¿Es lo mismo la izquierda que la derecha?

Aunque se confundan, la diferencia entre ambos lados del espectro político sigue siendo apreciable y hay que buscarla, como siempre, en lo fundamental

Foto: Ilustración: Jesús Learte Álvarez
Ilustración: Jesús Learte Álvarez

La campaña electoral en la que nos encontramos inmersos para elegir a nuestros representantes en el Parlamento de Estrasburgo ha vuelto a poner de relieve la dificultad de diferenciar entre la izquierda y la derecha políticas. Unas ambiguas palabras –como suelen ser las suyas– de Mariano Rajoy en la Cadena SER el pasado día cinco, entrevistado por Pepa Bueno, fueron interpretadas por muchos como un reconocimiento por descuido de la fundamental igualdad de PSOE y PP.

De acuerdo con numerosos comentaristas políticos y líderes de partidos minoritarios, no hacía falta esta confesión para llegar a semejante conclusión. La apresurada reforma constitucional propuesta por José Luis Rodríguez Zapatero y avalada inmediatamente por los populares; el giro de la política económica francesa con Manuel Valls, del que dijo el ABC que sólo le faltaba la barba para ser Rajoy (todavía doy vueltas a si era un elogio del primer ministro galo o un vituperio a nuestro presidente del Gobierno); la gran coalición que gobierna Alemania (no se olvide que ya no es Merkel la única que corta el bacalao allí); o las últimas palabras de Felipe González en laSexta el pasado domingo, admitiendo la posibilidad de una próxima coalición entre populares y socialistas, llevan a muchos a creer que las diferencias entre la ideología de izquierda y la de derecha se han difuminado definitivamente. Sólo el estilismo separaría a Jean-Claude Juncker de Martin Schulz.

Izquierda y derecha continúan, con todo, separándose por el modo en que conciben y justifican las desigualdades económicas dentro de una misma sociedadSin embargo, la diferencia entre ambos lados del espectro político sigue siendo apreciable y hay que buscarla, como siempre, en lo fundamental: su diferente concepción de la desigualdad social. Ahora que otros aspectos secundarios, como el laicismo, el ecologismo y una moral sexual más liberal, se han vuelto en gran medida patrimonio común de ambos lados del espectro político, izquierda y derecha continúan, con todo, separándose por el modo en que conciben y justifican las desigualdades económicas dentro de una misma sociedad y de la comunidad internacional.

Una noción aceptable de justicia

El gran filósofo estadounidense John Rawls dedicó prácticamente toda su reflexión a describir una noción aceptable de justicia, entendida como equidad. La obra filosófica de Rawls puede verse como una crítica al utilitarismo, esa concepción de la vida moral y política que fija en la máxima cantidad de bienestar el único valor ético aceptable. Frente a una posición que pone en el resultado todo lo estimable, para el autor de Teoría de la justicia hay valores superiores a la suma total de bienestar, y que, por tanto, pesan más que lo decidido por la mayoría de los votantes o que la riqueza que pueda producir un sistema económico dado.

John Rawls.
John Rawls.

Para que el principio de equidad no quede en mera declaración formal, Rawls establece dos principios de igualdad. El primero es común a la derecha y la izquierda, pues se limita a afirmar que toda persona tiene un derecho inalienable a una serie de libertades básicas, cuyo disfrute es compatible con el disfrute de esas mismas libertades por parte de los demás. Se trata, pues, del reconocimiento de los derechos formales. Es el segundo principio el que marca realmente la diferencia entre izquierda y derecha, y obviamente se refiere a las desigualdades económicas y sociales. Se subdivide en dos apartados. En el primero se establece una genuina igualdad de oportunidades. Una igualdad no sólo formal, sino sustantiva, de modo que las personas que comparten iguales aptitudes y motivaciones deben tener las mismas oportunidades de ejercer su profesión e influir en el curso político de su comunidad. Todavía no se halla aquí la razón de escindir derecha e izquierda; ambas pueden creer sinceramente en la igualdad de oportunidades. Para distinguirlas resulta esencial el segundo subapartado. En él se establece que no es admisible ninguna desigualdad económica o social salvo que, gracias a ella, aumente el bienestar y la riqueza de los más desfavorecidos.

A pesar de que, a primera vista, esta condición suena abstrusa, no es difícil comprenderla. Su punto de partida es que toda diferencia en el disfrute de los bienes, toda desigualdad económica y social, es por principio mala, con independencia de cómo se haya llegado a ella. Es el principio que Antonio Machado expresa diciendo en su Juan de Mairena que "por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre". Y por tanto, tendrá los mismos derechos de acceder a la riqueza y a los privilegios que cualquier otro. Es el "nadie es más que nadie" del dicho castellano. No obstante, aun reconociendo el valor de la igualdad económica y social, Rawls, y cualquier izquierdista sensato, podrá admitir en algunas ocasiones un reparto desigual, siempre que este desequilibrio redunde en beneficio de los más desfavorecidos.

