La mujer a la que quitaron la razón y, de paso, un reino
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Álvaro Van den Brule

Empecemos por los principios

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La mujer a la que quitaron la razón y, de paso, un reino

Escribo para que la muerte no tenga la última palabra.Odysseas Elýtis.Bajo el auspicio de una estrella cruel, quiso el terrible escrutinio de la caprichosa realidad, que

placeholder Foto: Juana la Loca velando el cadáver de Felipe el Hermoso. (Francisco Padilla)
Juana la Loca velando el cadáver de Felipe el Hermoso. (Francisco Padilla)

Escribo para que la muerte no tenga la última palabra.

–Odysseas Elýtis

Bajo el auspicio de una estrella cruel quiso el terrible escrutinio de la caprichosa realidad que una mujer capaz y competente fuera entregada a unos conspiradores que hicieron todo lo posible para robarle cualquier atisbo de razón y, de paso, un reino.

La verdad es que, según iban ocupando espacio, los reinos españoles se consolidaban y convertían de paso en serias amenazas para sus rivales foráneos. La compleja gestión en tan vastos territorios comenzó a cuestionar la posible competencia de una mujer para dirigir aquella creación que estaba empezando a tener vida propia y que transformaba la idea de reconquista en un nuevo significado, la colonización. Esta vieja inercia se convirtió con el tiempo en una imparable ola hacia el oeste y aquel reto que requería un concepto de dirección y autoridad, en aquel tiempo se lo arrogaban los hombres en exclusiva.

Juana I de Castilla fue arrojada a las fauces de la locura por una jauría de mendaces que no alcanzaban a verse la punta de los zapatos, ya portaran estos gola o fueran purpurados. La pobre mujer siempre creyó estar asistida por la razón y obraba como si tal cosa, pero la idea que se difundió sobre ella ante el pueblo es que no estaba en sus cabales. Una suerte de intoxicación “mediática” la sumió finalmente en una melancolía irreversible, pues una leyenda de infamia deliberadamente provocada la condujo a un ensimismamiento y a una tristeza que sellaron su impotencia y fueron acallando de a poco su precaria lucidez.

Acoso y derribo a una reina legítima

La efervescencia de sus años mozos y su peculiar carácter fueron castigados duramente por el cardenal Cisneros, que no tuvo ninguna deferencia con ella como reina legitima; por Adriano de Uthecht muy compinchado (luego sería Papa) con Carlos I (el usurpador), el hijo de Juana que le arrebató el poder legitimo sin miramientos; y por su propio padre, Fernando el Católico, que la veía insolvente y la había incapacitado de facto para gobernar, no sin antes dar instrucciones claras al sádico marques de Denia de que la torturara en la forma mas apropiada” en la casona–cárcel de Tordesillas. Denia no vacilaría en aplicarse a fondo con la carta blanca concedida por el rey aragonés y casi la deja ciega de tanta oscuridad y esquelética (la castigaba sin alimentos por no acudir a los oficios religiosos) de tal manera que acabó convirtiendo a su reina legitima en una suerte de famélica presencia. Fue una oportunidad perdida que los comuneros no lo metieran en una mazmorra durante un par de meses a pan y agua a este adjetivable sujeto.

Por ello mismo, una urdimbre de mentes proclives a la conspiración y a los golpes bajos entendieron que sus ambiciones quedarían colmadas si hacían lo que tan bien les había ido siempre: conspirar, ocultarse tras elaboradas celosías, pagar a sirvientas para que aguzaran el oído más allá de lo razonable, jugar a ser camaleónicos amigos que más tarde se tornaban en enconados enemigos… En vano Juana la Cuerda” se podía enfrentar en solitario a aquella turbamulta. Sólo los cabreados comuneros la apoyarían en su efímera y testimonial lucha contra los depredadores flamencos.

La primera reina de España

Esta reina castellana, que además lo era de Aragón y Navarra, durante cuarenta años reinó nominalmente, por lo que el veinticinco de enero de 1516 paso a ser, teóricamente, la primera reina de la temprana España, al fundir todas las coronas en una.

Su matrimonio con Felipe el Hermoso, un feliz infeliz que se lo pasaba de miedo persiguiendo faldas, fue una relación de amor tormentoso que ella mitificaría después de la muerte del mismo y que le haría idealizar algo de imposible resurrección. En aquella lotería de matrimonios pactados para potenciar alianzas entre pares, le llegaría a Juana hasta una petición de mano de Jacobo, rey de Escocia, pero quiso el destino que una opción mas continental fuera sellada por su poderoso progenitor. Finalmente cayó en manos de Felipe el Hermoso, que era un crápula redomado. Éste, en llegando a la desinhibida corte borgoñona y tras tres meses de pasión desenfrenada, la haría a un lado sin mas retórica que la de un adiós a la francesa.

Su preceptora, Beatriz Galindo, le dio luces de sobra para ser una autosuficiente libre pensadora, pero aquella sobrada criatura acabaría lamentando su independencia de pensamiento y su carácter franco y de frente.

Esta polémica y compleja mujer, de esmerada educación y culta entre las cultas –hablaba cuatro idiomas centroeuropeos, fue encerrada en Tordesillas, primero por su padre, Fernando el Católico y mas tarde por su hijo, Carlos I. Salvo un breve paréntesis para estirar las piernas durante el alzamiento comunero allá por 1520, la maldecida por algún extraño conjuro, Juana I de Castilla, volvió a habitar muy a su pesar el infausto y lóbrego castillo en donde perecería a la postre.

Como su audacia verbal era ilimitada y no le dolían prendas en poner a parir lo religioso, algunos clérigos propalaron el rumor de que estaba endemoniada por lo que su nieto Felipe II pidió al jesuita Francisco de Borja que visitara a la desdichada para comprobar in situ la veracidad de estas conjeturas. El representante de la orden negra adujo que no había encontrado vestigio de locura, ni nada que se le pareciera, haciendo hincapié en que su estado mental procedía del maltrato al que estaba sometida por el infame marqués de Denia.

Una conjura de silencio envolvió la triste vida de Juana I de Castilla y reina de las Españas, siendo tal la manipulación de su elaborada inexistencia que tanto su padre, como su hijo y su nieto Felipe II trataron con éxito de borrar vestigios documentales y rastros de correspondencia de su encierro en Tordesillas.

Nada en la historia de España tiene desperdicio. Errores y aciertos han parido una gran nación, pero los conspiradores siguen aquí, están muy presentes y siguen siendo los mismos.