Quién manda y quién obedece en este país: algo que descubrí tras mudarme a Madrid

¿Eres libre para decidir cómo organizar tu tiempo o vives a expensas de los demás? Quizá el verdadero poder esté en estar siempre liado y, por lo tanto, condicionar la vida de los otros

Foto: El centro del universo, y ¡ay! como estés lejos. (iStock)
El centro del universo, y ¡ay! como estés lejos. (iStock)

Un amigo lamenta que, desde que ha sido padre y se ha mudado a un barrio de las afueras, ya nadie va a visitarle. Él piensa que el factor importante es el primero; yo estoy convencido, por experiencia propia, de que es el segundo. Hacer el camino contrario y pasar del extrarradio al centro, un desplazamiento de apenas 18 kilómetros de distancia, implica descubrir que Albert Einstein tenía razón al afirmar que el espacio es relativo y, por alguna clase de brujería cuántica, el trayecto de Madrid a Móstoles es muuuuucho más largo que el de Móstoles a Madrid. Algo también aplicable a Navalcarnero, Fuenlabrada y Vallecas, Badalona, Cerdanyola o L'Hospitalet: a medida que uno abandona la almendra central, el tiempo parece pasar de manera más lenta, como en 'Interstellar'.

Lo sabemos todos los que hemos pasado inviernos rebañando gripes mientras esperábamos al búho: a nadie que vive dentro de la M-30 se le pasa por la cabeza jamás que pueda coger una Blasa (o el Cercanías, ¡que lleva décadas abierto, por dios!) para visitar a familia, amigos u otra fauna. Esto, que se ha convertido en un tópico, es un signo evidente de la querencia de nuestro país por el centralismo y una muestra reveladora de cómo el estatus social termina determinando todo, incluso nuestras costumbres de movilidad. No tardé mucho en darme cuenta tras mudarme a Lavapiés que de repente podía disfrutar del lujo de que fuesen mis amigos los que viniesen a verme a mí y no al revés.

Si hay un buen indicador sobre el nivel que ocupa alguien en la jerarquía social, ese es la cantidad de tiempo que pasa en el transporte público

Hace poco, en una conversación de Twitter, un vecino de Móstoles —pura coincidencia, lo prometo— comentaba que había conocido a "un ceporro que estaba convencido de que Colmenar Viejo (más de 30 kilómetros) estaba más cerca de Madrid que Móstoles (18 kilómetros)". Quizá no sea desconocimiento sino una muestra de que las distancias son mentales y no reales. En las cabezas de los que viven en las grandes ciudades —algo que poco a poco se está convirtiendo en un privilegio— una ciudad dormitorio del sur está mucho más lejana que un pueblo del norte. No es algo exclusivo de una oscura élite, me ha pasado hasta a mí. Un cierto nivel económico garantiza, entre otras cosas, que pases tú a ser el centro y que la vida se ordene a tu alrededor, no al revés.

Así, se podría decir que hay dos Españas: la que se mueve y la que no, los centros de poder alrededor de los cuales gravita el resto, que organiza su vida en función de los deseos y necesidades de los primeros. Quizá más que inmóvil sería mejor decir que es la España que tiene el poder de plegar el espacio y el tiempo a su antojo. Es la que vive en despachos de oficinas, en restaurantes céntricos, en los bares de moda o en esas salas de fiestas a las que van otros como ellos. La otra vaga de metro en metro, de autobús en autobús y de paseo en paseo, o vive en provincias y se ve obligada a desplazarse continuamente a las capitales para encontrar trabajo. Si hay un indicador oculto para valorar el nivel que un ciudadano ocupa en la jerarquía social, ese puede ser la cantidad de tiempo que pasa en el transporte público, en el Alsa o en atascos de entrada a la ciudad. Por una sencilla razón: su tiempo, el propio de una vida precaria, vale menos.

Oscuras ostentaciones de poder

Si una de las grandes batallas del individuo en el siglo XXI es la que libra contra la escasez de tiempo, uno de los signos más claros del privilegio es la posibilidad de manejar el de los demás a su antojo. El rico antes se caracterizaba por su ociosidad, ahora lo hace por tener una agenda completamente llena. No hay mayor signo de autoridad hoy que poder dar largas a los que te piden una cita porque tienes mucho que hacer, ni demostración más evidente de pobreza que admitir que te da igual quedar en un sitio u otro, cerca o lejos, te venga mejor o peor, porque no tienes nada que hacer. Y, por lo tanto, una hora de tu tiempo vale muy poco (y así se reflejará en tu sueldo).

El encanto de la comida a domicilio se deriva de dejar de emplear tu tiempo en minucias (comprar, cocinar) para que sea otro el que malgaste el suyo

Lo explica Jorge Moruno en 'No tengo tiempo': una parte de la sociedad puede comprar el tiempo de la otra para realizar las tareas cotidianas de las que no pueden ocuparse porque están trabajando. Es la razón, también, que se encuentra detrás del atractivo de Amazon o Glovo: son formas al alcance de la mayoría de ejercer control sobre el tiempo de los demás, mucho más asequibles para bolsillos medio vacíos que ir en taxi a todas partes o alquilar en el centro. Es duro reconocerlo, pero parte del encanto de pedir la comida a domicilio se deriva de esa pasajera sensación de poder que es dejar de emplear tu tiempo en minucias (ir a una tienda a comprar, cocinar) para que sea otro el que malgaste el suyo.

A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas sistemáticamente impuntuales. A algunas les doy el beneficio de la duda de que son así y qué le vamos a hacer; otras, simplemente, lo hacían porque podían permitirse hacerlo. No resulta ninguna sorpresa que muchas de ellas nunca hubiesen pasado apuros económicos o viniesen de buenas familias. Nunca aguanté ese egoísmo, porque siempre consideré que, aun sin pretenderlo, había en su comportamiento esa displicencia del que cree que su tiempo vale más que el de los demás. A una reunión puede llegar tarde el jefe pero jamás el empleado: hacer esperar a un superior es imperdonable, pero hacer lo propio con un subordinado es no solo es normal, sino casi deseable para que cada cual sepa dónde está.

Si la ciudad no se mueve a mi alrededor, me moveré alrededor de la ciudad: una imagen de 'Cosmópolis'.
Si la ciudad no se mueve a mi alrededor, me moveré alrededor de la ciudad: una imagen de 'Cosmópolis'.

En la novela de Don DeLillo 'Cosmópolis' (y película de David Cronenberg), el protagonista, un joven multimillonario, se desplaza por un Nueva York apocalíptico en su limusina. En ese caso, la perpetua movilidad del automóvil no es un signo de su precariedad, sino de un poder casi sobrenatural, pues el mundo se ordena alrededor de ese habitáculo que tiene algo de despacho, tumba y apartamento de 'yuppie'. En el fondo, es un hogar móvil que reorganiza el mundo a su alrededor. Él nunca iría a Móstoles, sino que exigiría que Móstoles fuese a él. La próxima vez que pases una hora apretado en el metro para visitar a alguien que no quiere desplazarse, te tires 40 minutos esperando porque a tu compromiso le ha surgido un imprevisto importantísimo —siempre lo es, claro— o esa persona cambie sin parar la hora de la cita, pregúntate quién manda y quién obedece.

Mitologías
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