Viaje a los orígenes de Carles Puigdemont

Su nombramiento como presidente ha sido toda una sorpresa para España, para Cataluña y hasta para sus propios camaradas convergentes. ¿Quién es este tío? ¿De dónde viene?
Foto: Fotografías de Carles Puigdemont durante su infancia en Amer. (Guillem Sartorio)
Fotografías de Carles Puigdemont durante su infancia en Amer. (Guillem Sartorio)

Carles Puigdemont ha sido una sorpresa para España, para Cataluña, para sus propios camaradas convergentes. Carles Ribas, que además de amigo suyo es portavoz de Gobierno de la alcaldía de Girona, me cuenta que se enteró dos horas antes de que Artur Mas lo hiciera público. En ese momento, dos preguntas recorrieron la Península entera: ¿quién es este tío?, ¿de dónde viene? Ahora suenan los teléfonos de las sedes y los 'emails' vuelan en formación de aves migratorias porque Mas se retiró dejando un acertijo para todos sus rivales políticos.

Como San Agustín dijo que para conocer a un hombre no has de preguntarle por lo que piensa, sino por lo que ama, viajamos a la tierra natal de Puigdemont. Vamos a Amer, el pueblo de su familia, que es conocida por los dulces, porque dos de sus siete hermanos regentan una pastelería de la calle Sant Miquel. En la carretera que va al municipio gerundense, un cartel informa al viajero que se adentra en un pueblo de la Asociación de Municipios por la Independencia. Esta organización tan sui géneris la fundó el propio Puigdemont, lo que rompe con el tópico de que nadie es profeta en su tierra. Cuando paro a mirar el cartel y el fotógrafo le hace unas fotos, pasan dos ciclistas a los que oímos gruñir:

La localidad de Amer. Foto: Guillem Sartorio
La localidad de Amer. Foto: Guillem Sartorio

- Em cago en Déu, qué passa aquí?

- Visca la terra!

Pero Amer resulta ser un villorrio bonito y amable, cuyas calles se calientan despacio bajo el sol perezoso de la mañana. Pregunto a un par de jubilados por la familia Puigdemont y para mi sorpresa contestan con un acento más andaluz que el rebujito. Dice el más parlanchín que los Puigdemont, "con tanto hermano como zon, que no vayan a robá tanto como lo Pujó, porque no vamos a podé alimental-lo a tó y no vamo a queda zin pueblo". Y echa otra retahíla para exigir a los políticos de la Junta de Andalucía que aprendan de los catalanes y hagan del acento andaluz una lengua oficial, que "to ze pega meno la hermozura". Finalmente, indican con el bastón el camino hacia la pastelería presidencial.

Puigdemont en sus días de escuela. Foto: Guillem Sartorio
Puigdemont en sus días de escuela. Foto: Guillem Sartorio

Las esteladas cuelgan de todos los balcones de la plaza mayor. Sus estrellas, como ojos, ven pasar a Joan López, erudito local y hombre corto terminado en boina, que corretea con un cilindro de periódicos bajo el brazo. Cuenta, en un catalán cerrado de la Selva, que fue conserje del colegio y conoce a todos los niños que han pasado por ahí. ¿Incluso al 'president'? 'Es clar'. Conoce a Puigdemont y a sus hermanos y hermanas desde que eran así y recuerda muchas anécdotas de cada uno. De Carles, algunas menos, porque era un niño retraído, solitario y meticuloso, que en las excursiones, mientras los otros hacían el cafre, caminaba a un lado mirando las hojas del suelo como si estuviera filosofando. Nos enseña una foto donde un Carles Puigdemont de 10 años aparece disfrazado de nigromante, y recuerda que de mayor quería ser “médico de huesos o astronauta”. Casi ha conseguido lo segundo: no viaja por el espacio pero vive rodeado de esteladas.

La pregunta es: ¿cuándo viró al independentismo? La gente de Amer cuenta que el padre ha sido siempre de izquierdas e 'indepe', y describen las reuniones clandestinas en el horno de los Puigdemont durante el Franquismo, cuando ya soñaban con repúblicas futuras. Al calor de estas conversaciones, tiznado de harina molida tan lejos de La Mancha, el pequeño Carles empezó a soñar con una Cataluña nueva.

Girona, la ciudad de la que ha sido alcalde. Foto: Guillem Sartorio
Girona, la ciudad de la que ha sido alcalde. Foto: Guillem Sartorio

Como alcalde de Girona empezó a batallar por hacer esa Cataluña realidad. Su alcaldía ha durado cuatro años y medio y ha tenido luces y sombras. Las luces las explica su amigo Carles Ribas: modernización, limpieza y apertura a la participación ciudadana, con la iniciativa de invitar a las asociaciones a unos plenos que ahora se alargan hasta siete horas. Las sombras, como siempre, saltan a poco que uno hoce en la hemeroteca: Puigdemont puso candados a los contenedores de basura para impedir que los mendigos buscasen comida, una medida que fue muy criticada por los cuperos que más tarde apoyarían su investidura.

Siguiendo los pasos de este hombre, llego a Girona para charlar con Xevi Xirgo, director de 'El Punt Avui', donde Puigdemont trabajó más de 20 años. Confirma Xirgo que su amigo el 'president' ha sido separatista toda la vida, mucho antes de que Convergència cambiase de postura: “Nosotros dos hemos tenido discusiones hace 30 años en las que el Carles me aseguraba que llegaría el día en que ya no estaríamos en España”. En los noventa, de hecho, se dedicó a viajar por Europa para investigar sobre naciones sin Estado, y volvió de este periplo sentimental con el proyecto de creación de una revista para promocionar Cataluña en el resto del mundo: 'Catalonia Today', que hoy día sigue imprimiéndose mensualmente.

Bandera independentista en Girona. Foto: Guillem Sartorio
Bandera independentista en Girona. Foto: Guillem Sartorio

Para Xirgo, el trabajo periodístico de su amigo siempre tuvo ascendente nacionalista: “En sus informaciones de 'Avui' había ese matiz que, sin decirlo explícitamente, hace pensar al lector que algún día cambiarán las cosas, que algún día Cataluña será un Estado soberano. Se notaba esto en todo, hasta cuando hablaba de la construcción de una carretera. Carles siempre ha tenido esta aspiración y ahora va a luchar por hacerla realidad”.

Se hace tarde. Llega la hora de partir de vuelta a Barcelona. Recuerdo que un amigo murciano me dice siempre: "¡Coño, que no nos quiten Cataluña todavía, que aún no he visto Girona!". Pues es una belleza al caer la tarde, encaramada al cabezo con su catedral de piedra clara y el Oñar fingiéndose espejo bajo los puentes. Preguntamos cómo es Puigdemont y Girona responde: las casas de colores se pegan al agua, que se cubre de balcones, de banderas, de pan y de patos. Este río visigodo y acequial, empachado de luz, no conoce otra tierra que Girona. Tras las casas va una calle larga y curva que se llama Ballestería y no tiene más salida que los arcos a la rivera. Por esa calle solo puedes seguir adelante sin torcer. Es una calle para empecinados, es una calle sin salida, es una calle donde dos coches solo pueden chocar. Me pregunto si tiene razón San Agustín.

España is not Spain

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