La sabiduría, en 7.300 caracteres

Me temo que entro en el enorme conjunto de los españoles hartos, enfadados, un poco angustiados y deprimidos no ya globalmente por cómo es la vida

Foto: Ilustración: Jesús Learte Álvarez
Ilustración: Jesús Learte Álvarez

Me temo que entro en el enorme conjunto de los españoles hartos, enfadados, un poco angustiados y deprimidos no ya globalmente por cómo es la vida y cómo va el mundo, que ésa es depresión universal e irremediable, sino, muy en concreto, por lo chabacano de la actualidad española, por la ruina espiritual del sistema educativo, por la miseria de nuestra política, la politización de nuestro sistema de justicia y la escasez de nuestra literatura. Así que se me ocurre pensar que dedicar un par de minutos a un tema intemporal puede ser un estupendo remedio. Sea este tema la sabiduría, nada más y nada menos. Y sólo en 7.300 caracteres.

Todas las cosas se pueden tratar con uno de dos espíritus, decía Pascal. El uno es el fino; el otro, evidentemente, el que no tiene finura, el basto (sólo que delicada y adecuadamente Pascal prefiere llamarlo el geométrico).

Hay, sin embargo, temas a los que se adapta mejor un poco de espíritu sin finura, y otros para los que éste resulta destructivo. La cosa es clara: protocolos uniformes resuelven problemas uniformes, aunque se trate de asuntos tan finos como la salud de un cuerpo humano o hasta de una mente humana. Es, decía Aristóteles, la virtud intelectual del arte, de la técnica, la que nos sirve entonces.

Querida prudencia

Pero la posesión de técnica no es más que una de las virtudes o perfecciones de la inteligencia. Pascal, por lo visto, se quedó corto: son más bien cinco los espíritus, de acuerdo con el viejo sabio. Y yo, un poco rudo, prefiero reducírselos a tres: junto a la técnica, la prudencia y la sabiduría, sin hacer en ésta más distingos, que aquí nos sobrarían.

Alabo a Aristóteles, que basa su saber en la verdad de un proverbio de su tiempo que, levemente variado para el nuestro, dice que no se debe dar un arma mortífera a un chicoLa prudencia no conoce protocolos ni casi generalidades. Su objetivo no es el hacer las cosas bien, sino el hacer buena la vida misma del individuo –condición para que alguna vez llegue a ser también prudente la sociedad. Y cada individuo tiene su fórmula peculiar de esta bondad, aunque, desde luego, algunas cosas en general y bastamente se puedan recomendar a todos. Por cierto, lograr una vida buena es alcanzar la felicidad, entendida, sencillamente, como un bien tal que no sepa nadie añadirle otro que le sea ajeno y ella no haya abarcado. Por ejemplo, la persona verdaderamente prudente gozará como ninguna otra, sólo que dichas que nadie conoce más que si ha adquirido antes, en la medida que se ajuste a su temperamento particular, la suma de las excelencias o virtudes no intelectuales, sino morales, prácticas, de hábito y uso.

Quien sea justo, moderado, valiente y magnánimo ejercerá incluso una cosa tan ardua como la valentía en riesgo de muerte cada vez con un gusto mayor, por más trabajos que le haya costado acostumbrarse a ser valiente, o sea, serlo de verdad. Y a este placer inaudito del valor se añadirá naturalmente otro bien que todos apreciamos casi desaforadamente, exclusivo de seres racionales: caerá sobre nosotros el elogio merecido de los conciudadanos, de modo que nuestra existencia, incluso desde el punto de vista material, trascurrirá sin sobresaltos, con el reconocimiento agradecido de la comunidad, capaz de bastarse a sí misma con pocos bienes no conquistados por la virtud, capaz también de ayudar a los buenos y reprender en sus términos debidos a los que no lo son. Si la fortuna nos auxilia con largos años de vida, buenos amigos, una constitución política no abominable, una familia no espantosa y hasta un cuerpo agradable de ver y escuchar, la prudencia habrá obtenido su alta meta y la persona estará lograda y dichosa.

