El ciego es el rey

Yo estaba presentando mi libro en la Semana Negra de Gijón, dando la brasa, y en primera fila había un chico ciego que había venido con

Yo estaba presentando mi libro en la Semana Negra de Gijón, dando la brasa, y en primera fila había un chico ciego que había venido con su padre. El chico se llama Sergio Vera, me lo dijo antes de la presentación, así no me extrañó tanto que un ciego hubiera leído mi novela cuando, que yo sepa, no está editada en braille.

Sergio es un héroe contemporáneo sin más sombra que la que le cayó en los ojos a los dieciocho años, más o menos, cuando ardió el edificio Windsor de Madrid. Él se había matriculado en Medicina y una negligencia médica le fastidió el nervio óptico, de manera que se puso con el braille y, a los pocos meses, cambió medicina por magisterio, donde se graduó con honores.

–Me gusta la medicina, pero me pongo en el lugar de un paciente que llega a la consulta y se encuentra a un médico ciego, y no sé...

Ahora empezará a impartir clases en la universidad. No le preocupa que sus alumnos vean el chollo y copien a destajo en los exámenes, al contrario: le da miedo ser demasiado duro con ellos porque la ceguera le ha vuelto muy meticuloso. Tiene 28 años, no se le escapa una y, aunque es de Cuenca, tiene más guasa que un manojo de malagueños. Su padre y él se pasean por toda la península, van allá donde se habla de libros; en esta ruta los he conocido yo.

Muchos creen que de un vistazo se aprende algo, que con echar un ojo a los titulares se ha entendido la esencia de la actualidad, que con ver la portada de un libro es como si ya se hubiera leído. Y no. Que le pregunten a Sergio, que es ciego y lee 120 libros al año

Me cuenta que se recuperó del susto de nadar en agua abisal gracias a la lectura. No lee en braille, le resulta tedioso. El padre escanea los libros, se los pasa a Word y, gracias a un programa parlante, Sergio los lee por las orejas. La próxima vez que alguien me diga que no lee porque no tiene tiempo, le voy a sacar una foto de Sergio que pienso colgarme como escapulario.

Y es que nos hemos hecho amigos. Como no ve tres en un burro, no me hará falta ponerme de punta en blanco cuando quedemos, ni peinarme las greñas, y tampoco le importará mi tendencia a mancharme la camisa con salsa de tomate; encima es abstemio, así que podré beberme su cerveza cuando acabe la mía, pero esto tampoco es lo más ventajoso de nuestra amistad. Sergio es un tipo brillante y está atento a lo que hay que estar. Algo prodigioso en este siglo disperso, en este siglo XXI, caracterizado por haber difundido una ceguera sobre todos los ojos bombardeando con millones de imágenes.

Ejemplo: tomaba un café con una amiga y la notaba suspicaz. De pronto puso cara de triunfo, me dejó a medias la frase y señaló por encima de mi cabeza:

–¿Lo ves? ¿Lo ves?

Su dedo apuntaba a una cámara de la policía, orientada a su vez hacia nosotros. Parecía, la cámara, un pequeño Frankenstein aburrido de tanto mirar. Pero a mi amiga se la llevaban los demonios:

–¡Constantemente vigilados!

Mi amiga acusaba a la policía de ejercer una vigilancia fascista sobre nosotros. Al cabo de cinco minutos vio a una pareja de señoras viejas y lesbianas, le parecieron lo máximo, sacó el móvil y un instante después ya estaban las señoras en internet, a la vista de todosTiene parte de razón, porque en Barcelona hay más cámaras municipales que en el Londres que se inventó George Orwell. Las autoridades se han tragado esa fantasía de que se puede saber mirando y tratan de mirarlo todo por activa y por pasiva. No son las únicas. Muchos creen que de un vistazo se aprende algo, que con echar un ojo a los titulares se ha entendido la esencia de la actualidad, que con ver la portada de un libro es como si ya se hubiera leído. Y no. Que le pregunten a Sergio, que lee 120 libros al año.

Mi amiga acusaba a la policía de ejercer una vigilancia fascista sobre nosotros. Al cabo de cinco minutos vio a una pareja de señoras viejas y lesbianas, le parecieron lo máximo, sacó el móvil y un instante después ya estaban las señoras en internet, a la vista de todos. Porque las ciudades están llenas de cámaras, pero a mí las que más me preocupan son las que lleva en ristre el contribuyente.

Cámaras en todas partes.

En el edificio Windsor había cuatro cámaras y no sirvieron de mucho la noche del incendio. Raquel Peláez ha escrito sobre ello en ¡Quemad Madrid!, una bellísima declaración de amor a la capital del reino, editada en Libros del KO. Peláez es una mujer que se fija en todo, como mi amigo el ciego. Cuenta que la noche del incendio del Windsor ardieron los archivos de la auditoría Deloitte, y en concreto unos papeles relacionados con la agencia de valores de Francisco González, que la Fiscalía Anticorrupción tenía que investigar. De los papeles nunca más se supo y del culpable del incendio tampoco.

Las cámaras no sirven de nada cuando hay algo que ocultar. Lo sabe Sergio, lo sabe Raquel Peláez, lo sabe usted y lo sé yo. Desconfíe de quien diga que una imagen vale más que mil palabras. O pídale el número de su camello, porque menudo tripi se ha tenido que tomar.

España is not Spain

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