España no tiene futuro (y la única solución es gastarnos lo poco que nos queda)

¿Estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades? Más bien, hemos dejado de creer en el porvenir, refugiándonos en un presente continuo donde el ahorro es una entelequia

Foto: De la calle a la tienda. (Foto: Susana Vera/Reuters)
De la calle a la tienda. (Foto: Susana Vera/Reuters)

Hoy es imposible realizar una operación tan tonta como sacar dinero sin que el banco intente encalomarte un préstamo (¡tengan cuidado, que una vez casi se me va el dedo en el cajero y me sueltan 20.000 pavos calentitos a un interés que me lo quitan de las manos, señora!). También hoy es complicado abrir un periódico sin que nos recuerden que estamos volviendo a vivir por encima de nuestras posibilidades. La enfermedad y su cura, el saltimbanqui que te vende un crecepelo y el severo mensaje paternalista que te abronca por haberte dejado timar una vez más, hombro con hombro.

La reacción espontánea ante el último informe del Banco de España ha sido indignarse cuando nos dicen que estamos gastando demasiado. Perdón: que los pobres están gastando demasiado. Pero la letra pequeña debajo del eslogan contiene mensajes aún más envenenados. España se encuentra en su nivel más bajo de ahorro nunca registrado (solo 4,9 euros de cada 100 ingresados terminan debajo de la almohada) y las rentas más bajas están financiando gran parte de este consumo a través del crédito. Es decir, gastamos casi todo lo que ingresamos, y un poco más.

No es que consumamos porque pensemos que nos va a ir mejor, sino porque asumimos que, hagamos lo que hagamos, la posibilidad de desastre es alta

El informe añade que algunos hogares pueden estar siendo "excesivamente optimistas respecto a sus rentas futuras". Es decir, están lanzándose al consumo por encima del ahorro porque consideran que les va a ir bien. Mi lectura es la opuesta: es el pesimismo, y no el optimismo, lo que ha provocado que desde 2014 el consumo crezca más rápido que la renta de los hogares. Una vez el ahorro significativo se ha convertido en una entelequia para muchas familias, y que el refugio habitual para el dinero excedente —la compra de propiedades inmobiliarias— es cada vez más inaccesible, solo queda esa tercera vía que es darse alguna alegría al cuerpo. Si el futuro no existe, que no nos arrebaten el presente.

"¿Ahorrar? ¿Yo ahorrar? Hay meses que ni diez euros", me confiesa un amigo. Una respuesta algo sorprendente, porque no cobra mal —aunque como la mayoría, tampoco bien— y no es un manirroto. Tampoco es que su vida presente grandes alicientes para ahorrar: como tantos treintañeros, no tiene pareja ni descendencia ni proyecto de ninguna de las dos cosas, así que quizá ahorrar no sea para él más que un brindis al sol, cuando no un triste recordatorio de que no tiene futuro ni se le espera. No al menos como el que imaginaron sus padres para él. Como cantaron los Sex Pistols, "que no te digan lo que quieres, que no te digan lo que necesitas: no hay futuro para ti".

Si él no ahorra, otros menos. "A cero siempre" es el lema que podría estar grabado en la cuenta corriente de otros compañeros, que recorren cada mes ese alambre entre la estabilidad y la precariedad e invierten lo poco que sobra en pequeños placeres que hagan más tolerable la incertidumbre. Si además te recuerdan continuamente que el consumo es la vitamina D del capitalismo y el banco te pone el dinero en bandeja de plata, ¿para qué más? Los créditos al consumo son como las casas de apuestas con invulnerabilidad diplomática, un vampiro que arrasa los bolsillos más débiles y que, cuando las cosas vienen mal dadas, señalará al más débil. Falta poco para que empiece: la morosidad está aumentando y, con ella, las miradas a los que dijeron "ok" a ese crédito que el banco le vendió con buenas palabras.

¿Quién es ese tipo que dice ser yo en el futuro?

