-¿Os creéis todo lo que leéis en internet?

Quien lo pregunta es un periodista llamado Luis Alfonso Gámez. Se encuentra en el aula de un instituto, rodeado de chicos y chicas de unos 15 años, con sus teléfonos inteligentes, sus camisetas de death metal, su maquillaje y sus consolas portátiles. Todos responden que sí, claro, ¿por qué no iban a creer lo que está en internet?

La escena tuvo lugar hace un par de años, durante la grabación de Escépticos, un programa de divulgación científica que yo mismo dirigí para la televisión pública vasca. La escena fue escalofriante y, cuando el capítulo se emitió, algún espectador hasta nos acusó de haberlo trucado (entre ellos, supongo, los padres de las criaturas expuestas).

El episodio me ha venido a la mente esta semana, tras leer un artículo del divulgador científico Javier Peláez titulado "La enorme y urgente necesidad de una asignatura de pensamiento crítico". En el texto, publicado en su propio blog, Peláez defiende la necesidad de un sistema educativo basado en la evidencia y en la supresión de prejuicios.

Es cierto que, por norma general, tiende a considerarse que nuestro maltrecho sistema educativo no hace el suficiente hincapié en estos aspectos. Que se centra casi exclusivamente en la memorización (tabla periódica, ríos de España, reyes católicos), dejando de lado el aprendizaje de las herramientas necesarias para desarrollar el pensamiento crítico. ¿Pero es eso cierto?

¿Realmente hace falta una asignatura específica de pensamiento crítico? ¿Soy el único al que eso le suena a derrota?Pues, contra todo pronóstico, no, no es cierto. Al menos, sobre el papel. Basta con echar un ojo a la famosa LOE, la Ley Orgánica de Educación. En ella aparecen varias menciones a la necesidad de formar a los alumnos en la crítica. Se dice, por ejemplo, que uno de los objetivos de la Educación Secundaria Obligatoria es "desarrollar destrezas básicas en la utilización de las fuentes de información para, con sentido crítico, adquirir nuevos conocimientos". Cualquiera lo diría, ¿eh? Un par de párrafos después, la Ley añade que el alumno debe desarrollar "el sentido crítico, la iniciativa personal y la capacidad para aprender a aprender".

¿Entonces por qué se producen situaciones como la que abre este artículo? ¿Por qué, en un aula cualquiera de un (buen) colegio, todos los alumnos de 15 años (insisto: todos) afirma, sin la menor duda, creer aquello que lee en internet? ¿Por qué, cuando lo preguntas, muchos te miran como si el loco fueras tú?

Sobre la necesidad de un pensamiento crítico

Hablando con educadores, no es difícil encontrarse con una queja recurrente: la dificultad de poner en práctica todo lo que se les exige (incluidas las dos frases de la LOE mencionadas más arriba) con unas herramientas muy limitadas. Bastante que, a duras penas, conseguimos abarcar todo el temario, suelen decir. ¿Pero realmente es necesario un tiempo extra para introducir el pensamiento crítico en clase? ¿De verdad hace falta material, aulas o libros adicionales para enseñar a los ciudadanos de futuro a pensar por sí mismos? ¿Hace falta una asignatura específica de pensamiento crítico, como defiende el título de Javier Peláez? ¿Soy el único al que eso le suena a derrota?

Lo que ocurre es que, si la mano que mece la cuna es acrítica y conformista, si acuna con desidia y apatía, el futuro no será mejor que el presenteQuizá lo que Peláez es la opción más realista. La más práctica visto lo visto. Claro que, por otra parte, me imagino a los alumnos poniendo en duda al profesor de religión porque así se lo ha pedido la profesora de pensamiento crítico. Eso, en este país, acabaría con dos años de gresca política y otra reforma educativa.

La solución más lógica, aunque sin duda menos realista, pasaría por que el pensamiento crítico permease todo el sistema educativo. El escepticismo no es una materia (como, en el fondo, no debería serlo la educación y el respeto), sino una mirada. Una postura frente a la realidad.

Lógicamente, para que el pensamiento crítico alcance tal estatus en nuestro sistema educativo, debería alcanzarlo primero en nuestra sociedad. (Ya avisé de que no era una opción muy realista.) El triunfo de todo tipo de supercherías como las medicinas alternativas, el pánico a las ondas electromagnéticas o el movimiento antitransgénicos demuestra que la sociedad en que vivimos no destaca precisamente por su racionalidad.

La mano que mece la cuna

Un tal William Ross Wallace que, al parecer, era un poeta, escribió que "la mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo". Es tan cierto que Wallace no necesitó escribir ningún otro verso memorable para pasar a la historia. Lo que ocurre es que, si esa mano que mece la cuna es acrítica y conformista, si acuna con desidia y apatía, el futuro no será mejor que el presente.

El mundo que se asoma allá a lo lejos está repleto de información y, por tanto, también de ruido. Cantidades ingentes de mensajes veraces, mentiras a medias, mentiras completas, miedos infundados y prejuicios rentables para unos pocos. La capacidad del ciudadano para analizar la información de manera crítica, será, por tanto, más necesaria que nunca.

Sabremos que el sistema educativo está haciendo bien las cosas cuando alguien entre en una clase, pregunte a los estudiantes si se creen lo que leen en internet y todos respondan:

-Por supuesto que no, ¿por quién nos tomas?