Lo que Trump hará por israelíes y palestinos

Si atendemos a sus asesores sobre Israel, Trump puede ser el presidente más proisraelí de la historia. Ha prometido no presionar a ninguna de las partes para un acuerdo, pero sí puede forzarles a negociar

Foto: Carteles celebrando la victoria de Donald Trump en Tel Aviv, el 14 de noviembre de 2016 (Reuters)
Carteles celebrando la victoria de Donald Trump en Tel Aviv, el 14 de noviembre de 2016 (Reuters)

La victoria de Donald Trump ha desatado una tormenta en todo el mundo y sobre todo en Occidente. Los expertos y comentaristas han generado ríos de tinta preguntándose constantemente por qué ganó, qué hará, y qué consecuencias tendrá su mandato. Una de las cuestiones que suscita más dudas es la política exterior. Ciertamente, los analistas, en su mayoría muy escépticos con los pasos que la futura Administración Trump podría dar en el exterior, no albergan una opinión unánime al respecto. Emily Tamkin dice en Foreign Policy que su política exterior será impredecible. Carl Bildt, ex primer ministro sueco, apunta que, hasta que no veamos las caras de su equipo, no podremos saber o predecir el rumbo de sus políticas. Son varios, y muy importantes, los desafíos que el presidente Trump tendrá que afrontar en la arena internacional, y en definitiva, nadie tiene claro cómo va a plantearlos.

Indudablemente, en política exterior Trump es aislacionista, y cree que las organizaciones internacionales restan soberanía a las naciones-Estado. Dada esta posición, férreamente en contra del internacionalismo desarrollado desde la Segunda Guerra Mundial y capitaneado por EEUU, es previsible que lleve a cabo iniciativas bilaterales con algunos países e ignore y desconfíe de la ONU y de los demás organismos multilaterales. A este respecto, Philippe Legrain opina que Trump será un desastre para el orden mundial vigente. Joseph Nye, profesor de Harvard y una autoridad en geopolítica estadounidense, es más optimista en lo relativo a Oriente Medio y señala que es imposible que Trump se desentienda de la zona. En todo caso, Trump parece decantarse por un perfil hamiltoniano, es decir, mirar al exterior sólo cuando los intereses nacionales estén en juego.

En este sentido, el proceso de paz entre israelíes y palestinos es uno de los asuntos más relevantes que hereda Trump en la mesa del Despacho Oval. Las conversaciones de paz están ahora estancadas, y la internacionalmente apoyada solución de dos estados está más lejos que nunca. Sin embargo, la paz entre ambos pueblos ha sido un asunto central en las administraciones norteamericanas durante las últimas décadas, y ha sido además un anhelo de la comunidad internacional, que tradicionalmente ha visto la solución del conflicto como una forma de estabilizar Oriente Medio.

Trump es indudablemente favorable a Israel desde hace mucho tiempo, y es amigo personal de Netanyahu. Aunque muchos temen su impredecibilidadEn la primera entrevista tras las elecciones, concedida al Wall Street Journal, Trump puso como una de sus prioridades en política exterior un acuerdo permanente entre israelíes y palestinos. No obstante, durante la campaña se mostró errático. Primero afirmó que sería neutral —aduciendo que era la única forma de alcanzar una paz justa— y posteriormente su equipo de campaña se mostró claro en que no ejercerían presión ni sobre israelíes ni sobre palestinos. En las declaraciones que hizo al Israel Hayom, el diario de más tirada en Israel, y con una línea editorial marcadamente conservadora en términos políticos israelíes, aseguró que "una paz justa y duradera debe alcanzarse mediante negociaciones entre las partes, y no debe ser impuesta por otros". Aunque Trump no impondrá presumiblemente ningún plan o solución a las partes, sí puede perfectamente forzar unas negociaciones, al decir del analista del Middle East Institute Eran Etzion.

En lo que al conflicto se refiere, Trump es indudablemente favorable a Israel. No es una simpatía coyuntural, sino que viene de lejos. Es amigo personal de Netanyahu, al que recomendó en un vídeo para las elecciones israelíes de 2013, y en 2015 la revista Algemeiner le premió por fomentar las relaciones entre EE UU e Israel -ya en 1983 el Jewish National Fund le premió por la misma razón-. Netanyahu, que intentó mantener un perfil bajo en las elecciones -algo que no hizo en las de 2012 - no tardó en felicitar a su amigo por la victoria. En el vídeo de felicitación, Netanyahu difícilmente oculta su entusiasmo, y es que, tras ocho años de desencuentros con Obama, el premier israelí vislumbra una luna de miel con la nueva Administración.

