Así intenté destruir el talento de mi propio hermano

Desde muy pronto, Paco empezó a mostrar algo que podía ser el germen de un talento artístico. Había aprendido a cantar antes de hablar y yo me dediqué a hacerle saber que cantaba muy mal, pero no se desanimó

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Cuando nació mi hermano, me cagué en mi puta madre. Tenía yo seis años y era el rey del universo. Los planetas y las estrellas, las abuelas y las tías, las propinas y los regalos, los mimos y atenciones giraban a mi alrededor, pequeño Luis XIV, hasta que trajeron a esa sabandija envuelta en toallas que desequilibró el reino de Dios. Hice todo lo posible por boicotear la vida del inquilino. De entrada, mi madre, que estaba estudiando psicología por la UNED y andaba al 'sopesquete' de los posibles traumas del destronado, me permitió nombrar a la criatura como si fuera un pokémon. Aproveché la prerrogativa y dije que quería que el bicho se llamara Francisco David. Mis padres pusieron cara rara y yo puse cara de: como no aceptéis mi oferta, se llamará Francisco David de Asís y Todos los Santos. Trataron de negociar pero yo no negocio con terroristas. Con Paco David se quedó el DNI de mi hermano, aunque el pobre firme como Paco. Pero no hubo paz.

Empezó la guerra. Cuando el crío aprendió a gatear, reclamé mi Lebensraum. Inventé un sistema para descubrir por dónde se arrastraba en mi ausencia. Le ensuciaba con tinta de bic una rodilla y así podía seguir sus pasos. Recuerdo entonces a mi madre: ¿pero cómo se ha manchado mi Paquito?, y mi rencor sordo cuando ella lo limpiaba amorosamente y desactivaba mi GPS. Más tarde, cuando ya caminaba, la criatura mostró un gran interés por mi cuarto. Me anexioné los Sudetes del pasillo y coloqué trampas en la puerta. Si Paco abría la puerta en mi ausencia, caía un papelito que yo había colocado en el quicio. Al volver del cole, si el papel estaba en el suelo, buscaba al indeseable y lo torturaba:

-¡Has entrado en mi habitación, hijoputa!

-¡Noooo!

-¡Sí, mentiroso, rata, adoptado, ¿no sabes que yo leo el pensamiento?!

Paradójicamente, mi maltrato continuado despertaba su admiración. Empezó a imitarme, pero para mí la admiración no deseada era tan empalagosa como para Salinger. Si yo me disfrazaba, él se disfrazaba. Si yo dibujaba, él dibujaba. Decidí que hacía todo eso para arrinconarme. Quería quitármelo todo, no había que ser muy listo para darse cuenta. ¿Compartir?, le preguntaba yo a mi madre totalmente enrabietado: ¡tú estás loca! Luego, Paco desarrolló el carácter y nuestra infancia fue una guerra sin cuartel.

Me lo imaginé recibiendo aplausos. Puse en marcha un plan maquiavélico para boicotearlo. Aquella representación iba a ser nuestro Stalingrado

Desde muy pronto, Paco empezó a mostrar algo que podía ser el germen de un talento artístico. Había aprendido a cantar antes de hablar y yo me dediqué a hacerle saber que cantaba muy mal, pero no se desanimó. Cuando tenía tres o cuatro años, dio la noticia de que iba a participar en una representación de teatro de preescolar. Me lo imaginé en el escenario recibiendo los aplausos. Puse en marcha un plan maquiavélico para boicotearlo. Aquella representación iba a ser nuestro Stalingrado.

Bien, pensemos, me dije. Yo tenía nueve años, 10 a lo sumo. ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo enfocamos? Objetivo: destruir para siempre su peligrosa vocación al escándalo. Medios: psicológicos —descartada la fuerza bruta—. Plazo: tres días hasta la representación. Os juro que mi pupitre era el nido del águila. Planos, croquis, diagramas. ¿Qué hacemos, 'mein fürer'? Pasamos ahora al punto de vista de Paco.

Un día, me ve venir y debe pensar que van a caerle otra vez encima mis gritos y mis imprecaciones, pero ¡sorpresa! estoy suave y diplomático. Le hago un colacao y le digo que se siente. Él me hace caso, un poco receloso pero patéticamente ilusionado. Empiezo —repito, nueve o 10 años— a relatarle lo mucho que yo sé de la vida. Le digo que se enfrenta a un reto sin igual. Estará plantado ante miles de personas en el auditorio del colegio. Las posibilidades de que el público se burle de él son muy altas. ¿Qué le han encargado que haga? ¿Leer un poema de Antonio Machado? ¡Le llamarán maricón, eso es de nenazas!

Volvemos a mi punto de vista: Paco abre mucho los ojos y noto el miedo al ridículo. Da comienzo la segunda fase de mi operación Barbarroja. Le digo que me recite el poema y el pobre empieza, con su voz de pito, con lo de “una tarde parda y fría de invierno, los colegiales estudian, monotonía...”. “Uf, qué mariconada, te van a poner verde. ¿Sabes qué tienes que hacer?”, le pregunto. Y le digo lo que tiene que hacer: tirarse un buen eructo justo en ese momento. Un eructo que hará reír a todo el mundo y lo convertirá en un héroe. Pero no le digas nada a papá y mamá. Que sea una sorpresa para ellos y para todo el mundo. Y así triunfarás.

El pobre Paco me da las gracias. Durante los dos días siguientes, hasta la representación, lo trato como un hermano mayor, protectoramente, mientras me río en secreto de su ingenuidad. Le prometo que iré a verlo y efectivamente allí me tiene. Me he asegurado de que mis padres lleven una videocámara. Quiero pruebas de su gran catástrofe. Quiero ver mil veces su caída. Ahora la verás tú:

Así intenté destruir el talento de mi propio hermano

Sin embargo, ¡Stalingrado es mi derrota! El eructo, como una musa, lo catapulta repentinamente al estrellato infantil. El público, zafio, deseducado, celebra con grandes gritos y carcajadas la sorpresa final. Noto cómo todos se ponen de su parte y lo vitorean mientras me vuelvo más mezquino y más furioso, y a partir de este día Paco empezará a tocar la guitarra, aprenderá flamenco, sufrirá un tumor, logrará curarse tras una operación terrorífica hasta que hoy, que ya lo amo, que lo admiro, Paco ha terminado de grabar su primer disco y en la portada se nos ve a los dos juntos. ¿Logré machacar su talento? Pues no sé, así suena:

Así intenté destruir el talento de mi propio hermano

El 3 de febrero da un concierto en el Café Berlín de Madrid. Me queda la duda: ¿hablarán de nuevo las musas en el lenguaje que les enseñé?

España is not Spain

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