Alejandro Suárez es empresario e inversor privado en empresas tecnológicas de carácter innovador desde 1998, Vicepresidente de la AIEI (Asociación de inversores y emprendedores de Internet), autor de 'Desnudando a Google' y 'Ha llegado la hora de montar tu empresa' (Editorial Deusto).
Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña
31/10/2012
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Una de las palabras que me suscita más pereza es ‘innovación’. No se trata de que me esté convirtiendo en un Amish, sino que algunas palabras empiezan a prostituir radicalmente su significado cuando se abusa de ellas sin medida. Y, peor aún, cuando entran en el juego y en el debate político ―todo sea dicho, otra de esas palabras es ‘emprendedor’ que, desde que entró hace años en campaña electoral, ha pasado a querer decir casi cualquier cosa―.
La innovación, bien sea de un producto o de un servicio, está íntimamente ligada a la tecnología. Es, por sí misma, sana y necesaria, el signo distintivo de una sociedad que progresa. Pero existe un tipo de innovación peligrosa: la "obsesión por la innovación" o el "innovar por innovar". En otras palabras, la que carece de un fin concreto y que no supone una mejora útil para nuestro entorno.
Todos estamos de acuerdo en que se debe incentivar, premiar y apoyar la innovación que produce un cambio o mejora en los demás. Muy especialmente en la tecnología, se deben potenciar iniciativas innovadoras. La cuestión es definir cómo se potencian problemas innovadores. Nuestros científicos e ingenieros lo tienen fácil: lo resumen en más dinero para investigación e I+D. Ésa es una respuesta fácil que no comparto al 100%.
Antes de la crisis había todo tipo de ayudas directas y subvenciones para I+D cuyo resultado no fue bueno: se creó una supuesta elite tecnológica que era funcionarial. Eso ―que se investigaba por investigar― lo he vivido y sufrido en mis propias carnes. Cuando se terminaba la investigación no se tenía interés en sacar el producto al mercado. Más bien al contrario, su interés radicaba en empezar una nueva innovación de algo innovador, con lo que se garantizaba fondos y ayudas públicas en los siguientes meses o, incluso, años. Esos desarrollos terminaban siempre en un cajón. En resumen, el negocio era seguir innovando, y no existía una finalidad real de salir al mercado.
Entonces, ¿qué debemos pedir a la administración para que se pueda innovar? Mi respuesta es clara: ¡que no molesten! Y, por favor, ¡que no intenten ayudar ni legislar más! Intentaré exponerlo con un caso personal.
Hace algunos años quisimos poner en marcha un proyecto de decodificación de ADN por medio de la saliva. En él integramos algunas de las cabezas visibles de la genética molecular en España procedentes de hospitales públicos de referencia, como la Ciudad Sanitaria La Paz en Madrid. Invertimos mucho tiempo y dinero, e instalamos un laboratorio con la última tecnología en el Parque Tecnológico de Alcalá de Henares. Durante más de un año desarrollamos un test genético por medio de la saliva que permitía conocer la predisposición de las personas a determinadas enfermedades, así como la conveniencia o no de tomar determinados medicamentos.
Esto resultaba útil, ya que, sabiendo nuestros puntos débiles, se podían tomar medidas preventivas de salud ante nuestras debilidades genéticas. En aquel momento era un proyecto innovador en España, y muy ambicioso. En conclusión, se pretendía almacenar en internet el perfil genético de las personas bajo un nombre y contraseña de usuario con el objetivo de que, a medida que se descubrieran ―ocurre cada semana― predisposiciones para determinados genes, podríamos ir actualizando al interesado la información en tiempo real desde internet a través de un modelo de suscripción. Hoy en día hay una docena de empresas que prestan el mismo servicio a nivel mundial.
¿Qué ocurrió con aquel proyecto? Que nos topamos con los mismos que se llenaban la boca cada día prometiendo fomentar la innovación.
Por sorpresa, tras un año de trabajo y con una enorme inversión, se prohibió esta práctica dos meses antes de salir al mercado mediante un Real Decreto sobre fecundación in vitro. Se exigía que los test genéticos se realizaran bajo supervisión médica y no en laboratorio, lo que hacía ilegal e imposible nuestro modelo de negocio. En aquel momento España era el único país del mundo ―junto a Austria, creo recordar― que había tomado esa iniciativa.
Para evitar líos, y tras valorar todo tipo de opciones ―desde establecernos en Portugal o Gibraltar y desplazar allí el laboratorio―, optamos por lo más sensato: dar el proyecto por fallido, perder la inversión e, igual que habíamos montado el laboratorio, desmontarlo y despedir al personal contratado dos meses antes de salir al mercado.
La gran sorpresa fue que, justo en aquel momento, nos llegó un burofax a la oficina. Al tratarse de un proyecto tan disruptivo e innovador, la Comunidad de Madrid nos concedía una subvención a fondo perdido de 120.000 euros, a la que, obviamente, tuvimos que renunciar ―la cara del funcionario de turno fue ‘de traca’ cuando le comentamos que renunciábamos a ella―. Ése es el país en el que vivimos. Ahora no hay dinero, por lo que la situación es diferente. Pero cuando lo ha habido las leyes pisotean primero la flor y, cuando está muerta o malherida, intenta regarla. Por todas esas razones afirmo que, si se pretende que innovemos, hay que pedirle a las administraciones que… ¡no nos den nada, pero que tampoco nos pongan trabas!
Apoyar la innovación es asesorar, facilitar y buscar caminos. Es abonar el terreno, y no solo extender cheques. Si hubiera sido así durante los últimos años ahora, que se han acabado los cheques, se podría seguir innovando, y esas iniciativas podrían estar floreciendo. No se puede funcionar según la necesidad del político de turno de ponerse medallas como ‘innovador’, que es algo que intuyen que va en sintonía con la sociedad en que vivimos.
Levantar suntuosos edificios e inaugurarlos puede ser fantástico, pero en muchos casos ―seamos claros― luego no hay gestión ni un proyecto real en que se fundamenten, más allá de los promotores que se retratan como innovadores por haberlos construido, pero que no se preocupan porque luego ejerzan la actividad para la que fueron creados.
Un alto directivo de una Caja de Ahorros del norte de España, de la que omitiré el nombre pero que resulta fácilmente deducible, y que históricamente apoyaba proyectos innovadores, me decía hace algunos años de forma confidencial: "Ahora toca la innovación biotecnológica. Con nuestro fondo para cumplir las promesas del proyecto político de nuestra comunidad tenemos que estar en este sector… hemos invertido en decenas de esas empresas. Personalmente creo que el mercado no está aún preparado para ellas… en fin, tenemos invertidas 14 compañías de ese sector y, por supuesto, ni una sola de ellas gana un solo euro…".
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COMENTARIOS
No entiendo qué tiene que ver el título de la nota con el tenor de la misma...Pero el panorama que pinta es exactamente lo que sucede. Soy diseñador Industrila y en este momento comprendo a la gente inversora que restringe su negocio en haras del sentido común. Debe ser muy duro para un "angel" que invierte, ver que su esfuerzo no lleva a ninguna parte. el momento, amigos, está para ver pasar las nubes por nuestras cabezas y para saber para dónde tira el viento. sugiero leer este blog que plantea temas interesantes como estos. Saludos desde Barcelona.
http://www.arquiterapiaa.blogspot.com
