¿Por qué quieren cerrar Al Jazeera? Habla un periodista de la cadena

El Golfo es especialmente alérgico a la libertad de prensa. Teme que los vientos de la “primavera árabe” soplen otra vez. Para evitarlo, está empeñados en silenciar Al Jazeera

Foto: Imagen de archivo de la sede de Al Jazeera en Doha, Qatar, en noviembre de 2006. (Reuters)
Imagen de archivo de la sede de Al Jazeera en Doha, Qatar, en noviembre de 2006. (Reuters)

En octubre del 2010, al margen de una visita oficial a Qatar, el entonces presidente egipcio Hosni Mubarak se presentó en el edificio de Al Jazeera, el conjunto de cadenas de televisión en inglés y en árabe cuya principal sede está en Doha. El “rais” egipcio no ocultaba su curiosidad e incluso su entusiasmo por ver 'in situ' esa plataforma mediática, desde donde se daba a conocer una información contrastada e incómoda para los regímenes dictatoriales del mundo árabe, porque contradecía con frecuencia su propaganda.

Pocos meses después, Al Jazeera retransmitió en directo las masivas protestas populares en la plaza de Tahrir, en el centro de El Cairo, contra la opresión y la corrupción endémica. A las pocas semanas cayó Mubarak.

Al Jazeera se convirtió entonces para los jóvenes de los países sumidos en la “primavera árabe” en la voz de los oprimidos. Para muchos esta cadena fue, junto con las redes sociales, una herramienta eficiente para fomentar los cambios que anhelaban. Esta emisora, la más vista en Youtube, llegó a alcanzar una audiencia sin precedentes en el mundo árabe.

Estas televisiones impulsadas por Qatar han sido una importante fuente de noticias para los pueblos árabes. Lograron labrarse una reputación de independencia. Su legitimidad emana de su profesionalismo ofreciendo una información no sectaria y con un enfoque que contrasta radicalmente con las variopintas censuras y corsés de los medios oficiales árabes. Para muchos, Al Jazeera es una auténtica revolución en la prensa audiovisual árabe.

La hostilidad mostrada por los regímenes árabes hacia Al Jazeera fue contraproducente. Contribuyó a aumentar su popularidad entre las opiniones públicas árabes y a dar crédito a su producto informativo. Aunque su historia es relativamente corta –su primer canal en árabe empezó a emitir hace 21 años-, la andadura de Al Jazeera está salpicada de polémicas y controversias.

Un empleado entra en la sede de Al Jazeera America, en Nueva York. (Reuters)
Un empleado entra en la sede de Al Jazeera America, en Nueva York. (Reuters)

Varias de sus corresponsalías fueron cerradas en algunos países; otras, como las de Kabul y Bagdad, acabaron siendo bombardeadas por Estados Unidos, y un puñado de sus corresponsales murieron o resultaron heridos en diversos conflictos bélicos. Sus detractores echaron mano de todo tipo de argumentos para arremeter contra ella. Los panarabistas acusaron a la cadena de, por ejemplo, propiciar la normalización con Israel al invitar a políticos y militares israelíes a comentar la actualidad en sus boletines informativos. La oligarquía árabe, por su parte, VEÍA con malos ojos que Al Jazeera diera la palabra a los islamistas que tanto peso tienen en las sociedades de Oriente Próximo y el norte de África. Estados Unidos mostró también su enfado por el discurso "antiamericano" de los comentaristas de las cadenas durante las guerras de Afganistán, en 2001, y de Irak, a partir de 2003.

En enero de 2006 salieron a la luz las actas secretas de reuniones celebradas entre el entonces primer ministro británico, Tony Blair, y el presidente estadounidense George W. Bush. En ellas quedaba puesta de manifiesto la intención de Washington de emprender alguna acción militar contra de la sede de Al Jazeera.

Las actas secretas de las reuniones entre Blair y Bush muestran la intención de emprender una acción militar contra de la sede de Al Jazeera

Ahora son Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y sus socios árabes lo que quieren callar a Al Jazeera. Exigen a Qatar que la cierre. La amenaza que formulan no es del todo novedosa ni sorprendente. En el mundo árabe, y en particular en la región del Golfo arábigo, Al Jazeera nunca inspiró confianza a los poderes tradicionales. Es más bien odiada por los sectores más conservadores de la oligarquía árabe. La consideran un “satán audiovisual” porque sacude los axiomas y desestabiliza las estructuras de un pensamiento anquilosado.

De ahí esa voluntad de, como mínimo, domesticar a este conjunto de cadenas y limitar su influencia regional en la opinión pública. Al Jazeera fue percibida por las monarquías reaccionarias del Golfo como un medio de agitación y propaganda que sirve los fines estratégicos de Qatar en materia de política exterior. Así las cosas, sería injusto reducir Al Jazeera a un mero medio de comunicación catarí. Más bien hay que percibirla como un agente de dinamización de la vida política e incluso cultural del conjunto del mundo árabe. Su papel transciende los intereses cataríes.

La gran popularidad de los canales de Al Jazeera en el mundo árabe es, sin embargo, considerada como una injerencia catarí en los asuntos internos de sus vecinos, cuya comunicación con sus súbditos –que con frecuencia no es sino manipulación y propaganda- resulta perturbada por la información audiovisual que reciben desde Doha.

Qatar no es un oasis de democracia ni de libertades. Pero desde su capital, a través de Al Jazeera, se ha fomentado el diálogo, la crítica y se ha animado al debate de ideas con un léxico propio, adaptado a la región, y rápidamente adoptado por las élites e intelectuales. Al Jazeera ha dado, entre otros, voz a las oposiciones relegadas al silencio en sus países de origen. Estamos, a ciencia cierta, ante un ejemplo atípico. Sus rivales harían bien en reconsiderar sus exigencias. En vez de pedir su clausura sería más conveniente tolerar este modelo de prensa libre e incluso seguir su senda. No son los recursos financieros los que faltan, sino la visión de futuro y una buena dosis de valentía política y apertura de espíritu. En los países del Golfo hay miedo a la democracia. Sus regímenes son especialmente alérgicos a la libertad de prensa. Temen que los vientos de la “primavera árabe” vuelvan a soplar otra vez. Para evitarlo están empeñados en silenciar Al Jazeera.

Tribuna Internacional

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