Toros de la Feria de San Isidro: enrocarse y el arte de Roca Rey

Para desear enrocarme y cambiarme por el Rey torero, no me ha hecho falta esperar al sexto toro. Me alisté exactamente en el tercer muletazo del tercer tercio del tercer toro

Foto: El diestro peruano Andrés Roca Rey. (EFE)
El diestro peruano Andrés Roca Rey. (EFE)

Plaza de toros de Las Ventas, 31 de mayo de 2017.
21ª de Feria. Lleno de no hay billetes con tarde muy agradable.

Seis toros de Victoriano del Río de entre 556 y 649 kilos muy bien presentados, serios, bajos, hondos, con pitones y trapío. Varios cinqueños, el primero con casi seis años. Dieron espectáculo y facilitaron una de las mejores tardes de la feria, excepto el sexto, que fue muy malo y peligroso.

Miguel Ángel Perera, de gris plomo y oro. Silencio tras aviso y oreja.

Lopez Simón, de grana y oro. Ovación con petición tras aviso y silencio.

Roca Rey, de burdeos y oro. Oreja tras aviso y silencio.

Definitivamente enrocado. Así he acabado cuando doblaba el sexto toro. No es que haya cambiado mi asiento con el rey Juan Carlos, que ha vuelto a acudir a la plaza. No estábamos en la misma fila, no soy de los aficionados que se pongan a la defensiva, los caballos no parecían interesados en facilitar la maniobra y sobre todo no le he visto al Rey intención alguna de subirse 26 filas hasta mi asiento.

El rey Juan Carlos recibe el brindis del diestro peruano Andrés Roca Rey. (EFE)
El rey Juan Carlos recibe el brindis del diestro peruano Andrés Roca Rey. (EFE)

Tampoco me refería a la posibilidad de que me esté encabezonando en mi idea de que algunos amortizan sus entradas contando el número de protestas que son capaces de realizar cada tarde y así protestan a lo que sea. Algunas este miércoles, como la de que no dejaran ver al quinto toro entrar al caballo por tercera vez para disfrutar del excelente picador que es Tito Sandoval, la regular lidia del tercero, o las distancias que ha dado López Simón a su segundo me han parecido por momentos, y al margen de las formas, suscribibles. Cuando menos dispuesto al diálogo para consensuar una protesta moderada me sentía al doblar el sexto toro. No, no era eso por lo que me sentía enrocado.

Me refería a enrocarse en su nueva acepción taurina y limeña, de creciente importancia numérica y larga permanencia en el futuro de la Fiesta. Enrocarse: dícese de la acción de enrolarse sin condiciones previas en la masa de aficionados rendidos a la tauromaquia y al arte de Roca Rey. Ese sí que es un Rey por el que seguro me cambiaba. Bueno, por el otro también.

Para desear enrocarme y, en mi vocacional fuero interno, cambiarme por el Rey torero y entregarle sin reservas mi admiración y respeto, no me ha hecho falta esperar al sexto toro. Me alisté exactamente en el tercer muletazo del tercer tercio del tercer toro. En ese momento en el que a un toro con calidad en la embestida pero manso y huidizo de Victoriano del Río no le quedó mas remedio que enroscarse al cuerpo del torero para construir una faena donde sencillamente nadie habría encontrado nada.

El diestro peruano Andrés Roca Rey, durante la faena a su primer toro. (EFE)
El diestro peruano Andrés Roca Rey, durante la faena a su primer toro. (EFE)

Se obró el milagro de hacer embestir al manso por la precisión de los cites, la exactitud de las distancias, la sincronización de los toques, el ajuste de la velocidad de la muleta y la embestida y, sobre todo, por el acierto en la elección de los terrenos donde plantear semejante despliegue técnico. "Donde diga el toro", que sentenciaba el maestro Antoñete haciendo ceder a sus banderilleros de contrariar al cuadrúpedo. Pues eso, a ese tipo de toros les gusta, les apasiona, la puerta de chiqueros. Supongo que es por si algún despistado la abre no porque suela estar encima el rey emérito.

