Nosotros, los emigrantes en vuelos ‘low cost’, y ellos, los ahogados

Se suceden las tragedias ante las vallas de Melilla cuando cientos de hombres tratan de irrumpir en el Dorado de porexpán que les venden en sus países

Foto: Varios inmigrantes de origen subsahariano se encaraman a la parte alta de la valla de Melilla. (EFE)
Varios inmigrantes de origen subsahariano se encaraman a la parte alta de la valla de Melilla. (EFE)

En los últimos días se suceden las tragedias ante las vallas de Melilla cuando cientos de hombres desesperados tratan de saltar, de nadar, de irrumpir como sea en el Dorado de porexpán que les han vendido en sus países de origen. Trato de hacerme a la idea de lo que estos pobres hombres imaginan en sus horas largas de trayecto hasta nuestra bala de goma, y lo que aparece en mi cabeza es un Marina D'Or con huertecitos y camastros para el temporero. Algo tan ficticio en estas circunstancias como los sueños de Isbert en Bienvenido Mr. Marshall.

Pero ojo: esta imagen es todo lo que consigo, haciendo esfuerzo de empatía, con el batín abrigándome y la taza caliente de café negro en la mano. Conozco mi limitación, porque aunque el rollo de novelista da cierta ventaja para inventar historias, ni la imaginación más portentosa podría ponerse en el lugar de estos hombres sin caer despeñada por la cursilería hasta chapotear en océanos de compasión. Y la compasión, dice Robertson Davies, es capaz de nublar el juicio de la mente más gimnástica.

No puedo hablar del drama de los inmigrantes sin atribuirles tópicos, pero sí puedo hablar, y a eso he venido, sobre las interpretaciones que están sacudiendo a la opinión pública desde que las últimas olas del mar trajeron muertos entre la espuma. Interpretaciones, mayoritariamente, de personas comprometidas siempre con la causa de moda.

Leo interpretaciones de quienes, cultos y leídos, determinan que su humanidad es tan ancha que puede ponerse en el lugar del hombre semianalfabeto, nacido entre el polvo y la difteria en una remota aldea mauritanaInterpretaciones de quienes, cultos y leídos, determinan que su humanidad es tan ancha que puede ponerse en el lugar del hombre semianalfabeto, nacido entre el polvo y la difteria en una remota aldea mauritana. Esas interpretaciones que acusan al ministro Fernández Díaz de ogro (y ahí estamos de acuerdo) pero luego se lanzan a la piscina del argumento más falsario y repugnante de las últimas semanas: nosotros también somos un país de emigrantes.

Bien: si alguien está dispuesto a atribuirse una desesperación tan grande, que se ponga a saltar vallas de inmediato.

Hace dos días, una portada de El País desataba la indignación del buen pueblo y yo volvía a sentir un miedo paralizante ante la ofensa masiva. El titular era impreciso. Decía que 30.000 subsaharianos se preparaban para saltar a Europa por Ceuta y Melilla. Supimos más tarde que la cifra no podía ser más capciosa, puesto que 30.000 subsaharianos hay, probablemente, en todo Marruecos.

– ¿Quién lo sabe, de todas formas? ¿Acaso los van censando?

Todo son aproximaciones y usar la cifra a cuatro columnas en la portada hace que se pregunten los lectores de El País, con razón, a qué viene ese alarmismo, qué está pasando en su tradicional oráculo. Y entonces, en esa gente indignada y desorientada, aparece el salmo IV de la falsa solidaridad: nosotros como ellos.

El argumento más falsario y repugnante de las últimas semanas es que nosotros también somos un país de emigrantesNuestra emigración responde al drama de la falta de oportunidades. Nos hemos empobrecido lo suficiente para que decenas de miles de vecinos, DNI en mano, se vayan en aerolínea low cost para Alemania. Tanto es así que los suizos ya han dicho que en su país sólo será bienvenido el negro, refiriéndose al dinero.

Alguien tendría que venir a darnos unas clases sobre las diferencias entre un viaje y otro, porque parece que no basta ver a esos tipos intrépidos desesperados, tratando de saltar una valla, de atacar a la policía que les impide el paso, tan negra su desesperación como engañosa su esperanza.

Exigir al ministro que tenga un trato humano con los inmigrantes es una reivindicación que comparto totalmente. Demuestra que el español sigue siendo humanitario hasta en su versión más pobre. No me siento bien si mi país se comporta como el bóer en sus fronteras africanas. Pero que alguien se atreva a comparar al emigrante español con el inmigrante de Melilla me asombra.

Lo peor de todo es que quienes razonan así se atribuyen para ellos la patente de la solidaridad, llevan la voz cantante y se atreven a llamar fascista, como ha ocurrido estos días, a un diario que lanza una portada errada en el tono y la intención. Las cosas acaban saliéndose del tiesto cuando el español intenta identificarse con el subsahariano olvidando que el primero, por emigrante que sea, lo hace en condiciones envidiables para cualquier africano caminito de Melilla.

Si uno necesita identificarse, “somos un país de emigrantes”, para decirle al ministro que lo que hace en la frontera es atroz, mal vamos. Mal vamos si la empatía y la solidaridad pasan por la identificación, más cuando esta identificación es totalmente imposible.

España is not Spain

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
6 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios