Leer en el váter

El Pensador de Rodin siempre me ha recordado a un hombre cagando. Quien se permite el lujo de pensar encuentra en el cuarto de baño un
Foto: El pensador. (HombreDHojalata, Wikimedia)
El pensador. (HombreDHojalata, Wikimedia)

El Pensador de Rodin siempre me ha recordado a un hombre cagando. Quien se permite el lujo de pensar encuentra en el cuarto de baño un santuario; parece que la porcelana hiciera de antena para conectar a los hombres con las elevadas esferas de la filosofía, y sabemos de muchos genios que encontraron sentados allí, en discreta imitación de la escultura de Rodin, sus ideas más audaces e inesperadas.

Yo me imagino a Einstein en el váter y a Mileva Maric, su mujer, llamando a la puerta:

– ¡Llevas toda la mañana ahí encerrado!

– El tiempo es relativo.

Los escritores tenemos la responsabilidad moral de defender el cuarto de baño, pues sin él no habría lectores. Además de ser el mejor sitio del mundo para leer, nadie puede negarle al váter sus aportaciones a la cultura. Somos nosotros quienes lo volvemos hediondo, quienes ensuciamos su brillo inmaculado. Él nos pone un trono para que nos sintamos reyes, nos da silencio e intimidad, y nosotros le pagamos con nuestra peor calderilla.

Tanizaki, escritor japonés, protestaba en su Elogio de la sombra contra la invasión de elementos occidentales en los hogares japoneses. Nacionalista inflexible, sólo perdonaba de Occidente la taza de váter, aunque se ofrecía a embellecerla. Las páginas más jugosas de su elogio son las que describen cómo tiene que ser un cuarto de baño: un poco viejo, un poco oscuro... parece que esté describiendo un oratorio o la caverna de un filósofo.

También lo defendió, fiel a su responsabilidad, Francisco Umbral. En Las ninfas contaba cómo aprovechan los adolescentes el pestillo, elemento indispensable de todo cuarto de aseo que, quizás, de otra forma, también aprovechaba cierto político sorprendido recientemente en su faceta como delineante. Yo creo que Virginia Wolf se pasaba de exigente, porque apelar a la necesidad de un cuarto propio para escribir es un desagravio al recinto que nos ocupa. Está probado que muchos poetas contemporáneos escriben sus versos en el retrete. No hay más que olerlos.

Los escritores tenemos la responsabilidad moral de defender el cuarto de baño, pues sin él no habría lectores. Además de ser el mejor sitio del mundo para leer, nadie puede negarle al váter sus aportaciones a la culturaNuestro país tiene muy bajos hábitos de lectura. Yo quiero agradecerle al váter su esfuerzo de bastión: sin él leeríamos todavía menos. Se lee más en el váter que en las bibliotecas. Esto tiene sus repercusiones científicas: hay un fenómeno fisiológico propio de los lectores de retrete, cuyo síntoma son las piernas dormidas por la presión de los codos encima de las rodillas. Saludo a los amigos que han sufrido esta dolencia, y sé que estoy dando la mano a lectores capaces de adentrarse en las profundidades del texto.

Sin embargo, puedo dar fe de que el cuarto de baño tiene sus peligros. Puede convertirse en un enemigo cruel de los escritores. No, señora, no me refiero al riesgo que corre un libro malo en un retrete el día que falta papel higiénico. Les voy a contar una anécdota donde la literatura y el retrete se unen de un modo terrible. Un episodio espantoso que me ocurrió a mí.

El AVE es fascinante: un prodigio de la técnica que ha cambiado el aspecto de los paisajes con sus saltos y sus puentes. Viaja como una flecha y ha reducido los tiempos muertos de trayecto ferroviario lo máximo posible. Sin embargo, en esos minutos vertiginosos, puede darle a uno un apretón. Si el AVE es rápido, más rápidas son las tripas del hombre.

Eso es lo que me pasó a mí en un trayecto entre Barcelona y Madrid. Corrí agarrándome la barriga, tratando de poner una cara resuelta, al galope entre las filas de asientos. Cuando uno corre por el pasillo de un vagón todos los ojos se giran hacia él, cosa comprensible porque con las películas que ponen es más divertido escrutar a los que van hacia el váter o hacia el vagón cafetería. Al fin llegué al baño. Los aseos del AVE aparecen ante el usuario inmaculados, lujosos, dignos del invento. Pero es sólo apariencia. Por culpa de los váteres iba a enfrentarme a la peor situación que pueda imaginarse cualquier escritor español contemporáneo.

Después de mis trabajos, me levanté del trono y tiré de la cadena. Un líquido azul se precipitó a la batalla y perdió: bajaba sin presión ninguna. Miré a mi alrededor para descubrir que el AVE, tan pródigo en aparatos y en tecnología, no había dispuesto una herramienta antigua pero imprescindible: la escobilla. En ese momento, unos nudillos llaman a la puerta. Desconsolado, bajo la tapa y me digo:

– Ay del que entre ahora.

Cualquiera podrá imaginar la desagradable sorpresa que espera a quien levante la tapa. Yo pongo buena cara, cara de no haber roto una taza en la vida, y abro la puerta. Ante mí aparece Jorge Herralde, el editor a quien todos los autores jóvenes idolatramos por su catálogo de Anagrama. Me parece que el tren se ha detenido, que la rotación de la tierra se ha detenido. Agacho la cabeza, salgo pitando hacia mi asiento y por el camino rezo: que no me haya reconocido.

Al poco rato, el editor abandona el lugar que yo he profanado. Le veo alejarse desde el asiento. Le escribo un email con el móvil, rogándole que me perdone. Le digo que ya debe de estar harto de que los escritores le enviemos nuestra obra.

España is not Spain

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