Crónica del desahucio de un escritor

En los primeros años de la crisis, llamaron a la puerta del domicilio de un escritor muy amigo mío. Lo que ocurrió a continuación todavía me

En los primeros años de la crisis, llamaron a la puerta del domicilio de un escritor muy amigo mío. Lo que ocurrió a continuación todavía me resulta increíble. He recordado la historia en el curso sobre Francisco Umbral que hemos impartido unos cuantos forofos suyos en El Escorial, reunidos por Antonio Lucas y acompañados por España, la viuda de Umbral.

Siempre que se juntan más de dos escritores con público delante se acaba hablando de lo pobres que nos hemos quedado, y yo quiero contar lo que pasó cuando llamaron al timbre de la casa de mi amigo y una secretaria del ayuntamiento, envalentonada y predispuesta a ponerse borde, pasó ligera hasta el corazón de la casa. El escritor estaba hablando por teléfono. Cuando vio el tropel de policías y operarios rumanos y la hoja de desalojo que le ponía delante la secretaria, dijo:

–Te tengo que dejar, vienen a desahuciarme.

–¿Cómo?

No hubo respuesta. Los invitados eran muy diligentes y muy profesionales: antes de que mi amigo les hubiera podido ofrecer un té, ya estaban empaquetando teteras y biscotes, confinando a cajas de cartón recién ensambladas galaxias de vinilos, bosques de libros y archipiélagos de porcelana, y descolgaban cuadros que dejaban cercos fantasmagóricos en la pared mientras mi amigo el escritor iba palideciendo.

Cuando la secretaria del ayuntamiento se quiso dar cuenta, todo el equipo de desalojo formaba una cola ante la mesa del escritor, como en la feria del libro

Había vivido razonablemente bien con el dinero de sus libros durante los años noventa, pero en el secarral de 2010 no le llegaba ni para la factura de la luz. Ada Colau, el Hada de los Desahuciados (y espero que próxima alcaldesa de Barcelona) sabe muy bien que una persona en trance de perder el techo llora o suplica. También los hay, como Cristina Fallarás, que se rebotan y acaban hablando en la tele de lo puta que es la vida.

Mi amigo el escritor no hizo ni una cosa ni la otra.

Uno de los rumanos que estaban vaciando las estanterías se quedó mirando la foto de contraportada de un libro. Luego, comprobó que el nombre de la cubierta era el mismo que aparecía en la orden de desalojo. Operario y escritor se miraron:

–Sí, soy yo. Soy el autor.

Nadie gritó:

–¡El autor, el autor!

La secretaria del ayuntamiento levantó los ojos de los papeles burocráticos que traía consigo y se quedó estupefacta. El escritor desenfundaba su arma, una pluma, y preguntaba al rumano cómo se llamaba.

–Nico...

En la primera página de su ensayo sobre la amistad, el escritor echó una amable caligrafía: "Para Nico, mi amigo, en un día muy especial de mi vida."

Había vivido en esa casa durante veinte años. Por allí pasaron pintores y cupletistas, escritores y cineastas, camellos y yonkis, travestis y abogados, editores, fontaneros y hasta futuros enemigos. “Aquí firmé grandes contratos editoriales”, le explicaba a uno de los policías, y acto seguido le dedicó un ejemplar de una de sus novelas históricas. “Muchas veces el editor o el capitoste de tal o cual proyecto quedaba convencido de mi capacidad viendo lo cuidado que tengo mi despacho. Las formas son muy importantes, caballero”.

La diferencia es que Umbral vivió en una ciudad más barata y más manejable, y se alargó en una vida que comprende los años más lucrativos de la profesión

Y tanto que lo son. En el despacho de mi amigo había un busto de Sócrates y un cuadro gigantesco del Panteón. Cuando la secretaria del ayuntamiento se quiso dar cuenta, todo el equipo de desalojo formaba una cola ante la mesa del escritor, como en la feria del libro. Eran ya media docena los hombres los que esperaban su dedicatoria. Aquellos ejemplares fueron los únicos que se salvaron de ir en una caja a los depósitos del juzgado.

Cuando Francisco Umbral llegó a Madrid, muchos años antes, había decidido ser un escritor y quería seguir la máxima baudelairiana, “ser sublime sin interrupción”. A mi amigo no le gusta mucho Umbral, pero podría haber aplicado el mismo lema a su vida.

La diferencia es que Umbral, con tinta de periódico en las venas, vivió en una ciudad más barata y más manejable, y se alargó en una vida que comprende los años más lucrativos de la profesión.

“Yo he hecho lo mismo, con la misma pasión, desde hace mucho tiempo. He escrito libros y los he querido como a mis propios hijos”, le contaba el escritor a la secretaria del ayuntamiento. La que entró como una leona, ahora se había puesto más suave que un gato y tenía lágrimas en los ojos. “Cada vez tengo que hacer más cosas, más artículos, más proyectos, guiones, guías de viaje, y ya nada de esto me ha servido para mantener la casa,” le dijo mi amigo sin un ápice de lamento.

–No, si ya...

A Raúl del Pozo, que estaba en el curso de El Escorial, le he preguntado qué pasaría si Umbral llegase hoy a Madrid, joven, pobre y lleno de talento. A ver si adivinan ustedes la respuesta.

España is not Spain
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