La agricultura ecológica no podría alimentar al mundo (y el mundo no podría pagarlo)

Un estudio analiza las ventajas de la agricultura ecológica para concluir que por sí sola, ninguna técnica agrícola es suficiente para alimentar al mundo. Lo mejor, como siempre, es un menú variado
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Alimentar a la población mundial en constante crecimiento es posible manteniendo a su vez ciertos objetivos de sostenibilidad. Es la principal conclusión de un artículo que publicaba este miércoles la revista Nature Plants, una revisión de cuarenta años de estudios científicos comparando la agricultura orgánica (o ecológica) y la agricultura convencional.

Es un hecho que la agricultura ecológica es menos productiva que la agricultura industrial. Sin embargo, los autores del artículo consideran que en algunas condiciones, la situación podría igualarse e incluso revertirse. En condiciones de duras sequías, los cultivos orgánicos "tienen el potencial de producir cosechas mayores porque sus suelos poseen una capacidad de retención de agua mayor".

Pero incluso cuando las cosechas son menores, la agricultura ecológica es más rentable para los agricultures, "porque los consumidores están dispuestos a pagar más". Un sobrecoste, dicen los autores, que es una forma de compensar los esfuerzos por evitar los daños medioambientales. De hecho, y aunque cualquier actividad agrícola tiene su impacto de una u otra forma, la agricultura ecológica puede ser buena para el medio ambiente al mejorar la calidad del suelo, contaminar menos el agua y emitir menos gases de efecto invernadero. 

No se trata, dicen los investigadores, de que la agricultura ecológica vaya a alimentar ella sola a toda la población, sino de que contribuya al menú global

No se trata, dicen los investigadores, de que la agricultura ecológica vaya a alimentar ella sola a toda la población, sino de que contribuya al menú global en el que tendrán que participar también otras técnicas, como la agricultura intensiva, la mejora tradicional, la biotecnología (incluyendo la transgénesis)...

Lo mejor: un menú variado

La idea de mezclar unas técnicas con otras es crucial, y aunque no es nueva, sigue sonando sorprendente porque en el debate alimentario parece que hemos tomado posiciones y cavado trincheras como si esto fuese una guerra: partidarios de la agricultura ecológica contra defensores de la biotecnología, tirándose los trastos a la cabeza y ridiculizando o criminalizado la elección del otro bando. Tú eres un ignorante que come veneno. Pues tú eres un pijo al que solo le importa el postureo. 

¡Con las ventajas que tiene poder elegir! Para la mayoría de nosotros (pero no todos), habitantes de un país desarrollado, elegir qué queremos comer es algo tan habitual que no reparamos en ello: elegimos una variedad de tomate (usémoslo como ejemplo, pero valdría cualquier otro producto agrícola) según cómo lo vayamos a cocinar, su aspecto, su precio o nuestro gusto soberano. Y eso está bien.

Olvidémonos de elegir la variedad: comerán los más baratos del súper más barato. Y eso también está bien, porque la alternativa sería no comer tomates

Para otra gente, muchos de ellos habitantes de este mismo país desarrollado nuestro y otros muchos que no lo son, la elección se reduce a lo que puedes o no puedes pagar. Olvidémonos de elegir la variedad de tomates y dónde comprarlos. Comerán los más baratos del supermercado más barato. Y eso también está bien, porque la alternativa sería no comer tomates.

Los tomates más baratos serán los que se hayan producido de forma más económica, utilizando todos los desarrollos científicos y tecnológicos al alcance del agricultor para optimizar sus recursos: principalmente suelo, agua y energía. Esto es lo que ha conseguido la agricultura industrial: que la producción de tomates sea abundante, estable y continua todo el año, ¿o es que le parece natural encontrar tomates en el mercado tanto en diciembre como en julio?

¿Por qué dejar a alguna gente sin tomates?

La agricultura ecológica es menos productiva que la industrial, y por tanto más cara. No hay duda ni debate sobre esto. Al renunciar a los productos químicos de síntesis como herbicidas, insecticidas o fertilizantes los agricultores tienen que utilizar otros métodos para hacer frente a las necesidades de sus cultivos y dan como resultados cosechas menores. A menor producción, mayores precios, algo que los agricultores aprovechan legítimamente como estrategia comercial. De ahí el interés por incorporar la etiqueta de ecológico a sus productos.

¿Cómo podrían cumplir con la recomendación seguir una dieta variada y rica en vegetales si esos vegetales cuestan el doble, el triple o cinco veces más?

Unos productos que gustan más a algunos consumidores, porque tienen más sabor o les parecen más sanos (aunque no hay estudios que demuestren esto), que pagan el precio porque pueden, porque quieren, porque sí. Pero con ello quedan automáticamente fuera del alcance de ese segundo grupo de gente que llena o no la cesta de la compra según el precio de los tomates. Defender esos productos como única opción sería dejar a mucha gente sin tomates. ¿Cómo podrían cumplir esas personas con la recomendación seguir una dieta variada y rica en vegetales, que es clave para la salud (y no digamos si hablamos de niños) si esos vegetales cuestan el doble, el triple o cinco veces más?

Claro que hay cosas que mejorar en el sistema que produce lo que comemos: cómo alimentar a toda la población de forma suficiente, equitativa y sana a la vez que los agricultores ven justamente compensado su trabajo, los consumidores eligen lo que comen y el medioambiente no queda destrozado por el camino. Cuestiones, por cierto, que están en la base de la agricultura ecológica. Si todas las opciones tienen algo que aportar al menú, ¿por qué no sentarnos todos a la mesa?

Cartas al Profesor Farnsworth

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