Guía para futuros náufragos

Era un mendigo que me encontré en la ciudad de Lisboa quien me dijo que llevaba veinticinco años escribiendo un libro que iba a salvar muchas

Era un mendigo que me encontré en la ciudad de Lisboa quien me dijo que llevaba veinticinco años escribiendo un libro que iba a salvar muchas vidas: una guía práctica para futuros náufragos. El hombre hablaba muy en serio y poseía pruebas para demostrar su hazaña. De pequeño le había impresionado la lectura de Robinson Crusoe. Padeció las hazañas del personaje de Defoe y le pareció que habrían sido más llevaderos los rigores de la soledad y la supervivencia si Robinson hubiera dispuesto de una guía.

Aquel hombre era un Quijote portugués. De mayor se tiró de un barco y nadó hasta una isla cercana. La encontró habitada y tuvo que repetir el suicidio dos años después, cuando se enroló en un pesquero y volvió a darse el chapuzón. En este caso se había asegurado de que la isla estaría despoblada. Sin embargo, se lanzó del barco en mal momento y ni siquiera logró llegar a la costa: lo rescataron, extenuado, los marineros que habían visto cómo se lanzaba al mar.

El mendigo y yo pasamos una tarde estupenda en el restaurante Marqués, detrás de la Baixa do Chiado, en uno de mis viajes a Lisboa. Era el año 2005: yo pagaba y él comía, bebía y hablaba. Me enseñó fotos de su tercer viaje, realizado a finales de los setenta.

En aquella ocasión logró el acuerdo con los marinos, que lo depositaron cerca de un islote desierto en algún punto del Pacífico. Pasarían a recogerlo seis meses más tarde. Insistieron en darle comida y pastillas potabilizadoras, pero él consideró indigna esta ventaja.

– El náufrago auténtico no calcula que caerá del barco, nadie arriba a una isla desierta con comida y pastillas potabilizadoras.

– Claro...

El argumento me recordó a un relato que había escrito yo un poco antes: un suicida que se tira por la ventana de su casa, no se mata ni se hace daño porque vive en un segundo piso, y tiene que llamar al cerrajero porque se ha tirado, claro, sin llaves.

Las condiciones principales del náufrago son la austeridad, la sensación de aislamiento y la barba. Las barbas están de moda y nadie se extrañará si digo que España y Portugal están aislados en el erial de la austeridadVolviendo al caso del mendigo lisboeta, había pasado la mayor parte de su vida escribiendo sobre su estancia en la isla, a la que se llamaba por su propio nombre, puesto que se consideraba su primer habitante y, si no el descubridor, al menos sí un conquistador solvente. Me señalaba un mapamundi que llevaba consigo haciendo gestos vagos para indicarme el lugar de sus hazañas, y como viera que yo le estaba perdiendo el crédito, me hacía recuento de los puntos básicos de su aprendizaje.

En la tarde que compartí con ese hombre embarbado y despeluchado, como tiene que ser cualquier náufrago, aprendí todo lo necesario si un día me caigo de un barco y logro arribar a braza hasta una isla. Pero las enseñanzas que han quedado en mi cabeza tienen más que ver con la situación de España, Portugal y las demás penínsulas del sur de Europa.

Vuelvo a empezar, pues.

Era un mendigo que me encontré en la ciudad de Lisboa quien se preocupaba en 2005 por los millones de náufragos que poblarían el sur de Europa.

La semana pasada la pasé en Lisboa y me encontré un panorama de cansancio, fue un poco como viajar por el túnel del tiempo hasta un futuro próximo que podría llegar a España. Por toda la ciudad, los carteles que piden una salida del euro para no pagar la deuda.

Tradicionalmente, los españoles hemos mirado a Portugal como el vecino pobre, devolviendo arrogancia de señoritos a la amabilidad con que nos reciben los portugueses. Ahora, sin embargo, se cumple la parábola que ideó José Saramago en La balsa de piedra: los dos estados, separados del continente europeo, flotan por el Atlántico. Camino de Sudamérica o en una travesía de ida y vuelta, está por verse. Pero la sensación de que Iberia flota la tiene casi todo el mundo. Hay quien precisa incluso pastillas contra el mareo.

Las condiciones principales del náufrago son la austeridad, la sensación de aislamiento y la barba. Las barbas están de moda y nadie se extrañará si digo que España y Portugal están aislados en el erial de la austeridad.

Desconozco qué pasó con el autor de la Guía para futuros náufragos. Me dijo que varias editoriales portuguesas habían rechazado su valioso documento y, tras buscar en internet un buen rato, sospecho que el manuscrito no ha encontrado todavía el barco que se lo lleve. Así que le pido, si es que lee esto, que añada al libro algunos capítulos para los náufragos del Sur de Europa.

Se escuchan cantos de sirena, empiezan a destacarse los bocinazos de capitanes de fortuna intrépidos y suicidas, y los ingenieros que hicieron demasiado grande el Titanic trabajan a jornada completa para botar un buque igual de sumergible. Así que o nos ayuda un Quijote o no nos ayuda nadie.

 

España is not Spain
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