Te han estafado, pero cuando te enteras ya es tarde: la picaresca 'cool' y el riesgo inmoral

Las empresas y sus trabajadores no disponen de la misma información, así estos últimos suelen ser quienen terminan pagando los platos rotos de los negocios mal gestionados

Foto: Muchas editoriales, poca diversión. (EFE)
Muchas editoriales, poca diversión. (EFE)

Tenía 25 años, estaba en paro y quería hacerme un hueco en el mundillo (ay, el mundillo). De la nada apareció esa oportunidad que estaba esperando. Una nueva revista de papel satinado, ilustraciones lustrosas, tipografía retrovintage, y que, además de proporcionar gran libertad a sus colaboradores, pagaba bien. Muy bien. ¿Excesivamente bien? No he vuelto a ver tarifas semejantes. Me lancé a proponer reportajes, a cada cual más ambicioso. En apenas un par de meses, el responsable de la publicación me comunicó que le había entendido mal y que en realidad no podía pagar eso. Conseguí llegar a un acuerdo para recuperar lo que ya había salido publicado (apenas un texto). La revista aguantó, creo, un número más.

Es una anécdota poco dolorosa en comparación con otras, pero muestra lo habitual que es el mangoneo en el sector cultural, que por fin está saliendo del armario con las recientes denuncias a editoriales como T&B o Malpaso. Un sector más ruidoso en los medios, quizá porque los periodistas sabemos que podemos ser los próximos, pero una situación común a tantos sectores de la economía española, como bien saben muchos autónomos que pasan gran parte de su jornada laboral realizando ese trabajo estresante y no remunerado que es reclamar facturas o los que durante la crisis se vieron obligados a cerrar sus negocios por alguna quiebra de terceros imprevista.

"Si se retribuyera a los implicados no saldría un puñetero proyecto, este entramado 'cool' de revistas y proyectos molones no se sostiene"

Muchos de los culpables, al menos según mi experiencia, encajan en un perfil parecido. Emprendedores novatos con una gran cantidad de dinero caído del cielo en las manos que, en cuestión de meses (en el peor de los casos, años: cuanto más duren, más cadáveres dejarán en su camino), se ven obligados a cerrar el chiringuito y dedicarse a otra cosa. Eso sí, tras haber hecho unos cuantos contactos que les permitirán tener una salida de emergencia cuando todo se venga abajo. Es una nueva picaresca 'cool', en la que el fracaso no supone una tragedia, sino una reinvención. Para el que se lo pueda permitir, claro. Si alguien quiere un buen ejemplo español, que vea 'Hard as Indie', el documental de Arturo M. Antolín sobre el rodaje de la película 'El cosmonauta'.

Como me comenta uno de los damnificados por este sistema, Javier Pulido, autor de 'La década de oro del cine de terror español. 1967-1976' para T&B, su sensación es que "si se retribuyera a los implicados no saldría un puñetero proyecto, este entramado 'cool' de revistas y proyectos molones no se sostiene, y todos hemos contribuido a ello". Es esa mezcla de ingenuidad e ilusión que supone ver un trabajo propio publicado, y que sirve para olvidar que, como nos susurra el subconsciente, se están aprovechando de nosotros y jamás veremos una recompensa (económica, probablemente también moral) por nuestro trabajo. Cuando me preguntan por qué no publico otro libro, suelo salir con otras excusas, pero quizá la principal es porque no quiero que se rían de mí.

Lo que las palabras de algunos de estos ilustres estrellados desvelan es que ese principio que justifica la desigualdad económica en el capitalismo (que debido a que es el empresario quien asume los riesgos, su recompensa debe ser mucho mayor que la del trabajador) es falso: es habitual, especialmente en aquellos sectores más irregulares, precarios y con menor poder de negociación por las propias condiciones laborales de los empleados que sean estos y sus proveedores los que terminen asumiendo el riesgo del empresario. Es lo que pasa cuando no hay dinero porque se apuesta "a proyectos fallidos": que se jode el currito.

La ley del embudo

A menudo, los que hemos caído en estos círculos gustamos de autoinculparnos admitiendo que fue nuestra vanidad la que nos llevó a aceptar contratos cuanto menos dudosos y condiciones que no terminan de quedar claras, a cambio de ver nuestro nombre impreso en negro sobre blanco. El problema es que hacerlo es una forma de reculpabilizar a la víctima, y obvia que hay muchos otros para los que publicar, traducir, editar o comunicar no es un capricho, sino su única forma de ganarse la vida. Son los grandes perdedores de la información asimétrica entre los trabajadores y sus contratantes, que tienen la sartén por el mango.

El trabajador debe elegir entre dar su dinero por perdido o meterse en largos y costosos litigios para recuperar, algún día, parte de lo que se le debe

El término "riesgo moral" se utiliza para referirse a una situación en la que una de las partes de un negocio, empresa o trato comercial, al disponer de mayor información que la otra, asume riesgos porque sabe que las consecuencias negativas de sus decisiones repercutirán sobre otros. Se emplea para explicar por qué un asegurado a todo riesgo suele cometer mayores imprudencias a la hora de conducir o prevenir los robos en su hogar; también, por qué un banco que sabe que va a ser rescatado lleva a cabo operaciones mucho más arriesgadas. Pero también puede utilizarse para hablar de lo que ocurre cuando una empresa sabe que está jugando tan fuerte que quizá no podrá pagar a sus proveedores, pero estos desconocen por completo que la irresponsabilidad de sus contratantes les hará trabajar gratis.

La inacción de las administraciones y el 'laissez faire' (más bien, 'laissez timer') genera un embudo cuyo lado más estrecho corresponde al trabajador desprotegido, que debe elegir entre dar su dinero por perdido o meterse en largos y costosos litigios para recuperar, quizá algún día, una parte del dinero que le corresponde. Por lo general, para cuando estos casos salen a la luz, ya es demasiado tarde. La solidaridad es una opción. Mi compañero Tonio L. Alarcón recordaba en Twitter que "el sector es pequeño, nos conocemos todos, y en general los que estamos dentro os podemos aconsejar sobre el tema". Pero cuanto menos metido está el trabajador de turno en el mundillo, más vulnerable es, y siempre habrá algún novato que pique. Eso sí que es riesgo inmoral.

No es 'Chernóbil', es 'Hard as indie', la película sobre 'El cosmonauta'
No es 'Chernóbil', es 'Hard as indie', la película sobre 'El cosmonauta'

Quizá sea hora de comenzar a reclamar responsabilidades públicas a la hora de reequilibrar la balanza. De igual manera que una empresa suele pedir toda clase de referencias futuras sobre sus trabajadores ("¿cuáles son tus planes? ¿estás comprometido de verdad?"), no estaría de más que estas estuviesen obligadas a proporcionar a sus trabajadores un certificado de su solvencia, sus planes de futuro, capacidad económica a corto plazo para hacer frente a sus pagos, transparencia salarial para competir en igualdad de condiciones y otra información clave para que cada cual sepa dónde se mete antes de firmar un contrato. De esa manera se evitaría gran parte del fraude, se ahorraría tiempo y esfuerzo en procesos judiciales, se protegería al trabajador y, en fin, se diferenciaría al empresario responsable del oportunista. Por ahora, que cada cual pague lo que debe.

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