No se puede engañar siempre a todo el mundo: el asesinato de Juan de Escobedo
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Álvaro Van den Brule

Empecemos por los principios

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No se puede engañar siempre a todo el mundo: el asesinato de Juan de Escobedo

El último día de marzo de 1578, hacia las once de la noche, la lluvia había amainado y los accesos circundantes a la calle Mayor en

Foto: Retrato de don Juan de Austria. (Corbis)
Retrato de don Juan de Austria. (Corbis)

El último día de marzo de 1578, hacia las once de la noche, la lluvia había amainado y los accesos circundantes a la calle Mayor en el madrileño barrio de los Austrias estaban anegados y, en algunos tramos, intransitables.

Seis expertos sicarios, hábiles con el cruel acero y elegidos de entre los de peor ralea, aguardaban al hombre de confianza de Juan de Austria en un esquinazo en aquel alambicado dédalo de calles. A cubierto de miradas indiscretas y ocultos tras sus embozos, el grupo de matones a sueldo no alcanzaba a entender la trascendencia de su vil celada.

El espigado cántabro iba absorto en su anterior cita galante con la inquietante Princesa de Éboli y sus distraídos pajes no advirtieron nada anormal, por lo que no se procedió a tomar precaución alguna. El trote de los jinetes era más que relajado y nada indicaba signo alguno de alarma.

Entonces, de la esquina donde se alojaba la tiniebla, salió fulgurante una espada toledana que no dio lugar a reacción alguna. Sin tiempo para el asombro por lo certero de la estocada y en el desconcierto generalizado, el golpe de mano había segado el aliento de un incondicional y leal amigo de Juan de Austria. La muerte siempre es una sensación sin peso.

Escobedo expiraría veinte minutos después sin tiempo a encomendarse. ¿Qué había ocurrido exactamente?

Una rocambolesca y alambicada historia de espionaje a varias bandas había estallado simultáneamente salpicando a varios de sus protagonistas y desvelando una trama de una envergadura inconcebible. España estaba adquiriendo en el siglo XVI un protagonismo incuestionable en el tablero internacional y su colosal poderío, para seguir en rumbo propicio, debíaser sometido a algunas correcciones.

El intrigante secretario de cámara de Felipe II, Antonio Pérez, personaje ostentoso, adulador, perfumado y crápula de vida más que disoluta, era un auténtico exhibicionista en una España que a duras penas empezaba a despegar de su secular pobreza aliviada por el flujo del oro americano.

Dotado de una inteligencia sobrenatural, menospreció a su rey engañándolo no solamente en delicados asuntos de estado y ocultándole información estratégica fundamental, sino que además era un perfecto traficante de influencias, vendedor al por mayor de vulnerables debilidades en la estructura militar del reino (como se demostró después en el ataque ingles a Cádiz), hábil manipulador en el arte del enfrentamiento sectario y osado Casanova que al parecer llegó a compartir amante con su monarca. Un “pieza”, en definitiva.

El desaguisado en la tramoya

Sus excesos, arrogancia y autocomplacencia en la impunidad fueron su sentencia. Se puede engañar puntualmente y no pasar nada, hacerlo durante mucho tiempo y tener suerte, pero no permanentemente sin cometer un error en algún momento. Al final, el efecto de la gravedad también opera sobre los ambiciosos recordándoles su "memento moris".

En vez de aunar fuerzas ante los frentes abiertos para afrontar los retos que se le presentaban a España en el complejo tablero geoestratégico en el que intervenían accionistas de calado tales como Francia, Inglaterra y los turcos,este primoroso conspirador se dedicó a enfrentar a las facciones representadas por los Éboli por un lado y los partidarios de los Alba y Juan de Austria por otro. Difícilmente el hegemon que era España podía mantenerse en equilibrio con tal desaguisado en la tramoya.

El caso es que para Antonio Pérez todo se reducía a mantener la poltrona al precio que fuera. Su labilidad era portentosa. Pero tropezó con la horma de su zapato…

Escobedo era un hábil y paciente observador, que como un apasionado entomólogo clasificaba los detalles con una pasmosa habilidad. Además era leal y honesto. Hacía tiempo que controlaba el juego contumaz del manipulador secretario del rey con un solvente contraespionaje y había llegado a la conclusión de que el monarca estaba siendo objeto de una intoxicación informativa más que sospechosa por parte del maquiavélico funcionario.

La Pérfida Albión, again

Hasta tal punto llegó el desvarío del palaciego perillán, que sembró en el rey sospechas sobre las intenciones de su hermanastro sugiriéndole que este albergaba oscuros intereseshacia la testa coronada con cuestionables ambiciones dinásticas sobre Inglaterra, en algunos casos metidas con calzador, pero plausibles. La idea de acercarse a María Estuardo no era descabellada y estaba en la agenda del aguerrido guerrero, látigo de sarracenos.

Ciertamente existíanpotentes intereses que apuntaban hacia Albión, pero se trataban más bien del resultado de la visión preclara de esta pareja de amigos (Escobedo y Juan de Austria ) en orden de asestar un preciso golpe a los insulares en su propio territorio y antes de que cobraran una fuerza difícil de manejar.

