El hombre que legisla no debe nunca de blandear

Me dicen que tuvo buena cabeza, pero le está pasando lo que a tantos: la guerra cultural los envilece, los ofusca, los atonta. Girauta cayó en una trinchera sin darse cuenta de que había tropezado

Foto: El portavoz de Ciudadanos, Juan Carlos Girauta, criticado por un tuit contra Elvira Lindo. (EFE)
El portavoz de Ciudadanos, Juan Carlos Girauta, criticado por un tuit contra Elvira Lindo. (EFE)

Veo un tuit o un artículo de Girauta y me lo imagino invitándote a una paella, en plan: ahora que sabes cómo legisla mi cuerpo, vamos a meterte en el tuyo una paellas de las mías. Con ese verbo rizado que se gasta en los artículos, como vello de sobaco. Me lo imagino alardeando de la paella que sabe hacer y sacando finalmente un potaje naranja, caldoso e inconsistente como su partido.

Girauta el testosterónico, el que aseguró ante las cámaras que era “inimaginable que nosotros vayamos a dejar esa etapa histórica en manos de Rajoy o de alguien de su equipo”, y ahí sigue hablando, con sus cojonacos.

¿Y quién es Girauta? Según él mismo, el hombre que legisla en minoría parlamentaria, el depurador que vino del PP y acabó apoyando al PP, el político intelectual que te sale por verónicas antes de volverse al argumentario, el demócrata que usa las redes como un Donald Trump de Santa Pola, el dialogante con alergias e intolerancias, y el enésimo centrista que embrolla el centro con el centralismo.

Me dicen que tuvo buena cabeza, pero le está pasando lo que a tantos: la guerra cultural los envilece, los ofusca, los atonta. Girauta cayó en lo hondo de una trinchera sin darse cuenta de que había tropezado. Al momento llevaba la cara pintada y la daga entre los dientes. Era un soldado.

¿Y cómo se reconoce a un soldado? Fácil: discute a base de ad hominems y se apropia de conceptos universales. En la guerra cultural, el izquierdista se cree el único garante de la solidaridad, el derechista de la patria, el centrista de la libertad. Y de toda su familia léxica.

Dijo Girauta que la postura de su partido sobre la gestación subrogada es una oferta de libertad para las mujeres. Defendió su postura, fue a contarlo en Twitter y, cuando Elvira Lindo le respondió en un artículo, quedó claro que él le da la libertad a las mujeres siempre que estas piensen como él. Acto seguido el demócrata, el librepensador, el centrista, el dialogante, el intelectual, mandó a Lindo a preguntarle a su marido.

Ya es bastante bochornoso, amén de poco regenerador, que un político se dedique a contestar con esos humos a los articulistas. Aquí se ha criticado esta tendencia cuando lo ha hecho Podemos, así que no me vengáis con trincheras. Pero con Girauta no quedó ahí la cosa. Arrullado por los aduladores, embravecido por los detractores, se marcó a continuación un artículo pedante donde advertía a los “haraganes con ínfulas” de que “los años de molicie no pasan en balde”.

Con referencias torpemente veladas, se refería a Elvira Lindo y Muñoz Molina, dos escritores tan despreciados por sus virtudes como envidiados por su prestigio. Curioso: lanzaba contra ellos el dardo que disparan sus enemigos políticos. Calcaba la línea argumental de analistas que empaquetan y tachan en función de afinidad ideológica. Si usted pertenece a este grupo, si tiene estos amigos, si nació en esta época, si ha dicho tal cosa, nada importa su complejidad y sus matices porque nosotros lo vamos a despachar con etiquetas y sentencias.

Y desde luego a Girauta se le puede describir como sentencioso. “Hoy da grima leer a algunos muertos vivientes”, escribía el mismo diputado que cada navidad se hace una foto con sus amigos Herrera, Sostres y Espada. Tres personajes, por cierto, atacados desde la trinchera de enfrente con las mismas palabras. Pero qué más da, amigo mío, si es que el hombre que legisla no debe nunca de blandear.

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