España es el país Mariah Carey: los preocupantes paralelismos entre 2009 y 2019

El reto de los 10 años me ha hecho recordar que hace una década, tras años de euforia, nos estábamos asomando a una época de crisis y desilusión que parece estar a punto de volver

Foto: España en 2009, España en 2019. (Foto: Instagram)
España en 2009, España en 2019. (Foto: Instagram)

En plena vorágine del #10YearsChallenge, un amigo me envía una fotografía de 2009, firme candidata a arruinar mi reputación de tipo serio si la hago pública (spoiler: lo hice en Instagram). Alguna vez hemos oído a un anciano confesar que, tras ver una fotografía suya de joven, no fue capaz de reconocerse –seguro que algún psicoanalista vienés inventó una palabra para esa sensación–, pero que yo sepa, no la hay para verse a uno mismo y sentir el vértigo de no haber cambiado absolutamente nada.

Que ha cerrado los ojos y el tiempo se le ha escurrido entre los párpados. Que ha pasado 10 años congelado mientras las cosas a su alrededor cambiaban sin parar. Que no es el mismo, pero no exactamente quien pensaba ser.

Uno pensaba que estaba a punto de comenzar un largo viaje hacia un futuro apasionante y en realidad, ha sido una Bella Durmiente que se ha despertado en un lugar donde la incertidumbre es semejante a la de 10 años atrás. Podría llamarlo el síndrome Capitán América, que cerró los ojos en plena Segunda Guerra Mundial y se despertó 70 años más tarde tan rubio y guapo como entonces, en un mundo superficialmente distinto al que había conocido pero en el que las amenazas eran las mismas.

Aunque me he levantado con menos pelo y más grasa que el bueno de Steve Rogers, los dos tenemos la sensación de haber perdido un tiempo irrecuperable. Es como una versión extrema del tango de Gardel. 10 años, 20 años, 70 años no es nada, y la vida tiene la tendencia a volver sobre sus propios pasos.

Hemos recorrido un largo camino y realizado grandes sacrificios para volver, en el mejor de los casos, al lugar donde estábamos antes de 2009

Igual que a los campesinos a los que les duelen los huesos cuando se avecina tormenta, a mí me está empezando a crujir el alma. 2019 parece un 'remake' de 2009, como cuando una serie se queda sin ideas y, después de haber agotado todas las posibilidades, decide copiarse a sí misma sin que se note demasiado. El desempleo ha bajado para quedarse en niveles semejantes a los de aquellos años, vuelve a haber un gobierno socialista en la Moncloa que no tiene ni un segundo de respiro –y como aquel, nadie sabe si por mucho tiempo–, cierran medios de comunicación, se vuelven a inflar burbujas, las empresas ponen gesto serio y el Madrid tiene pinta de volver a palmar 2-6 con el Barcelona.

Pero, sobre todo, vuelven a oírse los tambores de guerra de un cambio de ciclo económico que anuncian algo que ya hemos vivido: agárrate que vienen curvas. Y eso que aún no nos habíamos recuperado del volantazo anterior.

El reto de marras me ha hecho pensar mucho en 2009. En mi caso, la carrera había terminado, pero la universidad no, y observando el frío laboral, alargué la vida cobarde y primaveral del estudiante en el agujero negro del doctorado. Estaba todo muy mal y había que buscar refugios; como tantos, tengo la sensación de haber estado saltando de trinchera en trinchera desde entonces, postergando grandes proyectos para otra vida.

Aún no había comenzado la diáspora de compañeros, quizá porque aún dábamos las últimas oportunidades a las prácticas mal pagadas, los currillos que quizá nos llevarían a algún sitio (o no) o a la promesa de que las crisis siempre habían sido temporales. Fue, en cualquier caso, el año en el que todos entendimos que toda relación entre el futuro y nuestros planes era mera coincidencia.

Vuelvo a mirar las fotos y tengo la sensación de que hemos recorrido un largo camino, vivido una catarata de cambios y realizado grandes sacrificios para quedarnos donde ya estábamos, pero una década más viejos. Podría pensarse que España se parece a famosas como Reese Witherspoon o Madonna, cuyas fotos han puesto de manifiesto cómo, a pesar de lo vivido, el tiempo apenas ha hecho mella en ellas. Un eterno presente donde el tiempo no pasa.