Por otro lado, Flandes era un embrollo que no tenía que haber ocurrido nunca y tanto él como Juan de Austria propiciaban una solución negociada. Las tropas españolas estaban literalmente clavadas y empantanadas en un improductivo lugar que generaba costes sin límite, lo cual les permitía a los ingleses multiplicar su aplicada estrategia de yugular a España en su línea de suministro marítima. Otra vez las estériles guerras de religión servían para ocultar detrás del trampantojo una realidad más prosaica.

En el caso del retorno de ambos (Juan de Austriay Juan Escobedo) a la corte, y ante un hipotético final del contencioso con los flamencos, se produciría un deslizamiento de la silla del trabucaire secretario, cosa que este intentaría evitar a toda costa .Y así fue.

De mano muy larga y ambiciones muy caras

Cuando se quiere conseguir algo a cualquier precio hay que tener muy claro lo que se arriesga. Su notable falta de escrúpulos le llevó a cruzar una delgada línea roja que al otro lado albergaba solamente vacío.

El escándalo que se montó, primero nacional y luego internacional, haciendo de inconsistentes rumores carne tierna para la barbacoa de la Leyenda Negra, fue mayúsculo. Voces desde todos los rincones pedían una acción ejemplar sobre el osado secretario. Dado el volumen de conocimientos de alta confidencialidad que manejaba el interfecto, hubo que actuar con mucha prudencia.

Como tenía la mano muy larga y caras aficiones, fue fácil encausarlo por lo que era tan obvio y notorio. Las corruptelas del mentecato eran vox populi además de alimentar vitriólicas coplillas. Para cuando se quisieron atacar los primeros compases de la truculenta historia el margen de maniobra se estaba reduciendo considerablemente.

La historia es una conspiración contra la verdad

Inmediatamente, el Rey Prudente lo relegó discretamente de sus funciones al tiempo que detenía a la conspicua princesa de Éboli junto a su aterciopelado amante. Inicialmente la cosa no pasó a mayores. Pero alguien profundamente agraviado, y es fácil de suponer quién, no cesó hasta que años después lo metieron en el Hotel Rejas a tomar baños de sombra.

La historia es una conspiración constante contra la verdad, reza así una famosa sentencia. Las ideas mediatizadas por el odio solo conducen a la inopia intelectual pues se otorga poco rigor a un análisis que no contemple al “otro"y sus circunstancias. Quizás Antonio Pérez no fuera tan malo como lo han pintado e interpretó un papel que le correspondiera a otro, pero lo que sí es evidente, es que en su huida hacia delante actúo como un buldózer sin brújula.

Para abril de 1590 de manera incomprensible el incorregible Pérez se dio a la fuga en circunstanciasharto sospechosas . Valiéndose de su condición de hijo de aragonés se acogió a los fueros de aquel territorio. Entonces se lió parda.

El Justicia local, don Juan de Lanuza, lo acogió en la cárcel de Zaragoza pero no lo extraditó a Castilla como así ésta lo requería. El conflicto estaba servido.El fugitivo, ya reducido a la categoría de mequetrefe sin más, jugaba en todas las mesas como buen conspirador.

Como no se podían violar las leyes forales de Aragón so pena de armar la marimorena, Felipe II, en un alarde de cintura, decidió acusar al prófugo de herejía. Obviamente sólo la Santa Inquisición podía atravesar las más finas paredes de cualquier resistencia, por lo que se le trasladó a una cárcel inquisitorial para aplicarle el conveniente correctivo. Como el Justicia de Aragón no fue advertido de tan delicada maniobra, estalló una revuelta que hubo que arreglar posteriormente rebanando algunas aristocráticas cabezas. Un diligente ejército enviado apresuradamente desde Castilla se ocupó de dejar las cosas en su sitio.

El caso es que el volátil secretario ya había puesto pies en polvorosa otra vez –no se le puede negar la tenacidad y la afición al escapismo–y se había dado a la fuga a una velocidad pasmosa. En llegando a París le vendió unos secretillos de estado muy jugosos al rey francés que motivaron al monarca galo a emprender la temeraria aventura de invadir España ni mas ni menos. Una rápida reacción de contrajuego del cardenal Granvela en la zona pirenaica a modo de aviso a navegantes conjuró rápidamente cualquier veleidad gala.

El nombre maldito

Lo que no se pudo evitar desgraciadamente fue el saqueo e incendio de Cádiz en el año 1596. La ciudad, desprevenida, no tuvo tiempo para preparar su resistencia y fue pasto de una agresión a traición en unas hostilidades no declaradas. Con la Guerra anglo-española se iniciaba un contencioso que durante más de trescientos años en su combate por la hegemonía mundial, librarían dos grandes naciones de primer orden.

Antonio Pérez moriría en la más absoluta indigencia en París en 1611. Se practicó con él la más terrible “damnatio memoriae“, siendo su nombre maldito durante años. Una mujer de mente algo dislocada pero con poderes mágicos, según decían, echó un puñado de sal en la puerta de entrada de su casa natal en Valdeconcha, una pequeña pedanía de Guadalajara.

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