Despliegue abrumador de cualidades técnicas e intuitivas, de las de llevar el toreo dentro, suficientes para que al manso, pero noble, toro de Victoriano no le quedara tampoco más remedio al tercer muletazo que "enrocarse". Y ahí se entregó el toro, el que suscribe, el Rey brindado, la mayor parte del público y hasta un vecino de grada coreano al que le mutó la cara del sobrecogimiento... tal fue el grado de emoción, belleza y entendimiento entre el toro y el torero.

Tal fue la inundación de talento que sufrió la plaza que acabó calando a todos, desbordando las gradas, las andanadas, las expectativas del coreano y las amortizaciones esas de entradas raras. Tal fue el valor de la faena que cuando la remató con derechazos después de unos soberbios naturales y entró a matar tan despacio, tan encima, tan en serio y tan en los chiqueros ya había público inundado pidiendo mojado la oreja. Especial y anticipadamente el coreano. El pobre, desconocedor de los tiempos del reclamo pero conocedor del método para poder premiarlo empezó a agitar el pañuelo incluso antes de estar el toro cuadrado. Que le siguieran después casi los veinticinco mil aficionados que abarrotaban la plaza casi le produce un infarto.

Oreja de ley, de peso, de enjundia, de aviso para el resto de los toreros... de ratificar a una figura, de alistarse por un torero.

El diestro Miguel Ángel Perera, durante la faena a su primer toro. (EFE)
El diestro Miguel Ángel Perera, durante la faena a su primer toro. (EFE)

En el cuarto llegó Perera y desplegó cien argumentos para conseguir la grandeza de que un buen aficionado pueda disfrutar de más de un concepto. Siempre ha habido rivalidades, eso es cierto, pero un forofo en un tendido se pierde al menos el 90% de lo que es esto.

Perera, a nada que le ha dejado un toro, ha demostrado su momento. Valor cuajado en un torero que lo hace todo bueno. El quite con tafalleras, faroles, chicuelinas y la larga de remate acreditan su variedad con el capote. Su clásico inicio de faena en los medios y con los pases por la espalda, su sentido del espectáculo. Sus pases con la derecha templados, largos, mandones y rematados, su poderío. La cercanía a los pitones a la que se somete al final de casi todas sus faenas, el valor y la consciencia de un guión dramático y estructurado con la que preparar la honrosa muerte de un toro. Su temple en el cite final, su determinación de buscar la cruz y empujar con su pecho la espada, su consciencia de lo dramático y crucial del lance.

Este miércoles ha acreditado todo eso con una naturalidad pasmosa y admirable y nos ha hecho renovar por varios años a todos los que la hicimos la suscripción de seguirle por esas plazas de España. Con la de este miércoles, 14 orejas cortadas en Madrid desde luego que resultan recompensa suficiente.

El diestro Alberto López Simón. (EFE)
El diestro Alberto López Simón. (EFE)

López Simón, con el compromiso de triunfar en su última tarde en San Isidro y la presión de anunciarse entre dos "prendas" como los descritos, no ha podido rematar su feria. Destacable el inicio al chorreado y enorme quinto. Hay que estar muy decidido para echarle las dos rodillas en tierra al animalito en los medios, pero hay que tener muchos... quilates, para además darle ocho pases seguidos, templados y metiendo los riñones. Después de dos estupendas tandas, al intentarlo con la izquierda, el toro que a todos nos había gustado se quedó como de piedra. Ni un pase más, ni un adorno. Nada pudo sacar López Simón de la fiera.

Gran tarde de toros que así son como debieran. Para enrocarse o decidir seguir siguiendo a Perera. De buenos toros, toreros, y seguidores... de reyes... y coreanos, que siempre completan la fiesta.

Feria de San Isidro

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