Yo también soy adúltera

Creo que en algún momento llegó a parecerme una verdadera transgresión. Tener varias parejas sexuales sin que ellos lo supieran me resultaba absolutamente tentador e irresistible

Foto: Una mujer es azotada en público acusada de adulterio en Indonesia. (EFE)
Una mujer es azotada en público acusada de adulterio en Indonesia. (EFE)

Con frecuencia, me da por pensar en las veces que habría muerto si hubiera nacido en el siglo XV: infección de muelas, parto, quizá de alguna cistitis… Hace un par de semanas, saltó la noticia de que India despenalizaba el adulterio. Cuando leí el artículo completo, me di cuenta de que al titular le faltaba algo: despenalizaba el adulterio femenino. Este país imponía penas de hasta cinco años si el marido decidía que las relaciones extramaritales de su esposa debían ser castigadas.

Seguí navegando por internet y me encontré que el delito de adulterio continúa en vigor en varios lugares. Lo sabía de países árabes como Irán, Arabia Saudí, Pakistán o Sudán, donde ellas son ahorcadas o lapidadas hasta la muerte. Pero no lo imaginaba de Puerto Rico ni de estados de EEUU como Michigan, Wisconsin o Carolina del Sur. De repente, incluí una nueva situación en la que podrían haberme quitado la vida. En este caso, no me hacía falta cambiar de siglo, solo de país. Y por la vía legal.

Desde pequeña he sido muy consciente de que me educaban de forma diferente a los chicos, aunque una parte de mí sí llegó a pensar que la igualdad era real y efectiva. Que algunas cosas que nos sucedían a las mujeres eran intrínsecas a nuestro género e imposibles de cambiar. Crecí escuchando a otros familiares referirse a mí como “una vaga” porque no sabía poner la lavadora y no me interesaban la cocina ni hacer la cama. No importaba que mis notas llegaran prácticamente con tantos sobresalientes como asignaturas. Yo era una vaga.

Enfermaba, y sigo enfermando, cuando en las navidades mi abuela y mis tías se encierran durante horas en la cocina mientras ellos comentan la liga con una cerveza en la mano. Es algo que desde siempre me ha resultado absolutamente repulsivo. Este y otros detalles me llevaron a desarrollar un rechazo absoluto por todo lo que se supone que como mujer debía hacer. Hasta el punto de que hoy en día sigo siendo una negada para las labores del hogar. Ahora ya no me enorgullezco, fue una reacción adolescente que ha desembocado en un grave problema de autosuficiencia.

Crecí escuchando a otros familiares referirse a mí como “una vaga” porque no sabía poner la lavadora y no me interesaban la cocina ni hacer la cama

Por supuesto, también fui acumulando mensajes de cómo debe comportarse una mujer en su relación con los hombres. Ya no me refiero a las cosas que pudieran decirme en el colegio. Sigo refiriéndome a lo que escuché en mi núcleo familiar, haciendo algo tan cotidiano como ver la tele. “Rocío Jurado dijo que era mujer de un solo hombre y se ha casado por segunda vez”. “La Pantoja se ha ganado todo lo que le ha pasado. Tanto que lloraba por Paquirri…”. “Madre mía lo de Malena Gracia. Siempre ha tenido pinta de lumi”. “Al Cholo, si le cantan lo de cornudo, que se joda, que hubiera elegido una mujer que no fuera una puta”.

Todos estos comentarios se soltaban a la ligera delante de mis primos —todos chicos—, mi hermana y yo. A lo mejor no eran conscientes, a lo mejor sí, de que con sus palabras ya estaban señalándonos dónde estaba el lugar de cada uno. Con el tiempo me he dado cuenta de que también reaccioné contra esa decencia que se esperaba de mí, igual que lo hice con las tareas del hogar.

Veía en las películas que los hombres poderosos acumulaban mujeres y conquistas como si fueran premios y en ningún caso eran juzgados por ello

A la vez que todo esto sucedía a mi alrededor, veía en las películas que los hombres poderosos acumulaban mujeres y conquistas como si fueran premios y en ningún caso eran juzgados por ello. Recuerdo especialmente a Ray Liotta en 'Uno de los nuestros', que contaba hasta con una casa para aislar a su amante del mundo y poder disfrutar de ella cuando le viniera en gana, pero si alguien se acercaba a su novia le reventaba la cara con la culata de una pipa. En 'Los tres mosqueteros', la de 1993, el cardenal Richelieu cita a varias mujeres en su cuarto de manera escalonada. Casi ni las mira. Solo las señala de manera individual y les indica la hora a la que debían personarse en su alcoba. Si no recuerdo mal, era algo así como: “Tú a las diez, tú a las diez y cuarto y tú a las diez y media”. Esto me resultó especialmente fascinante, principalmente porque me proyectaba en él, no en ellas.

