El increíble mundo de los españoles que no viajan jamás en transporte público

Hay personas que pueden permitirse no abandonar el ciclo de coche-taxi-VTC mientras el resto de la sociedad tiene que aguantar unos servicios públicos cada vez más degradados

Foto: ¿Cuántos Morlocks caben en un coche? (Foto: iStock)
¿Cuántos Morlocks caben en un coche? (Foto: iStock)

Si quieres que un guitarrista deje de tocar, ponle delante una partitura, y si quieres que el cerebro de alguien que no ha cogido jamás el metro colapse, colócalo delante de una de las máquinas expendedoras de billetes del suburbano madrileño. Es una de esas experiencias que nos recuerdan el despreciable lugar que el ser humano ocupa en el gran plan del universo, algo capaz de volver loco a un astronauta. Como mirar al abismo y que el abismo te mire a ti y se parta el culo.

Lo he visto con mis propios ojos: hombres adultos capaces de coordinar equipos de cientos de personas absolutamente consternados ante ese laberinto de bonos, viajes sencillos, tarjetas que sirven para llegar a unos sitios —pero, ¡hey!, adivina a cuáles no— y argot oscurantista. Lo que ponen de manifiesto estos episodios de choque cultural extremo es una realidad que no es obvia a nuestra mirada cotidiana, pero que está ahí. Hay personas en este país que nunca jamás utilizan el transporte público, y que a juzgar por su animadversión por el mismo, parecen sufrir alguna clase de enfermedad que les hará descomponerse átomo a átomo si por un casual bajan las escaleras del metro.

Si un viajero de autobús cabe en una baldosa, el conductor de un coche sin más viajeros ocupa seis metros cuadrados él solo

Madrid Central y la huelga de taxistas lo han sacado a la luz. Hay personas para las que verse obligadas a prescindir del automóvil —sea propio o ajeno— es semejante a un pequeño apocalipsis. Son aquellos que realizan un gran esfuerzo diario para no descender a las profundidades del metro o, peor aún, tener que codearse con sus vecinos. Gente que gasta un gran porcentaje de sus ingresos en garantizar que dispone de un espacio privado en mitad del espacio público, como el protagonista de 'Cosmópolis'. Si un viajero de autobús cabe en una baldosa, un conductor en un coche sin más viajeros ocupa al menos seis metros cuadrados.

¿Siempre hay clases? Sí, y no. No viajar nunca en transporte público puede significar que eres muy rico o muy pobre. No lo hacen los que viven en el destierro de la ciudad dormitorio, donde las posibilidades de desplazamiento se reducen sensiblemente. No lo hacen los habitantes de los pueblos donde ven un autobús de línea tan a menudo como una fiesta patronal. No hablo de ellos: hablo de esa pequeña microsociedad urbana que no concibe renunciar bajo ninguna circunstancia a su comodidad (no necesariamente a su tiempo, porque en muchos casos el transporte público es más rápido), caiga quien caiga.

¡Uno de los nuestros! ¡Uno de los nuestros! (EFE)
¡Uno de los nuestros! ¡Uno de los nuestros! (EFE)

Es una raza en peligro de extinción, los últimos aristócratas que se enfrentan a una decadencia gatopardiana. Como recuerda el urbanista Richard Florida en un reciente artículo, nos estamos asomando a una polarización entre la nación que se mueve en automóvil y la que no. ¿Y quién formará esta? No es difícil imaginarlo. El perfil medio de la usuaria del metro de Madrid, por ejemplo, es una mujer de entre 35 y 44 años que lo emplea para ir y volver al trabajo. No es casualidad que el informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social publicado hace apenas unos meses pusiese de manifiesto que el perfil de persona en riesgo de pobreza es una mujer educada, con trabajo e hijos. No seas pobre, no compres el abono.

Somos los Mo-mo-morlocks

Me monto en el tren y mi mirada se cruza con la del mismo hombre que, desde hace unos seis años, veo día sí y día también retrepado en el asiento del tren. Nunca hemos hablado aunque tengo la sensación de que disfrutamos de un nivel de intimidad superior al que mantengo con otros compañeros o conocidos. Las leyes del decoro nos impiden saludarnos, pero sospecho que, si alguno de los dos cae fulminado por un infarto repentino, el otro saltará rápidamente a socorrerlo. El transporte público nos coloca ante esos espejos que son el resto de viajeros, y con los que, aunque nos diferencien género, edad o condición social, sabemos que tenemos algo en común. No solo compartir los mismos metros cuadrados, sino el mismo ritmo. El del asalariado, el del Morlock.

Los Morlocks ya vivimos en el transporte desde el que observamos a esos Elois que disfrutan del espacio privado en mitad de lo público

Descubrí a los Morlocks en los tebeos de la Patrulla X. Eran esos mutantes inadaptados que vivían en las catacumbas del metro neoyorquino porque, a diferencia de héroes como Cíclope o Charles Xavier, su apariencia monstruosa les impedía pasar desapercibidos en la superficie. Me acuerdo a menudo de ellos cuando me encojo en un rincón del vagón para intentar que entre un pasajero más, aunque ya esté lleno hasta los topes. Siempre hay sitio. Los Morlocks, obviamente, fueron una invención de H.G. Wells, que en 'La máquina del tiempo' imaginó una sociedad dividida entre ellos y los Eloi. Estos habitaban encima de la superficie, eran bellos, graciosos (y vegetarianos) y podían permitirse una existencia de ocio sin muerte ni enfermedades.

Bajo la superficie se encuentran los feos y terribles Morlocks, con —oh, cielos— una afición desmedida por la carne de Eloi. Sin embargo, eran también la clase productiva, esclavizada en fábricas y minas sin ver nunca la luz del sol. Sin salvar a ninguno de los dos grupos, el socialista Wells avisaba así de lo que podía ocurrir si la polarización de burgueses y proletarios en esa incipiente sociedad industrial se acentuaba aún más. Los Morlocks ya vivimos en el metro de las grandes ciudades o en los autobuses interurbanos, desde los que observamos a esos Elois que empalman coche privado, taxi y Cabify, capaces de mover los hilos de la ciudad sin pisar nunca sus calles.

La estación de Sol en hora punta
La estación de Sol en hora punta

Y, ante todo, nos resulta familiar. Hay un olor especial en el Metro de Madrid —presente en la línea 6 y en la 5, pero no la 3— que me devuelve a la infancia tanto como un bocadillo de sobreasada. Cada metro tiene su personalidad. El de Barcelona, su aroma a sal y playa, algo que creo que los viajeros habituales, acostumbrados a él, olvidan pronto. El de París abre las puertas antes de parar, como si invitase al transeúnte a arrojarse en marcha al laberinto de escaleras mecánicas. Y el de Chicago me recordó que, en los países del turbocapitalismo, los servicios públicos como el metro son algo a lo que uno tan solo recurre cuando ha agotado el resto de posibilidades.

A veces nosotros también nos convertimos en Elois y nos sentimos incómodos. Nunca conseguiré sacudirme la sensación de que montar en taxi es un lujo que no me corresponde, que soy un farsante con ganas de decirle al conductor "¿sabe? Le estoy engañando, yo en realidad voy en metro". Es el lugar donde hemos pasado gran parte de nuestras vidas. Pero no envidio a esas personas que no saben ni siquiera sacar un billete sencillo en el autobús. Nosotros tenemos nuestra solidaridad, nuestros olores y nuestras baldosas para bailar el chotis de la lata de sardinas. Y a nosotros mismos reflejados en los ojos que nos rodean, aunque sea a un palmo de nuestras caras.

Mitologías

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