Toros de la Feria de San Isidro: vuelta y vuelta

Una gran corrida de toros "para ser de Santa Coloma", según mi prejuicioso criterio

Foto: Alberto Aguilar. (EFE)
Alberto Aguilar. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas, 7 de junio de 2017.

28ª de Feria. Tres cuartos de entrada en tarde perfecta para el espectáculo y la lidia.

Cinco toros de Rehuelga (herederos de Joaquín Buendía) y uno de San Martín, de entre 527 y 647 kilos, todos cinqueños. El de San Martín, feo y destartalado, los de Rehuelga, espectacularmente presentados, en el tipo de Santa Coloma aunque con algo de exceso de peso. Astifinos y muy bien armados. De gran juego y nobles embestidas, gran e interesante corrida de toros. El quinto fue premiado con la vuelta al ruedo, el sexto aún fue mucho mejor que este en la muleta.

Fernando Robledo, de sangre y azabache, silencio y silencio tras aviso. Fue operado en la enfermería al acabar el festejo de una cornada interna en el muslo derecho.

Alberto Aguilar, de salmón y oro, silencio y fuerte ovación tras petición de oreja.

rez Mota, silencio y silencio con algunos pitos.

A vueltas estaba todavía con Pastelero, toro bravo de Victorino Martín lidiado ayer, cuando la bendita rutina de tratar de encajar mis huesos y los huesos convecinos en el optimizado granito de las Ventas me pone de vuelta delante de otra corrida de origen Santa Coloma. Falto de fe y escaso ya de discos intervertebrales, compruebo las premisas habituales que corroborarían lo inútil de soportar la presión lumbar de mi impuesto contorsionismo, lo desagradable de superar la ansiedad generada por la dejadez profesional del coca-colo que atiende mi tendido y lo absurdo de compartir espectáculo con quien en realidad no quiere que, de ninguna forma, venir hasta aquí satisfaga. Corroborado: me podría haber quedado en casa.

De esas premisas confirmadas al terminar el tetris humano que supone sentarse en el tendido, destacan tres: los toros anunciados de Rehuelga, ganadería de origen santacolomeño por parte de Joaquín Buendía, que no me inspiraban confianza, la tabla de pesaje con los 100 kilos más de la cuenta habituales en estas tardes más toristas que apoyaba mi desconfianza y el cartel modesto, carne de cañón para los de las protestas, que garantizaba furibunda banda sonora para rematar la tarde que me esperaba/desesperaba.

Salió el primer toro de San Martín, feo, grande y destartalado, y a punto estuve de darme de puñetazos. Pero es que empezó a pseudoembestir, perseguir. desaliñado, trotón y como despistado, al pobre Fernando Robleño mientras algunos gritaban no se qué de ponte en los medios y me aticé dos mandobles directos a la mandíbula en justa correspondencia y sensato premio/castigo ante la decisión tan desacertada de acudir a la plaza en una de esas corridas, de transición y toristas, que normalmente no me gustan nada. Con el dolor en los carrillos me pellizqué tan fuerte como pude todo el tiempo que Robleño tardó en matarlo. Casi sangro y casi me voy del disgusto... dolorido y azotado.

El diestro Pérez Mota es cogido por su primer toro al entrar a matar. (EFE)
El diestro Pérez Mota es cogido por su primer toro al entrar a matar. (EFE)


Pero como iba acompañado y bastante tenía yo con explicar mis flagelaciones como para explicar mi marcha, me quedé al segundo toro, que salió con otras hechuras, otras formas y otras intenciones. No pudo Alberto Aguilar cuajar su faena por las condiciones del toro, pero me sorprendió que el toro humillara y repitiera aunque fuera de esa forma que embisten algunos toros como a pitón cambiado y que tan incómoda se hace a veces a los toreros. Aun sin cuajar, interesante faena de Alberto, gran torero que merece más oportunidad.

