Amor eterno a un vestuario, mi mejor refugio, allí donde siempre viviré

El pasado fin de semana ha sido un volcán de emociones imposible de asimilar en su total magnitud hasta que el tiempo termine por poner las cosas en su sitio

Foto: Ilustración: Jesús Learte Álvarez
Ilustración: Jesús Learte Álvarez

Antes de meternos en harina, empecemos por los detalles y por un agradecimiento concreto. Desde el primer párrafo de este último artículo del año, quiero invitarles a levantar la vista y fijarse en el hueco que hay entre estas líneas y el título que encabeza el texto. Se toparán con una ilustración, como de costumbre, realizada por Jesús Learte. Él, desde Zaragoza, con creatividad e infalible voluntad, se encarga cada semana de resumir en dibujos mis ideas. En un proceso que se inicia el domingo o el lunes, cruzándonos un par de correos donde suelo indicarle sobre qué quiero hablar el miércoles. Rápidamente me llega su primera idea, que siempre ha sido la válida, por cierto, y eso me sirve para apuntar más aún hacia donde quiero que vayan los tiros.

Ver sus dibujos cuando tengo decidido de qué escribir pero aún me quedan varias horas para encender siquiera el ordenador, me complace y se está convirtiendo en un bastón de inspiración del que me sería difícil desprenderme de la noche a la mañana. Por eso veía justo hablarles ya sobre él. Quizá podría haberlo hecho antes o haberlo dejado para el próximo año, pero es que esta semana se lo ha ganado a pulso...

El partido del sábado fue emocionante e importante para mí y para esta lucha, sí, ¿pero cómo enfocarlo para que sea algo genérico?

El pasado fin de semana ha sido un volcán de emociones personales imposible de asimilar en su total magnitud hasta que el tiempo haga su trabajo rutinario de poner las cosas en su sitio. Y en medio de ese trajín que había en mi cabeza, no era muy capaz de decidir sobre qué hablarles este día de Nochevieja. En esas, entre la nube de correos que me llegan todos los días, vi el nombre de Jesús y el habitual asunto, ‘Dibujo’, que suele preceder a un breve comentario tipo, “¿ya sabes sobre qué escribirás esta semana?”.

Antes de abrirlo y leerlo pensé: “Voy a tener que pedirle unas horas de tregua porque no lo tengo muy claro. El partido del sábado fue emocionante e importante para mí y para esta lucha, sí, ¿pero cómo enfocarlo para que sea algo genérico? ¿Hablar otra vez de fútbol en el blog no cansará a la mayoría de gente que seguro le da igual ese deporte y mi relación con él? ¿Y si mejor hablo solo del hecho solidario en sí, sobre lo que significa el dinero recaudado el sábado, o sobre lo importante que es que la gente con imagen pública se sume a esta lucha?”.

Preguntas como esas me seguía haciendo mientras me dispuse a abrir el correo de Jesús. Y cuál fue mi sorpresa cuando comprobé que ya venía con archivo adjunto, concretamente el dibujo que acompaña a este artículo. “Me he atrevido a suponer que el texto iba por ahí...”, decía. Y automáticamente, todas mis dudas y preguntas desaparecieron de un plumazo. Gracias a la lucidez que me procura la destreza e ingenio de Jesús Learte, me veo abocado, y con enorme placer, a despedir este 2014 escribiendo otra vez con las botas puestas. Así que empecemos.

Una mañana de fútbol y solidaridad

Los compañeros de la prensa que cubrieron el evento transmitieron perfectamente la emoción y los pormenores de lo que fue una mañana de fútbol y solidaridad seguro inolvidable para los cientos que asistieron y para quienes, con su desinteresada colaboración lo hicieron posible. Así que les remito a cualquiera de esas crónicas y demás reportajes para obtener los detalles y el porqué de ese partido.