Donald Trump estrecha la mano de su amigo el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu en la Torre Trump, en septiembre de 2016 (Reuters)
Donald Trump estrecha la mano de su amigo el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu en la Torre Trump, en septiembre de 2016 (Reuters)

Si atendemos a sus asesores sobre Israel, Dov Greenblatt y David Friedman (este último, posible nuevo embajador norteamericano en Israel) y la declaración conjunta que muestra las líneas maestras que supuestamente guiarán la política de Trump de cara al conflicto, Trump puede ser el presidente más proisraelí de la historia. Así, la declaración deja claro que la relación EE UU-Israel es irrompible, que la construcción de asentamientos no es un obstáculo para la paz, condena al movimiento BDS, las resoluciones de la UNESCO sobre Jerusalén (la cual califica como la capital eterna e indivisible de Israel) y desecha la solución de dos Estados en la situación actual. En suma, es un manifiesto que encaja a la perfección con la narrativa del primer ministro israelí y de su coalición de gobierno. En esta línea, además de la alegría de Netanyahu, Naftalí Bennet, el ministro de Educación, y líder del partido Habait Hayehudí (el hogar judío) fuertemente contrario al Estado Palestino, no se contuvo cuando Trump ganó las elecciones y dijo que “la era del Estado Palestino se había terminado”. Ben Caspit advierte en Al Monitor que quizás Trump no es tan ideal para los intereses de la derecha en Israel ya que es impredecible y está fuera de toda influencia del AIPAC y otros lobbies proisraelíes: ciertamente, Trump siempre ha hecho gala de su completa independencia de los grupos de presión.

Mientras designa su gabinete -como Secretario de Estado las quinielas apuntan a John Bolton, embajador ante la ONU durante la Administración Bush, y abiertamente amigo de Israel- algunas de sus futuras acciones de cara a Israel y a los palestinos se han ido esbozando. Según ha afirmado el mismo David Friedman, Trump trasladará la embajada americana a Jerusalén (algo aprobado por el Congreso en 1991 pero pospuesto por todos los presidentes). De acuerdo con Julian Ku, profesor de derecho internacional de la Universidad de Yale, Trump está también habilitado para reconocer a Jerusalén como capital de Israel, algo que rompería todos los puentes de diálogo con los palestinos ipso facto.

El equipo de Trump ha prometido trasladar la embajada americana a Jerusalén, algo aprobado por el Congreso en 1991 pero pospuesto por todos los presidentesPero más allá de acciones similares, no hay que olvidar que, por encima de todo, Trump es un hombre de negocios. Si las demás Administraciones fallaron en conseguir un acuerdo de paz, él presumiblemente no invertirá muchos recursos en ello, a no ser que tenga claro que la operación traerá réditos. La misma actitud puede adoptar frente a Irán: si bien repudia el acuerdo nuclear, puede que no lo toque. Además, y pese a que su asesor sobre Oriente Medio en campaña ha sido el académico cristiano y libanés Walid Phares (asesor de Mitt Romney en el pasado), quien por su currículum presumimos que apoya el intervencionismo neoconservador, las pruebas apuntan a que Trump será un presidente aislacionista; incluso existe el riesgo de que Trump se olvide del conflicto, y de todo Oriente Medio, y deje a Rusia hacer y deshacer en la zona, sobre todo en lo concerniente con los iraníes.

Aaron David Miller, uno de los mayores expertos norteamericanos en Oriente Medio  (trabajó para Clinton y Bush Jr. como asesor sobre el conflicto entre israelíes y palestinos) sigue esta línea y es del parecer que Trump no invertirá esfuerzos si no puede sacar beneficios. Al entender el mundo como un juego de suma cero, sus prioridades en el exterior, y sobre todo respecto a Oriente Medio, se ordenarán siguiendo una lógica de pérdidas y ganancias.

A pesar de la imprevisibilidad de Trump, y de su carácter, como sus antecesores, intentará que, de una vez por todas, se logre una paz entre israelíes y palestinos. Atendiendo a sus declaraciones, “le encantaría hacer la paz” y nada apunta a que, al menos, no lo intente. Podría incluso utilizar su buena sintonía con el gobierno israelí para favorecer un acuerdo de mínimos. No será su principal prioridad, y no parece que vaya a tener éxito sino apoya la creación de un Estado palestino independiente.

Trump podría seguir deparando sorpresas. Habrá que esperar.

Tajles

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