Homenaje a Julián Marías en su centenario

Julián Marías habría cumplido cien años si hubiese vivido en junio de este año. Ahora, para recordarlo, se le tributa un pequeño homenaje en la Complutense

Foto: Julián Marías (EFE)
Julián Marías (EFE)

Julián Marías habría cumplido cien años el próximo junio si hubiese vivido. Ahora, para recordarlo, se le tributa un pequeño homenaje en la Complutense donde un grupo de estudiosos debatirá sobre su ingente obra. No podemos decir que sea una obra leída y presente. Sin embargo, tiene una indudable relevancia para entender la historia de la intelectualidad española en el siglo XX y comprender algunos rasgos de su estado actual.

Partamos de un dato sintomático. En 1970, Marías culminaba la edición de sus Obras Completas en diez volúmenes. Contaba entonces 56 años. Por aquellas fechas ningún otro intelectual español vivo podría permitirse este lujo. Ninguno tenía una obra tan plural que iba desde la filosofía, a la antropología, la sociología y la crítica de la cultura. Sin embargo, Julián Marías no estaba en ninguna Universidad española. Como las circunstancias de su vida son conocidas no es preciso insistir en ellas. Lo relevante es que la idea de inteligencia que por aquel entonces representaba Marías, no tenía lugar alguno en la institución universitaria.

Marías pensaba, como su maestro Ortega, que la filosofía era el 'centro organizador' de la vida intelectual de un país

Nadie podrá discutir que, entre todos los discípulos de Ortega, Marías era el más fiel. Este hecho a menudo se ha explicado por su propio carácter. Sin embargo, su actitud tiene unas dimensiones intelectuales que se pasan por alto. Y esto, con independencia incluso de la altura de su obra, es algo que merece ser recordado. Lo decisivo reside en la comprensión de la filosofía que tenía Marías. Derivada de la propia obra de Ortega, cuyos últimos años acompañó desde la experiencia del Instituto de Humanidades, todavía alentaban en ella los grandes motivos que caracterizaron la vida universitaria de la primera mitad del siglo. Así, su comprensión de la filosofía evadía por igual la insignificancia y la especialización.

Marías pensaba, como su maestro Ortega, que la filosofía era el “centro organizador” de la vida intelectual de un país. Analizada con prisas, esta frase tiene algo de megalómano, pero conviene recordar que no era sino la herencia de aquel movimiento del siglo XVIII que había hecho de su tiempo “el siglo filosófico”. Fracasada en España, esa idea no había dejado de ejercer su acción a distancia a través del siglo XIX, marcando siempre las posibilidades frustradas de una España demasiado pendiente de la apología de lo existente y de lo vigente. Para Marías, por fin había emergido con rotundidad en el 98 y desde entonces, a lo largo de cuatro generaciones de españoles, no había dejado de palpitar y alentar.

Marías, quizá por necesidad de afirmar su posición, siempre pensó que esa tradición no se había roto, incluso en el más oscuro de los momentos del franquismo. Quizá por lo peculiar de su destino personal, tan representativo, Marías se negó a considerar la Guerra Civil como una quiebra de las tradiciones intelectuales que se habían iniciado en 1898. La guerra fue desde luego un trauma incomparable en sentido humano e histórico, institucional y personal. Marías no suavizó en modo alguno la tragedia general que significó el régimen de Franco ni la incompatibilidad profunda entre ese régimen y el oficio de intelectual. Aquí no deben quedar dudas.

Sin embargo, él pensaba que había algo así como una fraternidad intelectual que estaba por encima de la contienda y que vinculaba a todos los auténticos intelectuales en la certeza de la derrota de la causa común, la causa de la inteligencia. Quizá era una vivencia dictada por su inclinación, pero el caso es que dijo en 1962: “Fueron muchos los que desde 1936 tuvieron la impresión de que el mundo por el cual se habían esforzado había desaparecido ya en todo caso, fuera cual fuera el resultado de la guerra”. Esta actitud fundamental y común a todos los intelectuales de estar ya en todo caso derrotados, permitiría su pronta reconciliación.

Incluso durante el franquismo, aquellos que habían sabido gozar del clima de libertad propio de los años de la República tenían energías morales suficientes para mantener la libertad interior e intelectual

Al menos esa era su percepción, pues él había podido coincidir con muchos de aquellos intelectuales en el exilio de las universidades americanas. Aquí, una vez más, su caso personal estuvo siempre en la frontera entre los de aquí y los que tuvieron que marchar. En todo caso, en ese mismo artículo de 1962, Marías dijo con toda claridad que “entre los intelectuales, la guerra civil ha sido superada”. Esto significaba que él había podido gozar de una experiencia de “perfecta fraternidad” con los intelectuales emigrados. Desde luego, no era del todo así. Primero porque nadie puede confundir emigrados con exiliados. Y segundo porque no todo era fraternidad, como lo sabemos por el Diario español de Max Aub, La Gallina Ciega. Pero lo más relevante de esta experiencia personal de contacto y de amistad con los de dentro y los de fuera fue que Marías mantuvo el complejo nudo de relaciones intelectuales que había generado la figura de Ortega.

Ortega y Gasset. (cecc.edu.mx)
Ortega y Gasset. (cecc.edu.mx)

Libertad e independencia en pleno franquismo

Este hecho nos aproxima al corazón mismo de lo que deseaba decir. Pues es muy característico que Marías, fuera de la Universidad, se mantuviera cerca de sociólogos, filólogos, historiadores, médicos, y pudiera situarse en el contexto de una comunicación intelectual que representaba muy bien las plurales y germinales inquietudes de Ortega desde 1923.

Aunque Marías era muy consciente de que el franquismo había producido un régimen anormal de comunicación de los intelectuales entre sí y de todos con el público, constataba que él podía seguir gozando de unas nutridas relaciones intelectuales, que sin duda mantuvieron viva su inquietud creativa. Esto le permitió asegurar que incluso en el tenebroso franquismo fue posible una producción intelectual libre e independiente. Es más: confiaba en que cuando se hiciera un balance de los dos decenios que iban desde 1942 a 1962, se hallaría que la producción intelectual “no es inferior a la de un periodo equivalente de antes de la guerra”.

La generación de los esforzados padres, los que habían hecho la guerra como perdedores desde el inicio, se había ganado la libertad interior para siempre

Sabemos que este juicio no es compartido por todos. ¿O es que deberemos recordar el famoso libro de Gregorio Morán, El maestro en el erial, un autor por otros motivos tan actual en estos días? Sin embargo, si queremos comprenderlo bien, hemos de observar que Marías no quería decir que la producción intelectual franquista fuera meritoria. Al contrario, le parecía detestable, ficticia, falsa e insignificante.

Quería decir que, incluso durante el franquismo, aquellos que habían sabido gozar del clima de libertad propio de los años de la República tenían energías morales suficientes para mantener la libertad interior e intelectual.

Sin duda, deseaba subrayar que a costa de esfuerzos heroicos y de una profunda ascesis, virtudes que cualquier observador puede descubrir en él. En todo caso, los hombres de su generación habían “salvado su capacidad creadora”. De forma muy característica dijo que, por el contrario, los jóvenes necesitaban libertad para ser libres. Ellos, la generación de los esforzados padres, los que habían hecho la guerra como perdedores desde el inicio, se había ganado la libertad interior para siempre.

No hay que excluir que Marías tuviera razón. En todo caso, era suficientemente lúcido para darse cuenta de que el peligro verdadero comenzaba ahora, hacia 1965. Lo que quería decir era que la continuidad con la obra de Ortega se había mantenido, pero no podía durar mucho tiempo más. Aquella constelación propia en la que la filosofía era el centro organizador de la vida intelectual, de tal manera que sus conceptos eran tenidos en cuenta por los sociólogos, los historiadores, los estudiosos de la literatura, del arte y de la ciencia (son las disciplinas que Marías cita), de tal manera que se garantizaba un diálogo de perspectivas, métodos y conceptos, esa situación no podría mantenerse sin instituciones públicas, equipos, formas de comunicación y de cooperación, reglas de honor y de mérito, en suma, un cierto espíritu que hiciera valer “los derechos de la inteligencia”. Esa síntesis de disciplinas se había dado desde el 98. Ahora resultaba combatida por muchos frentes y “corría el riesgo de volatilizarse y perderse”. Aquí habló de presiones políticas e institucionales. Pues lo que llamó “el número excesivo de los cultivadores profesionales” u “oficiales” de la filosofía hacían su trabajo ante la “indiferencia general”. Ellos no garantizaban nada.