Pongamos un ejemplo concreto, hagamos números. Efectuando varias simplificaciones inevitables, supongamos que se dan cuatro posibles situaciones donde la renta per cápita recogida en la tabla siguiente es un indicador fiable del bienestar (lo que naturalmente dista mucho de ser verdad sin más):

Un igualitarismo a ultranza, que no tiene por qué ser el objetivo de la izquierda, elegiría como deseable, sin dudarlo, la situación A: todos igualmente pobres. La igualdad se cumple a costa de renunciar a posibles crecimientos de la riqueza. Ahora bien, como todos sabemos, la economía no es un caso de lo que los matemáticos llaman un juego de suma cero. El aumento de la riqueza de uno no tiene necesariamente que implicar un decremento equivalente de la riqueza de otro, ya que la cantidad a repartir no es una cifra fija. En cambio, el principio de Rawls de aceptar las desigualdades únicamente en la medida en que promueven el bienestar de los más desfavorecidos aconseja buscar la situación C. Hay en ella grandes desigualdades, la brecha entre la clase alta y la baja es grande, pero es, de todas las situaciones descritas, la que mejor promueve la suerte de la clase más deprimida. Por esta razón es preferible a la situación B, donde las desigualdades ciertamente son menores. Por último, hay que observar que la situación D no es, a juicio de Rawls, aceptable, porque no promueve tan eficazmente el bienestar de la clase más baja como la situación C, a pesar de que la riqueza global en D es mayor que en C.

Debate entre Cañete y Valenciano. (EFE)
Debate entre Cañete y Valenciano. (EFE)

¿Es de derechas o de izquierdas?

Si usted quiere saber si es de izquierdas o derechas, pregúntese si aceptaría el juicio rawlsiano: si elegiría la situación C frente a las otras tres, si considera que cualquier ser humano tiene derecho a la misma parte de la riqueza producida en común con independencia de su aportación al proceso productivo. O si, por el contrario, es justo que el que más contribuye a él más se beneficie de él. Dicho de otro modo, en el conocido como Programa de Ghota escribe Marx: “¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!”. Mientras que el derechista apostilla: que cada cual se labre, con su esfuerzo, su futuro y su riqueza a partir de un marco general de igualdad de oportunidades y de un sistema que permita atender a las necesidades más básicas de cualquier individuo.

Es verdad que el principio rawlsiano introduce una rectificación al igualitarismo con vistas al aumento de la riqueza de los peor situados socialmente (no de la riqueza global de la sociedad). Y es también cierto que, una vez abierta esta brecha en el igualitarismo, las políticas económicas de la izquierda y la derecha se asemejan mucho. También, observaba Quevedo, el modo de vivir de un epicúreo y de un estoico se confunden en su ascetismo. Y, sin embargo, sus vidas son muy distintas, porque, aunque coincidan en sus costumbres lo hacen por razones muy diferentes. Y estas razones, tarde o temprano, les llevarán también a adoptar decisiones diferentes.

Sólo un prejuicio muy discutible puede justificar la hipótesis de que la elección política está irremediablemente condicionada por la clase social a la que se perteneceEn la Revolución francesa se pusieron de moda las denominaciones de izquierda y derecha, la Montaña y la Planicie. Los girondinos, la Planicie, eran los más numerosos y moderados. Al sentarse a la derecha de la Asamblea, transformaron esta denominación puramente espacial en una etiqueta ideológica. La Montaña eran los extremosos, la izquierda, pues ocupaban ese otro lado de la Asamblea. Montaña y Planicie son términos que aparecen en la Vida de Solón, escrita por Plutarco, para denominar a los demócratas y los aristócratas. Salvo en peligro de guerra, vivir en lo alto ha sido incómodo y quienes se lo han podido permitir han elegido la llanura para construir sus viviendas. Pero solo un prejuicio muy discutible puede justificar la hipótesis de que la elección política está irremediablemente condicionada por la clase social a la que se pertenece. Hora es ya de incluir en el debate político una reflexión sensata, y tener en cuenta que en él no solo se discute de medios, sino también de concepciones del mundo. Hora es, igualmente, de desechar de la discusión electoral las etiquetas fáciles, los trampolines para el insulto inmediato. También en la Revolución francesa a los miembros de la Planicie se les empezó a denominar los del pantano (Marais), paso previo para tildarlos de sapos, lo que permitirá después aplastarlos sin remordimiento, como si fuesen babosos batracios.

Escuela de Filosofía
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