Consejo de ministras no, pero secretarias y enfermeras sí

El lenguaje, que también es un arma política, es un importante reducto del machismo y si las mujeres consiguen cambiarlo impulsarán el cambio definitivo

Foto: Foto de familia tras el Consejo de Gobierno. (EFE / Chema Montoya)
Foto de familia tras el Consejo de Gobierno. (EFE / Chema Montoya)

Insisten en que debemos utilizar Consejo de ministros porque, de lo contrario, en un equipo formado por 11 mujeres y 6 hombres ellos quedarían excluidos. Esto implica que son perfectamente conscientes de la invisibilización que supone utilizar uno u otro género para designar un grupo mixto. La RAE se está tomando más molestias en explicar por qué debemos utilizar esa fórmula y no otra que si nos hubiéramos propuesto decir "cocreta" en masa. Toda la vida se ha utilizado el femenino inclusivo para referirse a profesiones como secretarias, señoras de la limpieza o cajeras de supermercado, como si en estos grupos no hubiera hombres ejerciendo en minoría. Las instituciones patriarcales tienen claro que las profesiones con prestigio y que atesoran poder no deben decirse en femenino: es la mejor forma de continuar ligándolas a los hombres en nuestro imaginario. A estas alturas de la película es absurdo negar que el lenguaje también es un arma política.

Las mujeres, desde que el mundo es mundo, hemos estado fuera de la esfera pública, relegadas al ámbito de lo privado, sin tener ni voz ni voto, ni representación en la palabra. Nos ha costado más de trescientos años alcanzar las urnas, los micrófonos, algunos puestos de dirección —al menos en esta parte del globo— y ahora nos toca conquistar el lenguaje. Y es que las palabras son mágicas por la forma en que influyen en la mente de quienes las usan, afirmaba Aldous Huxley. Es por eso que se retuercen los argumentos en contra del lenguaje inclusivo, se apela a la RAE como si fuera la palabra de Dios y se lincha en las redes a quienes toman la iniciativa y crean vocablos que manifiesten que podemos ocupar profesiones vetadas históricamente al género femenino. Es tan sencillo como que si se nombra sabremos que podemos hacerlo.

Hagamos hincapié en que la existencia de las mujeres sea recogida con nuestras palabras: así cambiaremos nuestra visión del mundo

En el caso del "Consejo de ministras" si utilizamos el masculino, u otra fórmula realmente genérica como "Consejo de Gobierno", quedará patente que lo sucedido no es más que una excepción. Cuando pase este ejecutivo todo habrá sido un mal sueño de forocoches y volveremos a la normalidad, que es que esos cargos estén ocupados por hombres.

Existe una clara relación entre la resistencia a que las mujeres no ocupemos puestos de poder —recordemos que en nuestro país no alcanzamos el 20% de los cargos directivos— y la oposición a que el lenguaje visibilice nuestra presencia, logros y desempeños. No es baladí que hagamos hincapié en que la existencia de las mujeres y su labor en la vida pública sean recogidas con nuestras palabras: cambiando el uso de la lengua cambiaremos nuestra visión del mundo.

Cuatro objetivos del masculino

Si una niña escucha en la televisión una conversación sobre médicos y enfermeras o ingenieros y secretarias, automáticamente se situará en el lugar que a través del lenguaje hemos reservado para ella. A falta de referentes —todavía no hemos celebrado una presidenta del gobierno ni una premio Nobel española—, el lenguaje constituiría la herramienta principal que impulsará el cambio definitivo. Esto, desde luego, supone una seria amenaza al sistema patriarcal que, aun empezando a tener claro que las mujeres no son un colectivo ni una minoría sino la mitad de la población y que deben ocupar el espacio que les corresponde, se resiste a permitir que las estructuras de poder sean ocupadas por nosotras.

Sobre "Consejo de ministras" o "Consejo de ministras y ministros" o "Consejo de Gobierno", Eulalia Lledó, doctora en filología románica, explica que exigir que nos refiramos a la profesión de una mujer en masculino tiene cuatro objetivos:

  • Invisibilizar a las mujeres que los ocupan.

  • Presentar su caso como una excepción, de esta manera se perpetúa que sean ellos quienes ocupen esos puestos y se incide en que no son espacios en los que las mujeres sean bien recibidas.

  • Añadir un nuevo obstáculo en el acceso a ciertos cargos.

  • Reservar el masculino para las actividades de prestigio.

Alegar que una palabra o que el femenino inclusivo no puede utilizarse porque es una incorreción lingüística responde más a una traba ideológica que a una preocupación seria por mancillar el lenguaje. Los idiomas están vivos y somos los hablantes quienes decidimos cómo lo utilizamos. La Real Academia debe recoger este uso, no imponer normas que ya no representan la realidad de nuestra sociedad y que incluso invitan al error. Suelen utilizar como excusa que un extranjero que estudiara nuestro idioma se volvería loco, pero obvian que "Consejo de ministros" generaría en esa persona —y en cualquier otra— la idea de un grupo de hombres que ostenta el poder y no de mayoritariamente mujeres, como es el caso. Es decir, el lenguaje falla y por eso las mujeres hemos empezado a utilizar fórmulas que realmente representen la realidad.

El patriarcado sabe que si nos hacemos con la herramienta capaz de crear pensamientos nuevos le quedan dos telediarios

Como decía al comienzo del artículo, cuando se trata de profesiones poderosas, las discusiones se han vuelto virulentas y han inventado mil motivos para tratar de frenar una evolución lógica del lenguaje y que muestre que las mujeres han salido del hogar. La palabra "presidenta" también fue protagonista de conversaciones con el tono elevado. Tachaban de aberración a esta transformación de la palabra "presidente" alegando que el participio activo del verbo ser era "ente" (que además no era cierto, el participio activo era "eseyente") y que esa era la terminación que debía agregarse para nombrar a la persona que ejerce la acción del verbo. Sin embargo, no hubo ningún problema en aceptar sirvienta, dependienta, asistenta e incluso —aquí viene el chiste— la misma presidenta. Este vocablo llega al diccionario en 1803, pero no como mujer que ostenta el poder sobre el pueblo, sino como esposa del presidente. No fue hasta 1992 que se añadió la acepción "presidente, cabeza de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc.". Fijaos que cosas, para mostrar que éramos una posesión del que mandaba a nadie le sonaba mal la palabrita, pero para indicar que el poder estaba en nuestras manos la cosa ya tomaba otro cariz menos cordial.

Todo el mundo dice estar a favor de la igualdad hasta que comprenden que ello conlleva ceder parte de la autoridad. Es entonces cuando se agarran a la butaca y niegan la realidad haciendo lo propio con las palabras que la describen. El patriarcado sabe que si nos hacemos con la herramienta capaz de que crear pensamientos nuevos le quedan dos telediarios. No es una cuestión lingüística, es una cuestión de demostrar quién manda. Imagino que no contaban con que los ovarios también pueden ser cuadrados. Larga vida al "Consejo de ministras".

Con dos ovarios

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