¿Alguien se acordará de ti?

Me he parado bajo el pórtico del Panteón de Agripa en Roma y he mirado al cielo por el vértice que forman dos columnas con el

Me he parado bajo el pórtico del Panteón de Agripa en Roma y he mirado al cielo por el vértice que forman dos columnas con el friso. Me han flaqueado las piernas: en el encuadre de una construcción humana, el mismo trozo de cielo que vio cualquier hombre, colocado en el mismo lugar y con la cabeza en el mismo ángulo que yo, hace dos mil años.

Bajo el pronaos del Panteón las cosas del mundo se vuelven ceniza, cualquier vientecillo las esparce y las dispersa por los rincones de la plaza. Al volver a la actualidad para rastrear la última basura de la vida pública española, todo me parece absurdo: el destino de un PSOE con Madina al frente, el desgaste de un Gobierno a la deriva, los vaivenes de la opinión pública, el bulo de que Blablacar estará prohibido y la posterior rectificación. Todo eso que trae la prensa, toda esa madera podrida, ¡qué importa entre unas columnas que siguen aquí, dos mil años después! Como dice la Santa en La Grande Bellezza:

–¿Sabe por qué como raíces solamente? Porque las raíces son importantes.

¿Qué importa el río de tinta? Mi amiga Elena es una historiadora que lleva años viviendo en Roma. Dice que ya no le interesa ninguna noticia que tenga menos de 1.500 años.

–Total– añade su marido Alejandro, –las enfermedades del cuerpo y las enfermedades del alma han sido siempre las mismas–.

Al volver a la actualidad para rastrear la última basura de la vida pública española todo me parece absurdo.Yo pensaba que exageraban, pero frente a la fontana dell'Aqua Paola encontramos a un grupo de catalanes. ¿Cómo sé que eran catalanes? Iban todos vestidos de uniforme, con camisetas amarillas y pantalones blancos, y llevaban enormes banderas esteladas. Mis amigos miran las banderas y preguntan:

–¿Qué son, vascos?

Son de España y no tienen la menor idea de lo que es una estelada. A mí me corroe la envidia. Mis amigos viven leyendo los textos antiguos, husmeando excavaciones y enseñando lengua española. Pasean con su hijo por un jardín donde las estatuas de sátiros brotan de la maleza como criaturas fosilizadas. No están al día y lo saben todo. O saben lo importante.

En fin. Dicen que todos los caminos llevan a Roma, pero habrá que añadir que los caminos que parten de Roma van hacia la eternidad. Montaigne escribió que es una buena ciudad para los perezosos, pues todo el mundo se levanta tarde. Pero ¿qué prisa puede tener cualquiera en una ciudad así? Dejó escrito Veda que mientras el Coliseo esté en pie existirá Roma; cuando caiga el Coliseo caerá Roma; cuando caiga Roma, tras ella irá el Mundo. Así que uno podría mirar cada mañana al Coliseo, comprobar que sigue ahí, y seguir a su aire.

Luego, claro, en Italia pasa lo que pasa. No me refiero a la vida política de este país desastroso que, por motivos extravagantes, forma parte del G7. Me refiero otra vez a lo importante. Roma es una ciudad tan hermosa y no se cuida nada. Cagadas de perro, bolsas y plásticos por la acera y, en el río, bajo el puente suntuoso que sale de las puertas del Mausoleo de Adriano, chatarra hedionda, neumáticos, hierros oxidados. La actualidad, como la basura, no consigue afear esta ciudad. ¿Cómo es posible?En Italia pasa lo que pasa. No me refiero a la vida política de este país desastroso que, por motivos extravagantes, forma parte del G7. Me refiero otra vez a lo importante. Roma es una ciudad tan hermosa y no se cuida nada.

Gibbon se lamentaba de la suerte del Coliseo, que ha constituido la vasta cantera para disfrute de los grandes de Roma, de donde salían los materiales para construir las monumentales estancias de los poderosos. “Todos los palacios posteriores han nacido de piedras arrebatadas al Coliseo”, escribió Stendhal. De hecho, está contrastado que hay mármol del Coliseo en los cuartos de baño del rey de Marruecos.

¿Cómo sigue ahí? ¿Cómo es que no lo arrastró la actualidad, con sus infinitas agresiones? La enseñanza de esta ciudad está al alcance de cualquier turista que sepa mirar: hay que levantar las columnas hacia la eternidad. Así se salva la gloria hasta del enterramiento, porque a Roma se la tragó la tierra y sólo se recuperó su contorno a base de excavaciones. Hasta Alejandro VII, el nivel del suelo había ascendido tanto que cubría parte del Panteón.

Dijo Melville que al entrar en Roma “saludan al visitante miles de estatuas que, como representantes de un pasado poderoso, alargan sus manos hacia el presente y conectan los siglos”. ¿Podremos decir lo mismo de nuestras construcciones, de nuestra época, de todo aquello que hoy parece tan importante? ¿Qué quedará de este ruido dentro de dos mil años? ¿Un eco, una palabra? ¿Alguien se acordará de ti?

España is not Spain
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