Una grave sima

Quizá alguien pueda descubrir en estas palabras un intento de repetir la figura prodigiosa de Ortega y de heredar una centralidad indiscutible. Por mi parte, creo que Marías no daba la impresión de sentirse inclinado a la centralidad carismática del gran maestro, pero sí a mantener el conjunto de sus estímulos y referencias intelectuales. Esa geografía intelectual, que obligaba a unos a tener en cuenta la obra de otros, era la amenazada. Para hacerla inviable se concitaron dos hechos: que Marías no tenía posición institucional alguna y que los filósofos que tenían una sólida posición administrativa eran unos impostores, al menos para su criterio. En todo caso, por una u otra razón, o lo que es más probable, por las dos a la vez, las disciplinas que hasta ese momento hablaban entre sí, dejaron de hacerlo y se entregaron cada una a su soledad. Hoy comenzamos a darnos cuenta de la grave sima que entonces se produjo.

Al poco tiempo, la moda de la filosofía analítica y del marxismo acabaría destruyendo lo que quedaba de la inspiración orteguiana que Marías representaba. La forma específica hispana de entender la filosofía en el siglo XX había perdido la batalla y con ello la posibilidad de mantener un diálogo fecundo con la historia, la política, la literatura, la sociología y la crítica de la cultura. Esa memoria se fue estrechando y olvidando hasta el punto de que el último libro relevante sobre Ortega, el de Jordi Gracia, hace de él un ensayista de talento, pero no un filósofo.  

España se ha convertido, en el campo de las ciencias humanas y sociales, en un Triángulo de las Bermudas

Más o menos por aquellas mismas fechas, en Bielefeld, una recién estrenada Universidad alemana, se estaba creando un centro de investigación dirigido por Reinhardt Koselleck que pretendía reunir más o menos las mismas disciplinas que intentaba conjuntar Julián Marías en el Seminario de Estudios de Humanidades.

Los hombres de referencia de aquel instituto alemán eran todos ellos cercanos a lo que la editorial de Ortega había dado a conocer en España y muchos eran parte de la bibliografía de los orteguianos de los años 60. Justo en este momento, se comenzaba en España un proceso de paulatina especialización que separó disciplinas que hasta entonces se habían enriquecido recíprocamente. Hoy, cuando estamos al final de este proceso, la soledad nos ha hecho tocar fondo en la carencia de obras de calidad, innovadoras y relevantes. La filosofía perdió, pero perdieron todos los demás.

Una importante observadora internacional de la cultura en español, en una conferencia hace unos días en la Facultad de Filosofía de la UCM, observaba que España se había convertido, en el campo de las ciencias humanas y sociales, en un Triángulo de las Bermudas. Es lógico después de tanta polémica casera y de tanta instrumentalización política. Mientras tanto, en Italia, con muchos menos títulos que los que nos otorga Ortega, en los últimos años se ha organizado un movimiento llamado “Italian Theory”, de repercusión mundial, cuya divisa es haberse concentrado en... ¡una teoría de la vida! Ortega sonreirá en su tumba.

Fue una tragedia que Marías no estuviera en la Universidad y no pudiera garantizar la continuidad de la tradición orteguiana de forma institucional. Pero todavía sería más trágico que se leyera desde la misma concepción de la filosofía que le impidió incorporarse a la vida académica. Cualquier homenaje a Marías pasa por recuperar un sentido de la filosofía que, en línea con la matriz orteguiana, superando el solipsismo de lo que él llamaba las discusiones etimológicas propias de la filosofía profesional, sea capaz de reestablecer el diálogo con las disciplinas centrales de las ciencias humanas y sociales, desde la antropología hasta la crítica de la cultura contemporánea.

Escuela de Filosofía
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