¿Alguna vez has mirado las nubes? La ambigüedad en el cine

¿Alguna vez has mirado a las nubes? Tal vez lo hagas cada día, camino de los lugares donde desarrollas tu ocupación, o a la vuelta de

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¿Alguna vez has mirado las nubes? La ambigüedad en el cine
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    ¿Alguna vez has mirado a las nubes? Tal vez lo hagas cada día, camino de los lugares donde desarrollas tu ocupación, o a la vuelta de los mismos. Quizás haya pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hiciste, porque has centrado tu atención en otras cosas. Cosas como el estado del metro o de las carreteras, el cómo has de actuar con los clientes o los pacientes que atiendes, las tierras que labras, las máquinas que manejas en la fábrica, la roca que escarbas en la mina o los ciudadanos a los que cuidas desde un coche patrulla, una ventanilla, un coche de bomberos, una torre de control o un escenario de teatro o cine.

    Lo costoso puede ser tomar la decisión de mirar a las nubes, pues el hecho de mirarlas es sencillo: levantas la cabeza, diriges la vista al cielo y miras. Si hay suficiente luminosidad y hay nubes, las ves. Y si ni lo uno o lo otro, pues no las ves. Pero si has decidido hacerlo, en cualquier caso podrás ver más allá de lo inmediato, más allá del coche que se cuela, la oveja que se escapa o la jefa que está malhumorada.

    La ambigüedad suele alterarnos porque nos genera incertidumbre y dudasA bastantes personas, la configuración de las nubes puede sugerirnos formas diversas, desde un archipiélago de islas o el Fujiyama, hasta platillos volantes, pasando por diversos animales y perfiles de personajes ilustres. Vemos una forma y la valoramos y nombramos como una forma conocida: por ejemplo “es un elefante”. En psicología, uno de los nombres con los que se conoce este proceso es el de “pareidolias”, en las que la persona proporciona significado a un fenómeno ambiguo. Se clasifica entre las ilusiones, que son un tipo de peculiaridades perceptivas.

    Esta capacidad de otorgar significado a lo ambiguo, es tenida en cuenta por diversos enfoques de la psicología, que pueden ir desde la teoría de la güestalt (Wertheimer, Köhler, Kofka), hasta la exposición de Jerome Bruner sobre la psicología narrativa, pasando por la fundamentación del test de Rorschach (popularmente conocido como “el de las manchas”), la necesidad de estructurar el tiempo de la que habla Eric Berne en el análisis transaccional, o la terapia constructivista de Mahoney.

    El poder de la ambigüedad

    La ambigüedad suele alterarnos. Cognitivamente supone incertidumbre, duda (¿será esto o lo otro?). Emocionalmente conlleva inquietud, desasosiego. Corporalmente suele manifestarse un aumento del ritmo cardíaco y respiratorio, de la tensión arterial y del tono muscular, con posibles efectos de palpitaciones, mareo, embotamiento, opresiones en el vientre, pecho o garganta, temblores u hormigueos en las extremidades. Es decir, las personas ante la ambigüedad podemos generar un estado de ansiedad, que es al que corresponden dichos síntomas.

    Las personas ante la ambigüedad podemos sentirnos ansiososOtorgar significado a la ambigüedad supone aminorarla. Cotidianamente podemos observarlo. Por ejemplo, tendemos a otorgar un significado, mediante una explicación, a comportamientos ambiguos de las personas. A una persona que unos días saluda al llegar al trabajo y otros no, la etiquetamos de “rara”. Al endosar la etiqueta, estructuramos esa situación y la ambigüedad se atenúa. “Rara” mitiga la incertidumbre, inquietud y acompañamientos físicos de los estados de ansiedad, sean ligeros o intensos.

    ¿Qué cosas son ambiguas? Según el Diccionario de la Real Academia Española, ambigüedad es “cualidad de ambiguo”, el cual tiene las acepciones de “incierto, dudoso, que puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión”. Respecto a una persona, la acepción es que “con sus palabras o comportamiento, vela o no define claramente sus actitudes u opiniones”.

    Hacer un catálogo de las cosas (materiales o conceptuales) ambiguas nos llevaría mucho tiempo, pues parece que hay bastantes: desde el laudo arbitral de Iberia hasta el canon de belleza de los esquimales, pasando por el bosón de Higgs. Creo que unas de ellas son las películas.

    La ambigüedad en el cine

    Así como Michel de Montaigne dijo que “la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”, considero que las películas son mitad de quienes las crean (guionistas, directores, actores, técnicos) y mitad de quienes las ven (espectadores). De modo que, una película puede resultar ambigua por cómo está elaborada o por cómo es vista.

    Un ejemplo de la primera posibilidad puede ser Gritos y Susurros (1972), donde quizás la labor de Ingmar Bergman tiña de ambigüedad varias escenas, y ante ello, espectadores de butaca (público) y espectadores de página-blog (críticos), tal vez desarrollen una actividad de atribución de significados que les estructure lo visto en la escena de la manipulación del cristal de la copa rota. Sugiero que vea la película quién quiera saber a qué escena me refiero.

