Después de Castro, Castro

Cuba no solo no ha evolucionado ni "a la china" ni "a la vietnamita" sino que ha retrocedido en todos los terrenos. Raúl Castro no puede representar el futuro que el castrismo ha negado a su pueblo

Foto: Una mujer carga un cuadro con los hermanos Fidel y Raúl Castro en La Habana. (Reuters)
Una mujer carga un cuadro con los hermanos Fidel y Raúl Castro en La Habana. (Reuters)

La historia está llena de personajes cuya relevancia ha sido directamente proporcional al sufrimiento y la devastación que han causado. Fidel Castro se incorporó el sábado a esa lista por mucho que algunos —sin duda demasiados— quieran convertir la dimensión histórica del comandante fallecido en un elogio de grandeza o en una circunstancia que aligere el volumen del libro negro del castrismo.

Fidel Castro fue un dictador que ejerció su dominación sin restricción alguna porque precisamente su ocupación constante fue la de acabar con todo lo que pudiera condicionar su poder desde los primeros momentos del triunfo de la revolución. Compañeros de Sierra Maestra, intelectuales y artistas, militares y miembros del Partido fueron sistemáticamente eliminados, silenciados o forzados al exilio con una crueldad metódica propia de las purgas estalinistas.

En 60 años de régimen totalitario asentado sobre la represión, Castro fue convirtiendo a la Cuba en la que ha fallecido en una sociedad depauperada, rota y sometida. Cuba ha terminado siendo el gran mausoleo de Fidel Castro, el resultado de la violencia estructural del régimen contra la población y de la ineficacia corrupta del comunismo no ya para generar bienestar sino para evitar la miseria. Todo un país convertido en un mausoleo; esto, y no otra cosa, es lo que preside desde el sábado el recuerdo de Castro y que se hará más evidente —si es que hiciera falta— cuando la mitomanía en torno al personaje se vaya apagando y la mediocridad de un represor sin carisma como su hermano Raúl tenga que gobernar hasta su retirada sin el apoyo de la referencia fundacional de la revolución.

Castro ejerció su dominación sin restricción alguna porque precisamente su ocupación constante fue la de acabar con todo lo que pudiera condicionar su poder

Nunca han faltado las coartadas pero el hecho es que bajo Castro Cuba no solo no ha evolucionado ni “a la china” ni “a la vietnamita” sino que ha retrocedido en todos los terrenos. Por eso ni siquiera puede atribuírsele al régimen castrista esa exculpación recurrente de las dictaduras que justifica la erradicación de las libertades como una contrapartida aceptable al progreso económico. En Cuba ni libertad ni progreso.

No se puede negar la capacidad de Castro y los muchos recursos de su personalidad para crear en torno a él un poderoso relato casi legendario. Aquel uniforme, luego el chándal, han fascinado a la izquierda europea y norteamericana pero también ha tocado una cierta fibra emocional en otros sectores que en España veían a Castro como el agente de una suerte de revancha contra Estados Unidos por la pérdida de la isla en una guerra humillante.

Cientos de jóvenes marchan en la Universidad de La Habana para recordar a Castro. (EFE)
Cientos de jóvenes marchan en la Universidad de La Habana para recordar a Castro. (EFE)

En el contexto de la Guerra Fría, Castro llevó a Cuba a un papel estratégico como instrumento satelizado de la URSS. La implicación cubana fue abierta y evidente en importantes conflictos regionales pero resultó determinante también en la desestabilización interna de otros países y el apoyo a regímenes directamente inspirados por La Habana. Esa influencia ha reverdecido viejos laureles en las últimas dos décadas con el “socialismo del siglo XXI”, con Venezuela a la cabeza, cuyos sistemas se reconocen deudores del castrismo. El papel desestabilizador de América Latina ha tenido otros réditos para el régimen. La complicidad de La Habana con las FARC ha permitido a Cuba actuar de mediador en las conversaciones entre el gobierno colombiano y la guerrilla narcoterrorista cuyo resultado, por otra parte, continúa en entredicho.

Hay sectores en España que veían a Castro como el agente de una suerte de revancha contra Estados Unidos por la pérdida de la isla

La insana fascinación por Castro hacía preguntarse el sábado a la comisaria de Comercio de la Unión Europea, la sueca Cecilia Malström, cómo era posible que un dictador que ha sometido a su pueblo durante seis décadas recibiera tantos elogios. Y es que, en efecto, a Fidel Castro se le ha situado por encima de sus actos y se le ha disociado de las responsabilidades que es el presente de Cuba y no la historia el que ya está en condiciones de juzgar.

Hace diez años que el régimen de Castro se viene preparando para este momento. Su hermano Raúl asegura la continuidad del comunismo en el que las fuerzas armadas van a tener un papel aún más decisivo. Sin carisma, de eficacia probada en la represión, apoyado en la ortodoxia sin fisuras reafirmada en el ultimo congreso del partido comunista este mismo año, Raúl no puede representar en absoluto ese futuro que el castrismo ha negado a los cubanos. Por ello va a resultar cada día más difícil explicar los procesos de “normalización” de las relaciones emprendidos por Estados Unidos y la Unión Europea, sin contrapartida alguna por parte de un régimen que lo único que quiere normalizar es a sí mismo. La represión ha aumentado y la oposición democrática, aun sin quererlo, es la víctima de esa “normalización” que habrá que seguir escribiendo entre comillas después de que a Castro le suceda Castro. 

*Javier Zarzalejos es secretario general de la Fundación FAES

 

Tribuna Internacional

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