"Me fío muy rápido de los demás. ¿La gente es mala o yo demasiado confiada?"

Es difícil establecer un equilibrio entre entregarnos o desconfiar de las personas. ¿Qué ocurre cuando por defecto nos apresuramos a ofrecer nuestra tu mano?

Foto: Decepción. (iStock)
Decepción. (iStock)

Una lectora nos escribe: “Tengo tendencia a confiar en la gente. Cuando alguien me cae bien, me abro y procuro ser buena persona. Intento ayudar a los demás y estar ahí cuando me necesitan. Y cuando les he fallado siempre les explico lo que ha sucedido, intento hacerme perdonar.

Pero a lo largo de mi vida la gente me ha ido decepcionando. Me han fallado personas de mi familia, después muchas amigas y ahora mi pareja me ha traicionado y he sentido la mayor decepción de mi vida. Lo que se suele decir, que de buena he pasado a ser pringada. Estoy realmente hecha polvo y creo que no voy a volver a confiar en nadie más en mi vida. Me pregunto si realmente la gente es tan mala o si yo soy demasiado confiada”…

Si vas a cambiar tu forma de hacer el 'casting de confianza' tienes que dejar de sentirte desbordada en las situaciones de conflicto

Y yo le respondo:

Cuando nos fiamos de los demás no suele haber problemas por la cantidad, sino más bien por la calidad. Las investigaciones muestran que hay muy poca gente más crédula que tú… pero tampoco hay muchas personas más desconfiadas. Casi todos nos movemos en un margen parecido de seguridad en los demás. No somos ilusos, sabemos que, como decía el poeta satírico Juvenal, “confiar en todos es insensato, pero no confiar en nadie es neurótica torpeza” Así que no te preocupes: no eres excesivamente ingenua. Lo que te pasa es que el Test de Fiabilidad que aplicas a las personas es erróneo.

Por eso es importante que no te pases al otro extremo: la excesiva suspicacia te amargaría. La confianza es necesaria, es la base de tus habilidades sociales. De hecho, es el cimiento de la sociedad. El fallecido sociólogo alemán Niklas Luhmann estudió por qué algunos grupos sociales consiguen ser más que la suma de los individuos que los componen. Encontró que uno de los factores de cohesión principales es la seguridad en los demás: “Sin confianza no podríamos levantarnos de la cama por la mañana porque seríamos asaltados por un miedo indeterminado que nos impediría hacerlo”. Si te conviertes en una cínica, acabarás teniendo tanto temor al otro que caerás en manos de la primera persona que sepa vencer tu capa superficial de sospecha.

Revisa la forma en que evalúas la confiabilidad de los demás. Por experiencia terapéutica puedo intuir que tu test puede ser mejorable en dos cuestiones: cuánto tardas en dar por hecho que los demás son honestos y qué rasgos usas para inferirlo. Por una parte, es posible que deposites tu confianza demasiado rápido. Por otra, tienes que preguntarte si las variables que asocias a la fiabilidad de las personas son realmente discriminativas.

Piensa en ti. (iStock)
Piensa en ti. (iStock)

Analiza tu exceso de deseabilidad social

Quieres agradar al prójimo y estás pendiente de “ser elegida”, lo cual te hace olvidar tu derecho a elegir. Piensa por qué te cuesta tanto defraudar las expectativas que los demás tienen puestas sobre ti, qué sentimientos te produce no ser aceptada, qué pensamientos irracionales desemboca... Un ejemplo: muchas personas son pusilánimes porque alguno de sus progenitores lo eran. En la infancia es fácil confundir la debilidad de los padres con bondad. Las personas que han crecido con ejemplos de padres demasiado sumisos tienden a creer que defender nuestros derechos es ser egoísta.

Revisa tus teorías implícitas sobre por qué determinadas personas son fiables. Muchas personas deciden si alguien es honesto pocos minutos después de conocer al individuo. Para discernir, utilizan rasgos que asocian irracionalmente a la franqueza. Por ejemplo: que la persona que acabamos de conocer nos resulte atractiva o que vista de una forma parecida a la nuestra nos influye más de lo que creemos. Investiga si hay factores de ese tipo que te están influyendo. Analiza también si eres de las que cree en la palabra ajena: quizás confías en los demás por lo que te dicen, no por lo que hacen. Si es así, cambia lo que te esté fallando.

