El trabajo es una necesidad espiritual

El trabajo preocupa a los españoles como antes les preocupaba el agua: preocupa su escasez y su mala calidad. Miraban al cielo esperando a la lluvia

El trabajo preocupa a los españoles como antes les preocupaba el agua: preocupa su escasez y su mala calidad. Miraban al cielo esperando a la lluvia y desesperaban los ojos en los surcos de la sequía. Hoy los surcos son la cola del paro y no hay meteorología que tranquilice. Yo he venido a hacer una celebración del trabajo y de su belleza, a quitarle al castigo de Dios toda su fealdad, que en estos tiempos es tanta, precisamente, porque no hay quien encuentre castigo.

Todo empieza hace unos días. Estoy viendo con mi mujer la película de Víctor Erice sobre Antonio López, El sol del membrillo. Hace unos días publicaba El Confidencial una nota tenebrosa en el aniversario del estreno: Antonio López dice que ya no hay luz.

Esa película es grandiosa, pero yo no entiendo mucho de arte. Percibo su grandeza en la glorificación del trabajo. Cuando veo trabajar al señor López se me alegra el espíritu. Su concentración, su meticulosidad, su paciencia. No son elementos exclusivos del artista, o más bien: el verdadero artista es un trabajador laborioso y concentrado.

Un ejemplo: hace unos días fui a cortarme el pelo a la peluquería Le Salon Vintage de Barcelona. Conocí a Igor, un chico muy joven que adora su trabajo lo suficiente como para tatuarse sus primeras tijeras en el antebrazo. Tuvimos poca charla. Yo miraba al espejo mientras Igor trabajaba. Movía las manos alrededor de mi cabeza, cortaba aquí y allá, y su cara era una amanecida de concentración. La imagen era un calco de la danza de Antonio López en torno del membrillero del patio de su casa. Un hombre absorto y entregado al objeto con el que trabaja: el membrillo o mi cabeza, no hay tanta diferencia.

Me gusta ver a la gente trabajando porque me gusta trabajar, nunca estoy tan bien como en la concentración más absoluta y más aislada, con toda la mente entregada generosamente a una tareaMe gusta ver a la gente trabajando porque me gusta trabajar, nunca estoy tan bien como en la concentración más absoluta y más aislada, con toda la mente entregada generosamente a una tarea; me gusta ver vídeos de los pescadores, me gusta ver albañiles haciendo una pared, echando masa a paletadas con esa precisión del que sabe las cantidades justas y tiene el brazo hecho a la medida; me gusta imaginarme cómo estaba Stefan Zweig de concentrado escribiendo su escena sobre Rodin, a quien conoció cuando era muy joven.

Cuenta Zweig un momento de gran concentración del escultor: lo recibió amablemente en su estudio, Rodin era muy viejo y le mostró la escultura en la que trabajaba. Entonces el artista descubrió un fallo y dio unas cinceladas, es un momento, le dijo a Zweig, y después de decir esto dio otra cincelada, y otra, hasta que se olvidó de la presencia del joven Zweig. Rodin esculpió durante horas ajeno a la presencia en su estudio y cuando terminó apagó la luz y dejó a Zweig encerrado, olvidado, devorado por su capacidad de trabajo.

Es una pesadilla cuando el trabajo no es bueno. Recuerdo el día en que dejé el trabajo en la oficina de publicidad. Había pasado meses, ya lo puedo decir, intentando que me despidieran. En 2009 había empezado la crisis y yo deseaba irme a la puta calle, salir de la oficina aunque no tuviera alternativas claras. Cada mañana me levantaba desanimado y me iba a la calle Zurbano de Madrid. Desayunaba rodeado de yuppies y me quedaba asombrado mirándolos desenvolverse, hablar en plan machote haciendo gestos ampulosos con las manos, sostenían tacitas de café por el asa con los dedos índice y pulgar. Yo pensaba que esos hombretones estaban realmente formados para los negocios. Y pensaba que en los masters de empresa les enseñan a gesticular con la taza de café en la mano sin derramar una gota pese a lo ampuloso de los ademanes.

Las oficinas son un artefacto donde el aburrimiento se disfraza de productividad Luego subía a la oficina. Pasaban las horas y yo intentaba hacer lo menos posible, pero no me despedían. Así que me fui. Tomé la decisión a la desesperada, no podía soportarlo más. Aprendí que las oficinas son vampiros que se alimentan del tiempo de los oficinistas. Mis tareas podrían hacerse desde casa y en dos horas, pero tenía que estar ocho horas y media ahí dentro. Creo que para que el país funcione hay que liberalizar la jornada de oficina. Seguro que hay gente que se pasa las ocho horas trabajando.

– No, creo que no.

Las oficinas son un artefacto donde el aburrimiento se disfraza de productividad. Creo que me pagaban por pasar el día, y sé que me pagaban bastante bien. Cuando dejé el trabajo, en diciembre, hacía sol. Yo iba por la calle sin indemnización y sin paro, quería trabajar de periodista. Entonces sólo tenía una colaboración en una revista, ni un libro publicado, ninguna referencia, no conocía a casi nadie, es decir, me fui a la pobreza más absoluta.

Y por la calle, el día que dejé la empresa, iba diciendo:

– ¡Soy pobre! ¡Soy pobre!

Estaba pletórico de alegría apocalíptica. Eran las once de la mañana y me metía en las tiendas a mirar a la gente despreocupada. Estar en la calle a las once de la mañana en día laborable era un lujo mucho más refinado que el dinero. Luego el lujo fue trabajar. Fui pobre durante dos años, pobre como una rata. Y ahora veo que la decisión fue correcta.

Esta mañana estaba trabajando en casa y a las once he salido a la calle en bata a comprar el pan. Y desde la ventana, otra vez en casa, veo a los oficinistas del edificio de enfrente. Les hago un gesto con la taza de café en la mano. La mitad del café se me cae al suelo y encima de la bata. Después sigo trabajando en lo que me gusta, que es hablar con ustedes, investigar, escribir. Y recuerdo a Antonio López, al peluquero, a los albañiles y, por qué no, a todos los que tienen la suerte de hacer lo que les gusta, aunque sea en oficinas.

Que la meteorología nos sea propicia, que el trabajo es una necesidad material y espiritual.

 

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