En realidad, España es Mariah Carey, que ha publicado exactamente la misma foto para 2009 y 2019. Somos un calco cómico de nuestros defectos de una década atrás, de recurrentes peleas partidistas, de las mismas incertidumbres económicas y políticas. La sensación de que el tiempo nos envejece a cambio de empujarnos hacia un futuro mejor es hoy una ilusión.

Así que nos reímos de nosotros mismos, al ver que nuestros avances nos han devuelto, en el mejor de los casos, a antes de la crisis. Es un país que bajo ese rostro inalterado e inmaculado, un retrato de Dorian Grey perfecto, ha perdido parte de sus ilusiones, aunque los jóvenes hayan recuperado otras tantas. Todo ha pasado, pero muchos tenemos la sensación de que, en realidad, no ha pasado nada. El empleo, como la sonrisa de Carey, sigue siendo igual de precario.

De un tiempo perdido

Quizá el problema es que aún no hemos inventado una historia coherente, ni siquiera una narración crítica, lo suficientemente convincente, que dé sentido a lo que ha pasado estos últimos 10 años. Ni Transición ni el espejismo de la gloria falsa de los años 90, se trata simplemente de que la austeridad solo da áridos imaginarios. No es que el tiempo entre una foto y otra no haya pasado, es que no ha habido inicio, nudo y desenlace; los relatos que nos han ofrecido (recuperación, fin de la corrupción, esperanza y decepción) han sido poco creíbles. Ahora, Brexit, ralentización del crecimiento económico y política depauperada nos recuerdan que una segunda parte está fragüándose. Esa que, en teoría, nunca se estrenaría si nos comportábamos bien, es decir, si renunciábamos hasta mejor ocasión.

Todos somos más guapos que en 2009: si algo hemos aprendido en estos 10 años es a apuntalar nuestra vanidad, a saber cuál es nuestro mejor lado

Hemos sufrido, nos han rescatado (o no), hemos ganado el Mundial, lo hemos perdido, hemos tenido un gobierno socialista, otro popular, otro socialista, han surgido nuevos partidos, nuevos partidos han desaparecido, hemos expiado pecados y cometido otros y, al final, recordar 2009 es como acordarse del comienzo de la maratón tras cruzar la meta… y comprobar, al mirar hacia adelante, que quedan al menos otros 42 kilómetros y 195 metros.

Veo las fotos y a algunos de mis amigos les ha crecido un niño entre los brazos. La mayoría de ellos son más guapos que en 2009: si algo hemos aprendido en estos 10 años es a apuntalar nuestra vanidad, a saber cuál es el ángulo de nuestra cara que da mejor en foto, a documentar nuestro día a día ante la imposibilidad de contar una historia mayor. Otros bromean con su situación actual presentando una versión aún más demacrada de sí mismos.

Quizá esté ahí el verdadero quid de la cuestión: en cómo nos hemos ido rompiendo por dentro, cansados de dar vueltas sobre nuestra propia cola, al mismo tiempo que hemos cincelado identidades apasionantes por fuera o, admito, regodeándonos en nuestro victimismo.

Vuelvo a mirar la fotografía de 2019 y pienso si de verdad no he cambiado nada. Soy un poco más cínico, mucho más de lo que mi yo de hace 10 años habría permitido, he aprendido unas cuantas cosas, olvidado otras tantas y me he acostumbrado a la decepción. Antes era más guapo, pero hoy me siento más bello; me habría gustado gozar de esa confianza en mi juventud (¡espero que a Mariah Carey le ocurra algo parecido!).

He pasado por tantos años buenos y malos que ya no sé en cuál vivo. También conocí en 2009 a la persona con la que comparto mi vida, que, entre tanto cambio, ha sido la constante. Quizá ahí esté el secreto de todo esto, y no en grandes epopeyas generacionales, lecturas totalizantes, que siempre son mentirosas. El reloj siempre se mueve, pero el tiempo nunca pasa.

Mitologías
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