Aprende a ser asertiva. Este concepto define la capacidad de tener relaciones de igualdad, manifestando nuestras necesidades y logrando que sean tan importantes como las ajenas. Hay tres formas de relacionarse con los demás: la pasiva –cuando dejamos que nuestros derechos estén por debajo-, la agresiva -cuando los ponemos por encima de los que nos rodean- y la asertiva -cuando negociamos hasta llegar a un acuerdo medio-.

Analiza tus actitudes pasivas

¿Te quedas a menudo con la sensación "Tenía que haber dicho que..." o "Tenía que haber hecho..."? ¿Tiendes a auto-justificarte continuamente, como si estuvieras siempre en el banquillo de los acusados? ¿Evitas la mirada de la otra persona, pones barreras espaciales en todas tus conversaciones? ¿Haces un montón de favores que se convierten, poco a poco, en obligaciones?

Recuerda que esa sumisión te llevará, al final, a explotar y adoptar una aptitud agresiva. Los terapeutas hablamos de ciclo pasivo-agresivo: cuando tus buenas intenciones se vean una y otra vez truncadas por tu comunicación sumisa, acabarás por desahogarte con la persona inadecuada o en un momento inoportuno. Observa a tu alrededor y verás el daño que causan las personas que siguen esa dinámica: eso te ayudará a evitarla.

Cuando nos fiamos de los demás no suele haber problemas por la cantidad, sino por la calidad

Aumenta tu capacidad de sobrellevar la tensión interpersonal. Si vas a cambiar tu forma de hacer el 'casting de confianza' tienes que dejar de sentirte desbordada en las situaciones de conflicto. Tienes que tolerar la tensión que te supone decir no, hacer críticas, negociar discutiendo o defraudar las expectativas ajenas. Elimina frases que usas cotidianamente del tipo de: “Por no discutir”, “Para que no se enfade” o “Lo que tú quieras, cariño: a mí me da igual”. Haz pequeños ejercicios decepcionando a los demás para reivindicar tus derechos. Recuerda que los que nos rodean nos presionan por sus intereses egoístas. Tú tienes derecho a tener tus propias necesidades.

Aprende a conseguir que te respeten cuando no puedes lograr que te entiendan. En tu email citas continuamente tu necesidad de explicarte para que los demás comprendan tus sentimientos. Acepta que no siempre es posible: a veces nuestro interlocutor no quiere empatizar.

Foto: iStock.
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Moldea, poco a poco, un micromundo fiable

Hay una frase que se atribuye comúnmente a Bruce Lee: “Creer que los demás van a ser honestos porque yo lo soy es como pensar que un tigre no me va a comer porque yo soy vegetariano”. No pienses que todo el mundo merece tu confianza: empieza a construirte tu pequeño mundo rodeada de personas confiables. Para eso tienes que buscar criterios eficaces a la hora de hacer el casting. Hay muchos autores (William Ickes, psicólogo de la Universidad de Texas at Arlington, por ejemplo) que han estudiado como las personas elegimos (mucho más de lo que creemos) el ambiente en el que nos movemos. Si cambias los criterios para elegir a las personas, verás que puedes construir un mundo a tu alrededor diferente.

Psicoterapeuta y divulgador. Intento echar una mano. A veces ayudando a la persona a cambiar la forma de procesar lo que le está sucediendo. Otras veces ayudándola a cambiar lo que le está sucediendo.Creo que el 90% de lo que nos preocupa no va a suceder nunca; que el humor y la ira son dos grandes recursos psíquicos infravalorados y que es buena táctica hacer un buen “casting” del prójimo antes de que los sentimientos nos atonten.Mi método se basa en que cada persona es (al menos) un mundo. Y en los momentos de crisis, cada persona es muchos mundos. Por eso aunque los síntomas sean universales, hay que buscar problemas y soluciones particulares. Twitter: @Luis_Muino

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