    Ejemplo de lo segundo puede ser Psicosis (1960). Alfred Hitchcock presenta, tras grabación y montaje, una escena donde Janet Leigh se está duchando, se abre la cortina, aparece una silueta de mujer dando mamporros al aire con un cuchillo, Janet Leigh grita aterrorizada y luego se ve agua teñida de gris oscuro (la película es en blanco y negro) que se cuela por el sumidero. No aparece ni un solo fotograma del cuchillo hincándose en Janet, ni aparece una sola herida de cuchillo en Janet. La escena no es ambigua, vista despacio: se sugiere un apuñalamiento pero no se lo muestra. Sin embargo, bastantes personas comentaron y comentan cómo se puede ver a Janet Leigh siendo apuñalada. Se muestra algo, el espectador lo percibe como ambigüedad y lo estructura dándole un significado, como con las nubes. La película Hitchcock (2012) resulta instructiva sobre este particular.

    Además, en ocasiones el empeño de atribuir determinado significado, puede ser debido a la ambigüedad generada tanto por los creadores como por los espectadores. Hace muchos años, varios amigos fuimos a ver en un Colegio Mayor la película Pasión (1969) del susodicho Ingmar Bergman. Debido a lo precario del equipamiento, entre rollo y rollo de proyección, se hacía un intermedio. Pues bien, durante el mismo hubo uno que estuvo empeñado en demostrarnos quién era el asesino de las ovejas. Nuestras argumentaciones, de que el quien fuera el autor de las muertes ovejunas era irrelevante en la trama, fueron inútiles. El hombre estaba empeñado en encontrar al asesino. Parece ser que su modo de dar un significado que conjurase la ambigüedad de Bergman, era concebirle como una especie de Hitchcock nórdico con un Norman Bates mata ovejas.

    Las interpretaciones inventadas

    Dando un salto en el tiempo, hace unos pocos días participé en un cine forum sobre la película Amor (2012), ganadora del último Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Pregunté a los presentes qué les sugería la escena, que ocupa un considerable tiempo, de la chica asistenta pasando la aspiradora en la sala del piano. La mayoría de las respuestas ofrecieron un significado concordante con su valoración favorable de la obra de Michael Haneke: una muestra de que la vida cotidiana proseguía, una metáfora de la dificultad de limpiar y deshacer lo ocurrido, y algún etc. más. Entonces conté algo de una entrevista que le hicieron hace muchos años a Elías Querejeta, que produjo Cría cuervos (1976), película dirigida por Carlos Saura. Contó Querejeta que un aspecto de la película que había suscitado muchas interpretaciones, eran las patas de pollo cortadas que había en la nevera que abría la niña (Ana Torrent). Elías dijo que el motivo de que aparecieran esas patas de pollo no era otro que el hecho de que para él era natural que estuvieran allí, pues cuando era pequeño, en la nevera de su casa siempre había patas de pollo cortadas. Comenté que no sabía si en la casa de Haneke la asistenta se pasaba mucho tiempo dándole a la aspiradora en el salón, pero que yo no lo descartaría hasta tener más información.

    ¿Hasta dónde una interpretación es descubrimiento y hasta dónde es invención según los gustos de quien interpreta?Las interpretaciones de bastantes exégetas (personas que interpretan o exponen un texto) tanto aficionados (yo mismo) como profesionales (críticos) me parecen habitualmente dudosas. Y lo son, pues ¿hasta dónde una interpretación es descubrimiento y exposición de significados soterrados y hasta dónde es invención e imposición de significados según los gustos de quien interpreta? ¿Era adecuada la búsqueda del asesino de ovejas en Pasión que hacía mi amigo? ¿Eran pertinentes los significados dados a las patas de pollo cortadas de Cría cuervos? ¿Son procedentes las explicaciones sobre el contumaz pase de aspiradora de Amor?

    Porque creo que las interpretaciones son habitualmente dudosas, y por tanto discutibles, enunciarlas con términos rotundos como “aquí el autor nos dice…”, “la película expresa…”, “esta es una obra que claramente muestra...”, me parece pretencioso, inmoderado, y en algunas ocasiones, cómico, pues me recuerda la parodia El sendero de Warren Sánchez que Les Luthiers incluyeron en su espectáculo Viegísimo Aniversario.

    A la vez, considero que las interpretaciones enriquecen el conocimiento. Por ello, opino que de lo que se trata es de mantener la mesura, siendo conscientes de que nuestras interpretaciones básicamente son una opinión, sea muy elaborada mediante la recopilación de datos, la comparación y la reflexión (lo cual le da fiabilidad), o sea intuitiva (lo cual no le quita fiabilidad pero requiere fundamentación).

    Este mismo artículo ¿cómo lo interpretarías y etiquetarías? ¿Como un artículo didáctico al que adjudicarle la etiqueta “El Cine nos muestra su ambigüedad”? ¿Como uno recopilatorio al que le encaja el título “Hitchcok, Bergman y Haneke: tres sugerencias de significados”? ¿O como un cuento que se podría titular “Desde las nubes al cine: invocando significados”? Quién sabe cómo estructurarán la ambigüedad las diversas personas lectoras-espectadoras.

    ¿Alguna vez has mirado a las nubes? Es fácil. Levantas la cabeza, diriges la vista al cielo y miras. A veces se puede ver un felino, como en El Jaguar (1996). Siempre se puede ver más allá, como en El atlas de las nubes (2012).

    El arte de vivir