más convincentes y urge utilizarlos

Foto: Figuras de Fillon y Le Pen (Reuters)
Figuras de Fillon y Le Pen (Reuters)

Era muy fuerte la tentación (paródica) de titular este post así: "Es la inmigración, estúpidos". Si hemos decidido no hacerlo es porque este es uno de los pocos debates que conviene tomarse en serio.

Mañana se celebra la primera vuelta de las elecciones en Francia y volveremos a oir hablar obsesivamente de ultraderecha y de populismo porque el Frente Nacional de Marine Le Pen tiene bastantes opciones de pasar a la segunda vuelta, incluso de ser el partido más votado.

Podemos volver a las disecciones eruditas y los retruécanos para intentar explicar lo que nos está pasando. O podemos admitir que, en síntesis, millones de occidentales que han crecido en democracia votan a Trump, Wilders, Hofer o Le Pen porque, por encima de todo lo demás, están frustados con el fenómeno de la inmigración.

El rechazo a los inmigrantes y el nacionalismo xenófobo son el denominador común y la seña de identidad más reconocible de todos estos movimientos. ¿En qué se quedarían sin un enemigo que amenaza a la "identidad nacional" de sus respectivos pueblos? Su agenda económica es, a menudo, un compendio de propuestas proteccionistas y sociales calcadas a las de los viejos partidos comunistas. ¿Cuáles serían las diferencias sustanciales entre Le Pen y de Melenchon si sacamos de sus programas toda referencia a los extranjeros?

Empieza a ser mayoritario el rechazo a los principios del internacionalismo solidario, del relativismo cultural y del multiculturalismo

Basta echar un vistazo a los sondeos o los foros de cualquier periódico para entender que empieza a ser mayoritario el rechazo a los principios del internacionalismo solidario, del relativismo cultural y del multiculturalismo, las tres grandes corrientes de pensamiento que han monopolizado su defensa en las últimas décadas. Para apoyar las políticas de acogida se apela constantemente a los buenos sentimientos. Y al llevarlo todo al plano moral y sentimental se acaba jugando en el terreno en el que mejor se mueve el populismo.

En realidad, existen argumentos poderosos a favor de la inmigración que quedan sistemáticamente eclipsados y que no tiene nada que ver con los principios caritativos. Para empezar, los inmigrantes son la única solución realista para resolver nuestro problema demográfico a no ser que cambiemos todo nuestro sistema productivo y cultural para convertir la reproducción en una prioridad de nuevo. Si es que conseguimos salvarlas, las pensiones las van a pagar los inmigrantes (y sus hijos).

Sucede que cada vez hay más personas en el planeta, pero casi todas nacen fuera de Europa. La buena noticia es que una proporción importante quiere venir aquí. Quienes no quieran entenderlo pueden ver cómo le ha ido a Japón en estos últimos 30 años combinando baja natalidad y una política migratoria restrictiva con la que preservar su pureza racial.

La inmigración suele ser además un negocio redondo para las sociedades de acogida. Las pirámides demográficas de las comunidades extranjeras en Europa y EEUU muestran cómo la mayor parte se instalan muy jóvenes y se incorporan directamente al mercado laboral. El país receptor se ahorra, como poco, una de las dos fases improductivas en la vida de una persona (infancia y adolescencia). A veces también la jubilación porque muchos no cotizan suficientes años para recibir pensiones y/o se marchan a pasar sus últimos años en sus países de procedencia.

Si es que conseguimos salvarlas, las pensiones las van a pagar los inmigrantes (y sus hijos)

Excepto en situaciones extremas, las sociedades que más pierden con el baile demográfico son las emisoras de emigrantes. Incapaces de sostener el flujo de remesas más allá de la primera generación, ven como se les escapan las personas más productivas, las más formadas, las más dinámicas y con más empuje. Y la tragedia es mucho mayor en países con educación subvencionada, como sucede en casi todo el mundo eslavo, ciertos países de Latinoamérica y Oriente Medio. El país que pierde a un joven recién licenciado después de haberle pagado la educación universitaria está viendo como se marcha por la puerta de embarque una inversión de veinte años. Recibir inmigrantes equivale a estar en el bando ganador. Lo trágico es cuando ocurre lo contrario, como hemos podido experimentar en los últimos años en España.

Por los mismos motivos, un emigrante con formación suele convertirse en un cheque al portador para la sociedad de acogida, un activo que las naciones más exitosas de las últimas décadas han trabajado para atraer y construir su presente. Estados Unidos ha impulsado su desarrollo a lomos de gente como Albert Einstein (Alemania), Rupert Murdoch (Australia), Van Morrison (Reino Unido), Andrew Carnegie (Escocia), Edward Said (Palestina), Charlize Theron (Sudáfrica), Natalie Portman (Israel), Madeleine Albright (Checoslovaquia), Arnold Schwarzenegger (Austria), Faared Zakaria (India), Christiane Amanpour (Iran), Wale (Nigeria)...

Recibir inmigrantes equivale a estar en el bando ganador. Lo trágico es cuando ocurre lo contrario

Para atraer el talento es imporatente construir una sociedad apetecible (Europa lo es porque, aunque tiene un mercado laboral peor que el de EEUU, lo compensa con un estilo de vida más relajado, que convence a muchos extranjeros). Pero también es necesaria una política activa en materia de inmigración, que trabaje de manera selectiva y dedique recursos de verdad - y no solo a asuntos caritativos -. Hay buenos ejemplos a seguir. Quizá el mejor es el de Canadá, donde esas políticas ocupan un espacio enorme en el debate público, se planea el desembarco de los recién llegados y se selecciona por todo el planeta a las personas que más posibilidades tienen de adaptarse a su cultura, las necesidades de su economía y su sistema productivo.

El interés personal es el motor de cualquier sociedad, de modo que si dejamos que la batalla cultural más importante del presente se luche en el plano de los sentimientos, ya nos ha ganado Le Pen. Aunque pierda este domingo.

Mondo Cane

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