Los nuevos paletos o la gente culta a la que la cultura le da asco

Trabajan en cine, televisión o prensa, se codean con las élites culturales y no leen un libro ni aunque les paguen. España es más culta de lo que pensamos, pero no por ellos

Foto: El uniforme del perfecto neocateto. (iStock)
El uniforme del perfecto neocateto. (iStock)

Haga la prueba este verano. Examine esas imágenes de Instagram en la que el usuario de turno nos presenta una naturaleza muerta de rodillas playeras, horizontes marítimos y el consabido libro entre sus manos. Compruebe cuánto ha avanzado. La ciencia no ha hablado, pero yo tengo una sospecha: quizá se trate de las primeras páginas de un volumen recién estrenado. En España se leen muchos prólogos pero pocos epílogos.

No acuso. Yo también he hecho fotografías al sofá con el cargamento de discos o libros recién llegados, porque sé que ese exhibicionismo cultural masajeará mi ego cuando los colegas alaben mi buen gusto. Qué sería de nuestras vulnerables identidades sin las afinidades consumistas. Pero es también uno de los rasgos más enervantes de esa nueva raza de diletantes, y a los que me gusta llamar neopaletos. Gente de la cultura, generalmente de familia de posibles, a la que le da igual la cultura o que, directamente, la desprecia. A la que no verás con un libro entre las manos, escuchando música —digo escuchando, no oyendo— o comprando una entrada para el cine. No digamos museos, tebeos o conciertos. No van al cine, van a estrenos. No leen libros, van a las presentaciones de sus colegas.

Estoy harto de ver a escritores que no leen, músicos que no escuchan música o críticos de cine que no ven más películas que las que les toca cubrir

Lo peor de todo es que, con frecuencia, viven de eso. Estoy aburrido de ver a escritores que no leen, músicos que no escuchan música, críticos estrella de cine que no ven más películas que las que les toca cubrir, publicistas cuya cultura visual comienza y termina en Instagram o actores que fían su talento a pasarse el día en el gimnasio. Intelectuales que dedican el tiempo a cincelar su disfraz de intelectual. Periodistas que lo máximo que leen es el "fumar mata" de la cajetilla de tabaco. En resumen, profesionales del sector creativo con lagunas culturales mucho más grandes que las de otras personas que por sus circunstancias económicas, sociales o geográficas no han tenido acceso a esas posibilidades. Me revienta ver a gente con buenos sueldos quejándose de que la cultura es cara mientas otros con menos recursos han sabido exprimir las posibilidades que nos ofrece nuestra época: la gente que más sabe de cine que conozco no trabaja en nada relacionado con el cine.

Quizá se deba a que la cultura ha sido sustituida por la industria cultural, donde el valor estético y social, como espacio común entre individuos, ha sido sustituido por su valor de cambio en el mercado global de vanidades. Escribir un libro, representar una obra de teatro o montar un grupo es, para estos nuevos catetos —todos lo somos un poco— una oportunidad para diferenciarse de la gris masa y recibir su dosis de atención. Esa masa que probablemente sepa más que ellos, pero que no se ve en la necesidad de expresarlo en público.

El valor de lo que no se tiene

Muchos de ellos se escudan en un adagio que me he agotado de escuchar durante los últimos años: que la cultura en sí no te hace mejor, que no por leer más uno tiene menos prejuicios y que, además, pensar eso es elitista porque no todo el mundo tiene el mismo acceso a la cultura. Muchos de ellos lo hacen con un máster de universidad privada bajo el brazo. Llámenme loco, pero a lo mejor la cultura no te hace mejor persona, pero tampoco peor. A mí me ha permitido entender mejor el mundo en el que vivo, a la gente que me rodea y a aquellos que no se parecen en nada a mí, además de cumplir sus conocidas funciones como placer estético, divertimento, individual o social. Tampoco está mal.

De la cultura íntima a la cultura exhibicionista. (iStock)
De la cultura íntima a la cultura exhibicionista. (iStock)

Los datos sobre hábitos de lectura suelen señalar que cuanto mayor es alguien, menos lee. Puede concluirse que es que los jóvenes son más cultos, aunque tiene un poco de truco: la lectura se reduce con la edad, pero especialmente la relacionada con los estudios y el trabajo. Además, es normal pensar que la paternidad o las exigencias laborales reduzcan el tiempo libre. Pero contradice algo que merece la pena reivindicar. Que España es un país culto, donde mucha gente de baja extracción encontró una pequeña redención en esas pequeñas aficiones con las que se topó a lo largo de su vida.

Me ocurre cada cierto tiempo. Entro en la casa familiar de un amigo, y me encuentro con grandes bibliotecas que supuestamente no deberían estar ahí, entre los muros de alguien que nunca pudo cursar una carrera. O descubres una afición oculta por, pongamos, la botánica, la historia antigua, la música clásica o la poesía de la generación del 27. Se ha identificado peligrosamente el catetismo con el mundo rural o con la clase baja, cuando en realidad muchas de las personas más cultas que conozco comparten esos orígenes, quizá porque al haberse visto obligados a abandonar la escuela de pequeños, encontraron en la cultura un salvavidas vital ante un horizonte vital estrecho. Nadie aprecia más algo que el que no ha podido disfrutarlo.

Todo lo que no encaja en sus gustos es o elitista, o pasado de moda, o de viejos, o de adolescentes, o de chicas, o de frikis

El verdadero paletismo es el urbano, ese que tiene todo un universo a su disposición, presume de interesarse por la cultura y se contenta con tragarse el menú del día del 'mainstream' totalitario. Algunos de ellos consideran todo aquello que no encaja en su estrecha visión del mundo como elitista, o pasado de moda, o de viejos, o de adolescentes, o de chicas, o de frikis, porque su única forma de entender la cultura es como un objeto de consumo y no como una expresión de las ideas y tradiciones de un pueblo. Lo que no te permite salir en la foto o subirte al carro no interesa, y la actitud destructiva y condescendiente cotiza al alza

Esa complacencia cultural es venenosa porque supone otro ladrillo en el muro de nuestras vanidades individuales, aislándonos aún más en la contemplación de nuestros propios reflejos. Pero en el pueblo de mi pareja, de unos 800 habitantes, casi todos tocan un instrumento musical: la herencia que legaron hace décadas una pareja de profesores que quisieron inculcar a los vecinos su amor por la música. Algo tan natural que casi ni reparan en ello. Ese fue durante mucho tiempo el verdadero sentido de la cultura: un hilo invisible que daba una dimensión más profunda a las vidas anónimas, y no una insignia para llevar en la solapa de nuestro egocentrismo o un pasaporte para trepar en los peldaños rotos de la escalera social.

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