En el estricto orden de estiramientos establecidos con mis vecinos, me tocó estirar la espalda, y el alivio seguro que me hizo ver mejor toro al tercero. Un toro bonito, muy bien presentado, de los que no pueden negar su raza y su rezo. Un toro al que Pérez Mota, en un alarde estratégico arriesgado, decide dejar lejos-lejos del caballo en el primer puyazo. El toro se arranca fijo y fiero y empieza a despertar la atención de los menos correligionarios. Pero el alarde bordea el suicidio estratégico cuando el torero gaditano lo deja aún más lejos en el segundo puyazo y el toro, para regocijo de los seguidores y llamada de atención de los escépticos, se arranca de nuevo al caballo con brío y con toril talento. Un gran par de Raúl Caricol luciendo también al toro preludia una buena faena a un buen toro que sigue luciendo y creciendo de cara al público ante la voluntad de Pérez Mota de seguir citándolo de lejos. Una aclaración: a los que tienen como lengua materna la protesta, no hay nada que les guste más que un toro arrancándose de lejos. En ese momento obnubilan y no quieren saber más de nada. El toro fue bueno, fijo, alegre y repetidor, pero acortaba la embestida, levantaba al final del pase la cara y no transmitía peligro a la grada. A pesar de la voltereta entrando a matar al toro después de un par de pinchazos, una numerosa minoría se puso del lado del cárdeno a la hora de repartir aplausos.

Pero es que salió el cuarto toro y continuó la tendencia: un toro bien presentado, de buen tipo y bien armado que embestía desde lejos y tapaba sus defectos auspiciado por protestas hacia el diestro y hasta aplausos al siniestro. Siniestro porque golpeó silencioso en el muslo al torero en un derrote muy seco que no caló ni hizo sangre, pero que le destrozó el vasto interno. Tuvo que ser operado al acabar el festejo.

El diestro Alberto Aguilar. (EFE)
El diestro Alberto Aguilar. (EFE)


Salió el quinto y en la sensación ya no había duda: una gran corrida de toros "para ser de Santa Coloma", según mi prejuicioso criterio. Pero es que además este precioso toro se puso en serio a galopar, se puso serio al caballo, se puso serio con los palos y encima con la muleta se puso serio a embestir. Quizás un comienzo por parte de Alberto Aguilar intentando ahormar la embestida le hubiera evitado el defecto que presentó luego el toro. Se acostaba un poco, se vencía y salía descolocado, lo que impedía la ligazón, la belleza y el remate con decoro. Buenos pases y decisión por parte del madrileño, que fue juzgado muy duro e injustamente castigado con ovación sin trofeos y la vuelta al ruedo del toro.

Vuelta al ruedo que premiaba, sin petición clamorosa, una tendencia al alza de los toros de Rehuelga. Sobre todo en el caballo, donde el de nombre Liebre se arrancó tres veces de lejos con la liturgia de antaño y enamoró a los presentes.

Pero es que llegó el sexto, negro, bragado y meano. Con dos pitones hirientes, con dos velas el armario, y me compensó la entrada, la lesión de espalda, el pellizco, y los tortazos autodados, las dudas, los ruidos, la furiosa banda sonora y la sed a la que suelo estar abocado por la falta de interés del coca-colo de al lado.

¡Cómo embistió ese toro! ¡Cómo repitió el morlaco! Fantástico Coquinero, nombre que doy por premiado, que aunque no lució tanto en varas, desplegó un inventario de embestidas calculadas, lentas, suaves y claras. Repitió, humilló, persiguió y desarboló, no tanto al torero Pérez Mota, sino al apoderado que le mandó coger la espada tan pronto que hizo protestar a la gente por acortar la faena. Y siguió el toro embistiendo lento, firme, claro y guapo. Y aún seguiría si no fuera por los horarios. Y seguiría yo ensalzando si no fuera por el espacio...

Gran toro el de Rehuelga que mereció la vuelta para mí más que su hermano.

Feria de San Isidro

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