Fue algo tan fabuloso todo lo vivido el sábado, y por supuesto esta avalancha emocional también, que debo dar gracias a todos por quererme y apoyarme tanto

Voy a intentar sintetizar lo que yo sentí. Vaya por delante que soy alguien muy difícil de sorprender. Algo que, de siempre, desquicia a aquellos que lo intentan. No sé si será por eso de lo que ya hablé aquí, que soy muy consciente de que todo, tanto lo mejor como lo peor, puede pasar en el momento más inesperado. El caso es que el sábado me emocioné con todo lo sucedido allí, pero eso no es una sorpresa, realmente era de esperar, como entenderá cualquier hijo de vecino. Sí me gustó el gran respaldo de la iniciativa, pero también era de esperar después de la buena publicidad que se hizo sobre ella en muchos medios y gracias, por supuesto, a los personajes que se sumaron y a lo excelente que fue la preparación (mención especial por esto a Rodri, Melgar y mi hermano Javier).

Y más que sorprenderme, comprobé con un punto de temor que el único detalle que no habíamos previsto fue que tanta y tanta gente querría acercarse a demostrarme en la distancia corta su cariño y afecto. Temor porque realmente algo así desborda a cualquier ser humano. Fue fabuloso visto con distancia, pero en esos momentos, desde el descanso del partido, cuando salí de la ducha, hasta que dos horas después éramos los últimos en abandonar las instalaciones del Fernando Torres de Fuenlabrada, recibí un aluvión de besos y abrazos imposible de asimilar sin perturbarse.

Tengo imágenes fugaces de familiares que veo menos; excompañeros que por desgracia no entraron en la lista de mi equipo pero quisieron acercarse a estar a mi lado; familiares de otros excompañeros, amigos del barrio, vecinos, antiguos profesores del instituto, antiguos entrenadores, personal del Hospital Carlos III, enfermos como yo, compañeros y amigos del mundo del periodismo, muchos desconocidos que querían saludarme o fotografiarse conmigo y un larguísimo etcétera. Y me consta que muchos otros, bastantes, optaron por no intentarlo y prefirieron simplemente decirme después a través de un mensaje que allí estuvieron.

En definitiva, un cóctel de imágenes constantes en primer plano, de bonitas palabras, de abrazos sentidos al que es imposible corresponder como a uno le gustaría, y más teniendo en cuenta que no puedo hablar. Pido disculpas si alguien sintió que no pude atenderle como se merecía. Es que realmente, no pude. Ni yo ni nadie hubiera podido. Fue algo tan fabuloso todo lo vivido el sábado, y por supuesto esta avalancha emocional también, que debo dar gracias a todos por quererme y apoyarme tanto y por demostrármelo en vida. Me siento por ello extremadamente privilegiado.    

El mayor de mis refugios

Y sin embargo, sí hubo algo que me sorprendió. Muy gratamente. Pese a ser a priori lo más natural y que debería tener muy asumido. Sucedió cuando, entre el cansancio y el descoloque mental que me empezaba a provocar tanto saludo, noté rápidamente un sentimiento de búsqueda de un refugio. Un sitio donde poner en orden tanto lío emocional. En un primer término, esa querencia me llevó al banquillo de mi equipo, donde me junté con los que compartieron alineación inicial conmigo y desde ahí vimos la segunda parte.

Estuve tranquilo entre recuerdos, expresiones y vaciles en donde tengo comprobado que los futbolistas nos sentimos siempre cómodos sea cual sea nuestra edad, nuestro nivel o nuestro origen. Pero notaba que crecían las ganas, alrededor del banquillo, de personas que querían acercarse a mí. Un asedio de cariño para el que todavía no me veía preparado.

Tras acabarse el partido, nos despedimos en el césped todos los participantes del partido y hubo tiempo para fotos con ellos y con la familia más cercana. Pero ahí me apretaba en el pecho la misma querencia que me había sorprendido antes. Y en cuanto pude, mis piernas me llevaron sin pensar al que es, y ya no tengo ninguna duda, el mayor de mis refugios: el vestuario.

Allí esperé tranquilo, mientras se duchaban todos mis compañeros y saboreábamos lo que para todos nosotros era tan cotidiano. Quienes hace años que ya no juegan, me dieron las gracias, sobre todo, por volver a sentir esa confortable sensación. Quienes siguen en activo, incluso aquellos que lo hacen en la élite como Arribas o Bedoya, o incluso el cuerpo técnico (el Mono Burgos y Paredes), se sumaron de manera natural a esa convivencia fugaz y extraordinaria que se vive en un vestuario en el día de partido. Y que ya intuía que iba a ocurrir al juntar a esa veintena de excompañeros.