¿Se puede disentir de los clásicos? ¿Cómo es que la sabiduría no entra en el círculo de la felicidad? ¿Es únicamente porque sin duda hay mucha gente prudente y poca gente sabia? ¿Es, al revés, porque abundan los sabios y escasean los dichosos, y el camino de éstos evita con frecuencia el de aquéllos? ¿Es que hay una sabiduría diabólica, como dice la Carta de Santiago, que no aprovecha de nada a los perversos?

Por una parte, alabo a Aristóteles, que basa su saber en la verdad de un proverbio de su tiempo que, levemente variado para el nuestro, dice que no se debe dar un arma mortífera a un chico. O sea, que la auténtica sabiduría no es jamás cosa de chicos, por más datos que almacenen quizá en sus cabezas torturadas por el afán de meterlos en ella a toda prisa, en toda cantidad y sin mayor discernimiento. ¡El placer de leer simplemente para poder decir que se ha leído! (de nuevo Pascal). ¡El placer de saberlo todo, del que se jactaba un tal Hipias en mitad de la plaza pública de Atenas! (cosa espléndida, porque al oír semejante majadería Sócrates empezó a convertirse en Sócrates).

La sabiduría y la felicidad

No: la sabiduría verdaderamente tal supone las virtudes morales y, por lo mismo, la prudencia con que las rige una persona en su propia vida, una vez que un buen maestro la enseñó a ir haciendo actos como los que la virtud, cuando se adquiere, logra fácilmente hacer.

La sabiduría descubre, cuando la vida nos da sus lecciones, que hay cosas que no hay que hacer aunque te maten, y que hay otras que hay que hacer aunque también te matenPero es que Aristóteles entendía la sabiduría como la contemplación de los seres inmutables y de las relaciones inmutables entre ellos; y si no del todo inmutables, al menos no al alcance de la intervención ni técnica ni prudente del hombre. Y esta dedicación a la inteligencia de la naturaleza y de lo absoluto que es su causa última, no forma parte de la vocación de todos, por lo visto, aunque también diga el mismo Aristóteles que la esencia misma de la vida peculiar del hombre es la inteligencia –la inteligencia volcada al conocimiento de lo ajeno a ella, empezando por la naturaleza. Su tesis es que por la vida de la inteligencia vive toda la vida de los seres humanos, incluso en lo que se refiere a los aspectos que quedan más abajo, por decirlo de alguna manera, que las acciones que pueden someterse a virtud (o sea, las operaciones animales y vegetativas, desde la alimentación, la respiración y la reproducción, hasta el sentir, el moverse, el notar el propio tenor de la vida elemental –el hambre, el sueño, el hartazgo).

Entender, entender a fondo las cosas, pero empezando por el núcleo de nuestra existencia. Ya no nos es posible reservar el anhelo de ello para el estilo de vivir de un grupo elitista, servido por una masa apenas humana de trabajadores que tienen su tiempo vendido y a los que el cansancio animal los deja sin aliento para la necesidad de entender a fondo las cosas.

Aristóteles olvidó el mayor de los fines del espíritu pascaliano de finura: el hecho extraordinario, el central de la vida y de la sabiduría del hombre, nada más y nada menos: que la sabiduría no conduce a la felicidad, es verdad, pero debido a que puede, y muchas veces debe, limitar las ansias de felicidad del hombre prudente. La sabiduría descubre, cuando la vida nos da sus lecciones, que hay cosas que no hay que hacer aunque te maten, y que hay otras que hay que hacer aunque también te maten. Y no me refiero a la muerte vulgar y corriente, sino, sobre todo, a la muerte en vida: a la calumnia, al fracaso, a la marginación completa. Justo ahí empieza lo mejor de la sabiduría: de la sabiduría socrática, no precisamente de la sabiduría de Aristóteles.

Un dicho sufí que recogen algunos relatos jasídicos dice que un hombre no se entera de lo que es la relación con la verdad más que cuando una muchedumbre de justos jura que es un tipo desechable y al que no hay que tomar en cuenta más que, en todo caso, para retirarlo de la circulación.

Escuela de Filosofía
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