Para ahorrar hace falta tener dinero, y no andamos sobrados, pero también tener una razón por la que hacerlo. Un interesante estudio sobre la psicología del ahorro publicado por el profesor de la Universidad de Nueva York Hal E. Hershfield recordaba que para que alguien decidiese reservar una parte de sus ahorros hacía falta que se cumpliesen ciertos requisitos: que en la imagen mental que tenía de su futuro yo este tuviese algún parecido con su yo presente, que esta representación fuese creíble, vívida y, sobre todo, positiva, de manera que uno desease hacer un favor a su yo futuro, aunque eso supusiese un pequeño sacrificio hoy.

Los ricos pueden vivir en el presente del 'mindfulness', pero los pobres habitan entre un pasado nostálgico y un futuro que nunca llega

La sensación que se ha instalado entre la sociedad española es que no podemos saber cómo será nuestro yo del futuro, ese que nos dicen tiene que estar en continua redefinición y renovación, que no sabe cuál será su empleo ni dónde vivirá, y que gracias a la hostia de realidad que fue la crisis, ni siquiera sabe si su dinero ahorrado servirá para algo o se desvanecerá en un par de años malos. No es que gastemos porque consideremos que nos va a ir mejor, sino porque pensamos que es muy probable que, ahorremos o no, hemos perdido el control de nuestras vidas. Así que surfeamos la ola de la expansión económica a lomos de un hedonismo de todo a 100. Ya hemos renunciado a mucho, ¿y qué hemos ganado? Nunca fuimos ahorradores, pero nunca estuvimos tan desesperados.

Ese 'mindfulness' tan de moda entre las clases altas anima a vivir en un presente continuo, en el aquí y ahora, olvidando remordimientos y preocupaciones. Es el lujo definitivo. Solo aquel cuya existencia material está garantizada puede dejar de pensar en lo que está por venir, en calcular la repercusión de cada uno de sus actos de consumo (¿compro esta marca o la blanca?), en respirar hondo hasta que llega la nueva nómina. Las clases bajas viven entre un pasado perdido que se percibe como mejor —aunque no lo fuera—, pues en él aún había confianza en el porvenir, y dos posibles futuros, uno ominoso y otro próspero pero que nunca termina de llegar. Entre uno y otro, el pequeño consumo (la tele, la comunión del niño, el 'smartphone' o las vacaciones) son una forma de evitar que el presente se nos escurra entre los dedos.

Como Nicolas Cage en 'Leaving Las Vegas', no tengo planes más allá de esta cena
Como Nicolas Cage en 'Leaving Las Vegas', no tengo planes más allá de esta cena

En una sociedad sana, escaparíamos de esa trampa reforzando nuestras redes de amistad, amor, afecto y compañerismo, trazando alianzas alrededor de la cultura compartida, la solidaridad y el apoyo, pero hoy por hoy, la compulsión del consumo sigue siendo el gesto por defecto que cada fin de semana nos da un poco de gasolina para aguantar de lunes a viernes. Hace falta una gran fuerza de voluntad para mantenerse impertérrito ante una sociedad que exige que consumamos al mismo tiempo que sanciona dicho disfrute. Ante esa paradoja imposible de resolver, España es como Nicolas Cage en 'Leaving Las Vegas', un país fracasado al que no le importa morir bebiéndose lo poco que le queda.

A veces, el ahorro solo sirve para soñar con ahorrar algún día. Otro amigo se excusa cuando le propongo un plan ya que está guardando su dinero porque ha conseguido un empleo en otra ciudad y necesita hacer acopio de provisiones económicas. Lleva años saltando de empleo en empleo evitando como sea caer en ese fracaso vital que para él sería tener que volver a casa de sus padres. Hace unos meses, se compró un televisor de no sé cuántas pulgadas. Para el paternalismo de los que nunca tendrán problemas económicos, quizá se trate de una adquisición irresponsable y frívola. Para mí, es un signo propio de una generación que, al contrario de la anterior, ya no sueña con dejar nada a sus hijos sino con olvidar que o estos no existirán jamás o, si lo hacen, serán hijos de un yo extraño, ese yo futuro en el que hemos dejado de creer.

Mitologías
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