De veras lo preveía, aunque no hubiera competición ni prestigio en juego esta vez, los dos elementos que igualan un vestuario de futbolistas con un camerino de un actor de teatro, el backstage de un concierto o la capilla de una plaza de toros. El domingo volví a vivir esa sensación, la más adictiva que yo, al menos, he conocido. Y lo que me sorprendió de verás fue comprobar tan arraigada esa querencia dentro de mí imposible de dominar.

Desde ese búnker me preparé para afrontar lo que debía afrontar y agradecer, la cantidad de gente que quería saludarme y darme fuerzas para esta batalla. Salí como uno más de los jugadores participantes y atendí a todos los que pude durante bastantes minutos. Y llegué a mi casa muy satisfecho por cómo había ido todo pero tan cansado que no podía ni expresar tal felicidad.

Un lugar donde siempre estaré vivo

Todo esto que he explicado, y en lo que podría explayarme mucho más pero este no creo que sea el lugar, está alojado en el fondo de mi manera de ser. Es decir, creo que sirve para explicar gran parte de por qué estoy haciendo todo lo que estoy haciendo, apoyado por tanta gente, desde que se me diagnosticó la esclerosis lateral amiotrófica.

Todas las apuestas que hice antes de enfermar, algunas bastante arriesgadas, tenían todo el sentido y fue, de verdad, lo que debía hacer

Cuando llegó la enfermedad, todos mis planes más ciertos pasaban por seguir peleando para no alejarme nunca de estas sensaciones. Pero en la adaptación que me obligó a hacer la ELA, esa vía se truncó bruscamente. La enfermedad hace que ya nunca pueda avanzar por ahí. Seguía un camino lento y calmado, sin prisas, que buscaba seguir desarrollándome profesional y personalmente dentro de las cuatro paredes de un vestuario. Ese era mi principal reto vital, y con convencimiento aspiraba a él, aunque nunca fue fácil de aceptar por mi entorno, de ahí que fuera algo latente y de lo que solo hablaba con los más cercanos.

Como aborrezco los sucedáneos en sentimientos tan puros, descarto frontalmente cualquier posibilidad de avanzar por ese camino pese a la ELA. Esa puerta se cerró, no conviene intentar abrirla, y tampoco hay que lamentarlo. Debo dar gracias por todo lo vivido al otro lado. Que es mucho. También en esto me atrevo a decir que es infinito.

Comprobar que de veras y sin dudas eso está en lo más profundo de mi ser fue lo que me supuso tan grata sorpresa, lo más importante que me llevo a título individual del evento del sábado. Me refiero, por supuesto desde un análisis solo del homenaje que se me hizo en sí, dejando a un lado por un momento lo más importante para todos, que es la labor de concienciación que allí se hizo y los más de 10.000 euros recaudados para investigación. Pero comprobar tan nítidamente lo anterior me reafirmo en que jamás anduve por camino equivocado y que todas las apuestas que hice antes de enfermar, algunas bastante arriesgadas, tenían todo el sentido y fue, de verdad, lo que debía hacer.

Lo llevo dentro. Así que por suerte no necesito volver a un vestuario para saberlo. Y de las miradas y comentarios de mis compañeros el sábado entendí que así me veían ellos a mí también. Por eso, sé que hay un lugar donde siempre estaré vivo. Es mi mejor refugio, desde el lugar donde disfruto todo, analizo todo, sufro todo, lo entiendo todo.

La peor de las desgracias me ha impedido que siga entrando cada día a una caseta, pero solo lo ha conseguido físicamente. En realidad, de las paredes de un vestuario de fútbol no me saca ni la lejía más agresiva del más laborioso utillero. Estoy pegado a ellas. De la misma manera que, aunque este 2014 se haya empeñado por todos los medios, jamás voy a colgar las botas. Es más, las calzo ahora mismo mientras les escribo esto. Y me iré de aquí con ellas puestas.

Feliz 'año 15'.

Si desea colaborar en la lucha contra la ELA puede hacerlo en la web del Proyecto MinE, una iniciativa para apoyar la investigación que parte de los propios enfermos.  

Mi batalla contra la ELA
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