La abdicación de Juan Carlos al estilo Pilar Urbano

El 2 de junio de 2014 pasa a la historia de la Humanidad. Cuando el Rey se despierta, da una vuelta por el palacio de la
Foto: El rey Juan Carlos y Mariano Rajoy. (Gtres)
El rey Juan Carlos y Mariano Rajoy. (Gtres)

El 2 de junio de 2014 pasa a la historia de la Humanidad. Cuando el Rey se despierta, da una vuelta por el palacio de la Zarzuela. Pregunta al servicio:

–¿Habéis visto a Sofía?

Le indican el jardín. Don Juan Carlos encuentra a la reina tomando el sol.

–Sofía, ¿a qué día estamos?

–A lunes.

–Del mes.

Cuando la reina le informa, al monarca le entra prisa. Queda poco para San Juan, será mejor adelantarse y no postular como material combustible. Cojea hasta el salón y llama a voces al servicio. Manda que llamen a Rajoy. Rajoy está durmiendo y el rey hace que le despierten. El servicio de Rajoy trata de negociar con el servicio de la Zarzuela. El rey murmura: para eso soy jefe de Estado. Son las diez de la mañana. Rajoy se pone, soñoso, al aparato.

–Te duchas, te peinas y vienes para acá (protestas). Que te traigan.

En una hora, Rajoy se cuadra ante Juan Carlos perfectamente peinado y oloroso a violetas. Se le nota cierto miedo en la mirada. Aunque él y Rubalcaba saben desde marzo que el rey tenía planeado abdicar en su hijo Felipe, a Rajoy le ha dado por pensar en el coche de camino a la Zarzuela. “A ver si este se caga antes en el convento.”

Pero no, el rey no va a cagarse en el convento. El rey está cansado. Le dice a Rajoy que ya es hora de anunciar su abdicación. Rajoy se pone muy contento. Le pide al rey si puede tomarse un café, que no le ha dado tiempo y estas cosas en ayunas no hay manera de llevarlas a cabo. El rey pide al servicio que le traigan un café a Rajoy. Rajoy le hace una sola pregunta. Está manoseando unos euros que lleva en el bolsillo.

–¿Estas monedas sirven?

–¿Cómo?

–Que si me las aceptan en el estanco.

El rey suspira:

–Siempre pensando en dinero, Mariano.

Aunque él y Rubalcaba saben desde marzo que el rey tenía planeado abdicar en su hijo Felipe, a Rajoy le ha dado por pensar en el coche de camino a la Zarzuela. ''A ver si este se caga antes en el convento''

A las pocas horas de la abdicación del rey Juan Carlos I, una multitud sale a las calles a pedir la república. Unos piden la república de Pablo Iglesias, otros la república de Cataluña, otros piden una república pero resucitando a Azaña y a Largo Caballero. Entretanto, Javier Arenas llama a Rajoy por teléfono:

–Oye, Mariano, a ver si estos van a proclamar la república de verdad. Qué hago, ¿me ducho y me peino?

–El pueblo será el que decida, Javier.

A las pocas horas, España se convierte automáticamente en una república. Los mismos ciudadanos que la pedían no saben muy bien cómo ha sido. La república es como la magia, como los milagros, como los vaivenes de la bolsa, nadie puede explicarse muy bien cómo va. No saben que Rajoy, por una vez, ha estado trabajando intensamente.

Lo que se anuncia es que desde ahora vivimos en la “III República Federada de España, Cataluña, Canarias, País Vasco, Galicia y Olé”, país integrado en la Unión Europea. En las ciudades se suceden otras manifestaciones: celebración de la república. Son juergas muy divertidas. Ante la perspectiva de una algarada nacional, don Juan Carlos se prepara para irse a Francia. Manda al servicio a que miren vuelos de Ryanair, que ahora hay que ahorrar, y compra su pasaje en todos los asientos de un avión Boeing 737.

Pasan los días y Rajoy convoca elecciones para primer ministro. Presenta al candidato de su partido: José María Aznar. El pueblo, convencido de la necesidad de cambios, vota en masa. José María Aznar resulta elegido, ha conseguido una mayoría exigua gracias a la dispersión de propuestas de la izquierda.

La resaca republicana se vuelve terrible. Cayo Lara se despierta entre espumillones y confeti y descubre con asombro que esa república que tanto pedía la izquierda no era una cosa de izquierdas. Le entra el tembleque, han abierto un nuevo campo de tiro al servicio de los partidos políticos tradicionales. Se pregunta Lara cómo es posible. Alguien, en el partido, menciona a un tal Gil Robles, y Cayo Lara corre a mirar la Wikipedia. Mientras tanto, las masas de manifestantes republicanos se dirigen con visible enfado a la Zarzuela, para pedir explicaciones a Felipe. Se aglomeran ante la puerta. Gritan:

–¡Esto no es lo que queríamos! ¡Estafador!

La multitud le exige al príncipe destronado que vuelva para arreglar este desaguisado, y que luego vuelva a irse.

–¡Queríamos una república molona! ¿Quién ha permitido al PP presentar un candidato de la república? ¡Felipe, sal! ¡Felipe, nos debes una explicación!

La puerta de la Zarzuela se abre y el que aparece es Felipe González. Los manifestantes vuelven a sus casas, ponen la televisión. Aznar aparece en la pantalla. Sonriente, está diciendo:

–¡Ah, qué bella cosa la democracia!

Se ha terminado con la herencia injusta que perpetuó a una familia en una posición de poder.

España is not Spain
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