El peligro de la épica laboral: Pablo Motos hizo bien, el problema son sus defensores

El presentador anunció al final del programa del martes que su madre había fallecido. ¿Era un gran profesional por seguir adelante o se trata de un gesto de heroísmo inútil?

Foto: La madre de Motos falleció esa misma mañana, y decidió seguir adelante con el programa. (Antena 3)
La madre de Motos falleció esa misma mañana, y decidió seguir adelante con el programa. (Antena 3)

Ocurre cada cierto tiempo. Como cuando Diego El Cigala saltó a un escenario angelino horas después de la muerte de su esposa, cuando Toni Cantó siguió con las funciones programadas tras el fallecimiento de su hija en un accidente o, en otras circunstancias parecidas pero no iguales, cuando Soraya Sáenz de Santamaría renunció a su baja por maternidad. La última vez, el pasado martes, cuando al final de 'El Hormiguero', Pablo Motos anunció que quería dedicar el programa de ese día a su madre, que había fallecido esa misma mañana.

Asomarse a la intimidad de los demás resulta siempre incómodo. En parte porque vivimos en la era de la opinión, y en parte, porque necesitamos racionalizar nuestras emociones —te caiga mejor o peor Motos, es difícil quedarse impasible ante su confesión—, nos vemos impelidos a tomar partido. Es difícil responder, como quizá pensó Laura Pausini, la invitada al programa, que abrazó al presentador y le dijo que era "un gran hijo". Podemos pensar que es una muestra de gran profesionalidad, o un ejemplo de falsa heroicidad, o que si Motos estaba trabajando es porque otra persona estaba en su lugar, ocupándose de los suyos. Todo es razonable, así como pensar que quizá estamos pensando demasiado.

La profesionalidad tiene más que ver con la observación de los derechos, propios y ajenos, que con demostraciones de compromiso laboral

Hay un gran peligro en convertir las decisiones personales de los personajes públicos en modelos de comportamiento. "El show debe seguir" es una máxima que, valga la redundancia, puede ser funcional al mundo del espectáculo (especialmente si, como en el caso del presentador, eres el principal responsable del programa), pero no tanto al resto de entornos laborales, donde la rueda de la empresa puede y debe seguir funcionando sin ti. Por recordar el estatuto de los trabajadores, que en España se lee aún menos que el Quijote, el empleado tiene derecho a un permiso pagado por muerte de un familiar cercano. La profesionalidad tiene más que ver con la observación de los derechos, propios y ajenos, que con demostraciones de compromiso laboral que nadie ha pedido.

Ello no quiere decir que Motos se equivocase. Quizá la muerte de una madre no sea el mejor momento para exigir coherencia, y cada cual vive el duelo de la manera que mejor puede. El problema surge cuando elevamos la catarsis del individuo a categoría ejemplarizante. Estamos tan acostumbrados a analizar la realidad que nos rodea a partir de los comportamientos individuales que nos olvidamos con frecuencia que suelen ser malas herramientas. Algo que ha llegado a niveles casi alarmantes en la política, donde las polémicas sobre la moralidad individual del legislador de turno han sustituido a la discusión sobre las medidas concretas o el debate ideológico.

Stajánov contra John Henry

Las historias individuales generan mitos, y mantenerse al pie del cañón sean cuales sean las circunstancias es otra vuelta sobre el valor del sacrificio por encima del interés personal. Un mito que aparece en todas las culturas: es la leyenda de Stajánov, que se convirtió en un héroe de la URSS por su ultraproductividad en la mina de carbón, pero también la de John Henry, el trabajador del ferrocarril afroamericano que derrotó a una máquina con el único poder de sus brazos antes de morir extenuado, demostrando que el hombre siempre irá por delante de la tecnología. A veces, parece que algunos mitos de la clase trabajadora son esquiroles que la patronal ha infiltrado en el inconsciente colectivo obrero.

La culpa no es de Motos, que se ha enfrentado a una situación complicada como ha considerado, sino quien eleva su conducta a modelo a imitar

Ya sea en la Rusia soviética o en los Estados Unidos capitalistas, todas estas historias épicas comparten el valor redentor del esfuerzo, que es en última instancia lo que salva al currante. Los cuentos populares tienen su propia versión en la fábula de la cigarra y la hormiga: nadie pasa a la historia por ser un vago, y llama la atención que tanto en el caso de Stájanov como en el de Henry, su arma ante la injusticia sea trabajar más. Quizá se deba a que las huelgas y las luchas sindicales, como actos comunitarios, ocultan los rostros de sus protagonistas, mientras que los héroes con nombres y apellidos encajan a la perfección con el creciente individualismo que atomiza al trabajador y tiene en el 'entrepreneur' que duerme cuatro horas al día su principal modelo de comportamiento.

Es esa milla extra lo que diferencia al trabajador del montón del empleado ideal, a la persona funcionarial y gris que se limita a hacer su trabajo del líder carismático. Es la figura que mejor encarna el ideal de la meritocracia, olvidando en muchos casos que la batalla ha sido desigual desde el principio. No es lo mismo un cantante o un presentador, generalmente cúspides en la jerarquía de sus entornos laborales, que el asalariado de turno, quien irremediablemente sale perdiendo si es comparado con aquellos que toman las decisiones, cobran más y, en definitiva, tienen en su mano seguir con el espectáculo (o no) si así lo desean.

Stajánov, icono de la productividad y de hacer más con menos. (Dominio público)
Stajánov, icono de la productividad y de hacer más con menos. (Dominio público)

La culpa no es de Motos, que como la mayoría de héroes, no pretende serlo, sino de aquellos que utilizan lo íntimo como una excusa para apretar aún más las tuercas al trabajador u obviar la conciliación entre la vida personal y profesional. Todos los grandes relatos épicos tienen sus rincones oscuros, lecturas perversas e interesadas que acusan al vulgar individuo de no ser capaz de emular esas hazañas sobrehumanas; quizá sea mejor recordar que en mitologías como la griega, los dioses eran aún más viciosos, defectuosos y caprichosos que los humanos.

A veces, lo mejor no es ni aplaudir ni acusar, sino simplemente callar y recordar que lo individual no puede imponer reglas en lo social.

Mitologías
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