Alexandra David-Neel. Tocando el cielo del Tibet

Mirar no es lo mismo que ver. Tolstoi.En el año 1950 de nuestra era una horda de gente adoctrinada para no pensar por sí misma arrasó

Foto: Alexandra David-Neel, vestida como una monja tibetana. (Corbis)
Alexandra David-Neel, vestida como una monja tibetana. (Corbis)
Mirar no es lo mismo que ver. Tolstoi.

 

En el año 1950 de nuestra era, una horda de gente adoctrinada para no pensar por sí misma arrasó el mágico y mítico Shangri-La, dejando tras de sí una secuela de horror indescriptible.

En el Potala, una especie de Vaticano oriental sin pretensiones ni oropeles y con una pompa bastante más austera, un hermoso templo –palacio donde los haya–, residió el alto pensamiento budista durante siglos emanando una doctrina de luz.

Fue vaciado de cualquier contenido que permitiera recordar que en algún momento de la historia estuvo ocupado por formas de pensamiento avanzadas. La orgía de destrucción desatada por un gobierno totalitario oriental atacó las bases de una cultura milenaria y la redujo a escombros. Un genocidio silencioso e impune, tolerado por aquellos que sólo veían los derechos humanos con un ojo tapado, condenó a gentes que durante siglos habían vivido de espaldas a la violencia de matarse entre sí, como si de un circo romano se tratara y para mayor regocijo de sus iletrados invasores.

Algunos años antes, el ilustrado e intelectual Occidente se había enzarzado en una disputa por la hegemonía doméstica, borrando del mapa la friolera de cincuenta y cinco millones de vidas. La cuestión tibetana parecía ser un problema menor y una zarandaja de escasa entidad a la luz de lo ocurrido.

Había que empezar a construir una verdad de apariencia razonable, lo que incluía poner la sordina a algunos temas sensibles, y los “buenos”  se habían puesto manos a la obra vestidos con el siempre lustroso ropaje de la democracia.

Una mujer ejemplar

La que fuera posiblemente una de las mujeres que más han prestigiado la condición humana, autora de avanzados relatos de espiritualidad de perspectiva rigurosamente científica y con desigual suerte en las traducciones al castellano con títulos como Budas del Buda, Magos y Místicos del Tíbet o Viaje a Lhasa, dejó un rastro de alumbramiento en la antropología de aquel entonces que, aún hoy en día, perdura por su resonancia y adicción en los que buscan cruzar fronteras no materiales.

Consciente de que los días de juventud se le esfumaban vacíos, comenzó a soñar a lo grande.
Denunció los abusos del estado, el ejército, la iglesia y el lobo feroz de la macroeconomía agazapada detrás de los poderes parlamentarios

A los 17 años ya se había fugado media docena de veces a Inglaterra, Suiza y otros pagos, dándoles a sus progenitores soberanos disgustos. La última de ellas, apareció con un libro del estoico Epicteto bajo el brazo, dejando un poco descolocadas a las autoridades locales con la osadía de la criatura.

Con 21 años escribió un tratado anarquista que ninguna editorial se atrevió a publicar, denunciando frontalmente los abusos del estado, el ejército, la iglesia y el lobo feroz de la macroeconomía agazapada detrás de los poderes parlamentarios.

Su madre era de arraigada conciencia católica y el padre tenía un árbol genealógico de pedigrí añejo.

El arte y la magia

Alexandra fue pianista de renombre, compositora, soprano, exploradora, conferenciante sagaz, políglota, dominadora del sánscrito, orientalista y escritora prolífica, además de anarquista confesa. Viajó incansablemente por la geografía terrestre y probablemente más allá, con su avanzado método meditativo que incluía “tulpas” y “tulkus” (fenómenos mágicos inherentes al pensamiento tibetano que tienen que ver con la práctica de la deslocalización del yo y algunas formas de astralismo).

Esta mujer interpretó su partitura sin estridencias y todavía hoy su memoria vive asociada a la belleza de los Himalayas y de sus mágicas presencias invisibles

Estos hábitos se fundían con naturalidad en lo cotidiano, sin mayor asombro ni rechazo en la población autóctona, dada su habitual y secular asimilación cultural. Estas prácticas y otras similares (la doctrina mágica del Tantra Bon) se vivían con una naturalidad incomprendida o ignorada en otras latitudes.

La sabiduría de esta mujer se nutría básicamente de la quietud, la contemplación de las cosas como un todo integrado y la aceptación de lo que ocurre en una suerte de pensamiento donde la armonía era la regidora y reguladora de todo lo que sucedía, por lo que renunció a los réditos de una exquisita educación y a un confort inusual en pos de un viaje espiritual sin precedentes.

En 1912 después de dejar a su enamorado marido, Philippe Neel en Túnez –con el cual mantuvo una prolongada relación epistolar–, se acerca en su periplo vital a Sikkim y descubre al que sería su introductor en los poderes “Shiddis” (facultades sobrenaturales solo al alcance de los más avanzados practicantes de yoga). Ese mismo año es recibida por el Papa Amarillo –el Dalai Lama– que la refrenda como una "inter pares" en la comunidad budista.

El budismo es probablemente la práctica filosófica que más enriquece a sus practicantes, al igual que el yoga, pues ambos requieren una práctica sostenida, pone al ego diferenciador en su sitio y hace que el desapego a los vínculos materiales y emocionales nos de una clara referencia de lo provisional que es todo a lo que nos atamos.

La sabiduría de esta mujer se nutría básicamente de la quietud, la contemplación de las cosas como un todo integrado

Alexandra David -Neel accedió a los poderes Shiddis que, con el debido entrenamiento, permiten tornarse invisible al practicante previa disolución del cuerpo atómico, así como tener consciencia de vidas anteriores o habilidades telepáticas. Los grandes antropólogos que siguen los pasos de Alexandra David-Neel son conscientes de ello y su lectura es casi obligada en las facultades que imparten esta especialidad.

Asimismo la física cuántica se está acercando a pasos agigantados a estas fronteras latentes en la psiquis humana desde tiempos inmemoriales y ya empieza a cruzar el Rubicón en una increíble exploración que permitirá, si no hay contratiempos mayores, dar un paso gigantesco a la humanidad en ámbitos que hoy parecen de ciencia ficción y que han sido tímidamente abordados en la literatura y el cine.

Alexandra fue la primera mujer que entró en Lhasa y lo hizo en el año 1925 con un disfraz de peregrino, una peluca hecha con la cola de un Yak, el betún suficiente en la cara y manos como para pasar desapercibida y un pelo oscurecido con tinta china. Esta hazaña la convertiría en heroína de Francia desatando así el delirio de sus compatriotas que seguían sus pasos muy de cerca a través de radio y prensa.

A los 101 años de transcurrido el camino asignado a su cuerpo, en un bucólico pueblo de la Provenza francesa, Alexandra David-Neel cambió de misión, eso sí, no sin antes renovar el pasaporte y confirmar como es preceptivo el buen estado de la muy merecida Legión de honor que el gobierno galo concede de manera muy exclusiva a los “adelantados”. Al borde del último aliento de su cuerpo, vino a decir que no sabía nada y que estaba empezando a aprender.

Decía el poeta chileno Roberto Bolaño que uno nunca termina de vivir por mucho que la muerte sea un hecho cierto. Esta mujer interpretó su partitura sin estridencias y todavía hoy su memoria vive asociada a la belleza de los Himalayas y de sus mágicas presencias invisibles.

Empecemos por los principios

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios