El mensaje de Podemos

Hace algunos meses escribí un texto titulado El mensaje de Gamonal. Decía básicamente que los políticos debían analizar la repercusión de aquellas revueltas burgalesas en la
Foto: El mensaje de Podemos

Hace algunos meses escribí un texto titulado "El mensaje de Gamonal". Decía básicamente que los políticos debían analizar la repercusión de aquellas revueltas burgalesas en la opinión pública, que dejaban traslucir una condena a la clase política mucho más allá de los cuatro contenedores en llamas. Volví a incidir sobre lo mismo cuando Isabel Carrasco cayó asesinada y muchos ciudadanos daban una justificación moral en Twitter o, de manera multitudinaria pero discreta, en el tú a tú del taxi o la cola del supermercado. Pero está claro que la ideología más extendida en la política es la sordera.

No hicieron ni puñetero caso a estos mensajes, confiaron en que las campañas de siempre iban a convencer y el resultado ha sido una pérdida histórica de poder y la dispersión de los colores del cuadro parlamentario. Cánovas y Sagasta se ríen en la tumba, aunque la capacidad de análisis de los políticos se activa cuando hay una debacle electoral.

Lo que ha pasado en Europa ratifica la teoría, optimista o pesimista según el teórico, de la mayoría de los ciudadanos. Es la materialización de voluntad de una ciudadanía que llevaba cuatro años advirtiendo a sus políticos: no se confía en las fuerzas principales, no hay fe en el continuismo europeo, las naciones se han fortalecido y los Estados se han debilitado. Esto último es lo más complejo, porque parece que la fortaleza del Estado y de la nación sean la misma cosa, cuando lo primero es un asunto de economía, de pactos y de equilibrios, y lo segundo es una cuestión sentimental.

El más mínimo descuido se amplificará para que parezca una falta grave. Si Pablo Iglesias tuvo una mala tarde y trató mal a la panadera, la anécdota se conocerá y será utilizadaTanto el ascenso de Marine Le Pen en Francia como la sorpresa española de Podemos son síntomas del mismo descontento. Para este que escribe, a priori siempre será preferible un movimiento basado en la ciudadanía que otro basado en la fuerza de la nación. Pero voy a tratar a los dos movimientos como la misma cosa, porque con mensajes totalmente encontrados aluden a lo mismo: a la petición de los europeos de una vuelta a la pequeña gestión y a una desarticulación de los pactos transnacionales.

Marine Le Pen y Pablo Iglesias comparten mucho más de lo que a ambos les gustaría. Cuando una habla de nación y de franceses, el otro habla de nacionalizar la banca y de llevar el poder a las bases ciudadanas. Una se cree la encarnación de la voluntad popular y el otro trata de gestionar las distorsiones asamblearias de un segmento de voluntad popular. Ambos proyectos parecen más propios del siglo XX que del XXI, por mucho que usen las redes sociales para difundirse.

Son las alimenticias habichuelas con chorizo irrumpiendo en los tiempos de la cocina experimental. Sus mensajes llaman a lo básico en lugar de perderse en derroteros abstractos de economía financiera. No usan las gráficas confusas ni utilizan la lógica de ciclos económicos que ha despersonalizado los discursos de Montoro, sino que lanzan un llamamiento al pueblo y al ahora. Se llama populismo, aunque en esta etiqueta sea conveniente hacer mil matizaciones.

El desconcierto de los grandes partidos españoles se volvía cómico en la cara de Cañete y en la cara de Rubalcaba. La estrategia del PP y del PSOE me recuerda a la mía cuando no había hecho los deberes y el profesor me los pedía en clase: improvisación, adulación, negociación y, al fallar toda la treta, promesas de enmendarme.

La cuestión es que la ciudadanía, a estas alturas, quizás prefiere un país ingobernable a un país gobernado por partidos corruptos a las órdenes de la banca

PP y PSOE están al borde del abismo. Juntos, mantienen la mayoría absoluta. Millones de votantes han vuelto a ratificarlos en las urnas. Pero las elecciones deben entenderse como fases evolutivas, y la tendencia que marcan las últimas europeas es acelerada.

A los grandes partidos de toda la vida les queda la guerra mediática para frenar a estos nuevos partidos emergentes. Tengo por seguro que la van a utilizar. Que Pablo Iglesias y las caras visibles de sus “círculos” se preparen para la que se les viene encima. Nadie los tomaba como una amenaza real, pero ahora esta nueva manera de entender la política, vieja como el Partenón, es amenazante hasta para Izquierda Unida.

En su libro Fuego y cenizas (Taurus, 2014), el candidato a la presidencia de Canadá Michel Ignatieff describe lo que va a pasarle a Pablo Iglesias y a su partido de aquí en adelante. La vida del político es una lucha continua contra las pequeñas minucias del pasado. El más mínimo descuido se amplificará para que parezca una falta grave. Si Pablo Iglesias tuvo una mala tarde y trató mal a la panadera, la anécdota se conocerá y será utilizada.

Podemos no ha llegado al Parlamento, ha llegado a la batalla. El cuadro electoral augura una guerra encarnizada bajo amenaza de ingobernabilidad. La cuestión es que la ciudadanía, a estas alturas, quizás prefiere un país ingobernable a un país gobernado por partidos corruptos a las órdenes de la banca. Y este es, al fin y al cabo, el mensaje que ha emitido Podemos con su entrada triunfal en la esfera del poder.

España is not Spain
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