Ray Liotta, en 'Uno de los nuestros'.
Ray Liotta, en 'Uno de los nuestros'.

También me acuerdo de Jesús Gil, con toda su grasaza desparramada en la piscina, acompañado de modelos colocadas de manera simétrica a su alrededor. Durante mucho tiempo pensé que este tipo de hombres me atraían sexualmente, a excepción de Jesús Gil. Mucho más tarde comprendí que no quería acostarme con ellos, lo que realmente deseaba era ser ellos. Así que, y volviendo a Goodfellas, “que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, siempre quise ser una zorra”. Me parecía muchísimo más emocionante que ese otro modelo que la gente parecía escupirme en la cara que tenía que ser.

Leí 'Ana Karenina', 'Madame Bovary' y 'La Regenta'. Y aunque 'Madame Bovary' sigue siendo uno de mis libros favoritos, sus historias no estaban contadas de la misma manera. Ellas se escondían para mantener relaciones con sus amantes y finalmente la narración las castigaba por sus actos. En el caso de los hombres, la amante no era más que un adorno. En la mayoría de las películas y libros en que aparecía alguna, podía haberse eliminado y no suponer ningún cambio ni en el desarrollo ni en el desenlace de la trama.

Tardé en darme cuenta de que había un patrón, que nosotras nunca aparecíamos como las 'fuckers' de la vida. Si acaso, como putas rastreras

Las queridas estaban a la orden del día, en la realidad y en la ficción. Tardé en darme cuenta de que había un patrón, que nosotras nunca aparecíamos como las 'fuckers' de la vida. Si acaso, como putas rastreras y tratadas de ese mismo modo. Una mujer que tenía muchas relaciones sexuales siempre era una mujer que no se respetaba a sí misma y que por lo tanto no merecía el respeto de los demás. Es verdaderamente acojonante que hayan confiscado nuestros orgasmos y los hayan convertido en algo de lo que avergonzarse.

Me di cuenta de que adoraba las películas de gánsteres porque, al igual que les sucedía a los chicos de mi edad, yo también quería parecerme a los tipos duros de la pantalla. Así que sí, yo también fui adúltera. Creo que en algún momento llegó a parecerme una verdadera transgresión. Tener varias parejas sexuales sin que ellos lo supieran me resultaba absolutamente tentador e irresistible. Ahora pienso que de haber nacido en otro país, seguramente no podría haberlo sido o, de haberlo hecho, podría haber terminado colgada de una soga meándome en las bragas.

Estoy absolutamente convencida de que cuando hablamos de sexo, estamos haciendo activismo

Me resulta demencial pensar que las relaciones sexuales consentidas entre dos adultos en pleno 2018 puedan acabar en una multa monetaria, cárcel o pena de muerte en según qué país te encuentres. Como me ha resultado sorprendente descubrir que aquí también fue delito hasta 1978. Las españolas salieron a la calle en noviembre del 77 para defender a María Ángeles Muñoz, un ama de casa a la que su marido abandonó y al regresar quiso aprovechar la ley de adulterio para quitarle la custodia de su hija. El movimiento feminista logró que al año siguiente se despenalizara. A día de hoy, estoy absolutamente convencida de que cuando hablamos de sexo, estamos haciendo activismo. Y así será hasta que nuestros cuerpos dejen de ser el campo de batalla del sistema, cuando 'puta' sea una palabra vacía, no se perpetren violaciones y nuestras exparejas dejen de chantajearnos con nuestra sexualidad.

El patriarcado nunca dejará de intentar acceder a nuestro cuerpos a través de la fuerza, el comercio o las leyes, y no hay duda de que hay países en donde la situación sigue siendo terrible, dramática e inhumana. Aunque queda mucho para que una mujer pueda vivir su sexualidad de la misma manera que hace un hombre —paséense por los TL de chavales adolescentes y alucinen con la mentalidad retrógrada de muchos de ellos y ellas—, hay que celebrar estas pequeñas conquistas. Este fin de semana, sin duda, brindaré por India y sus mujeres.

Con dos ovarios

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