No te preocupes si tu móvil te espía, tú haces algo peor: espiarte a ti mismo (y a los demás)

No hay panóptico como en la URSS o en una distopía en la que Google lo sabe todo sobre ti, sino que el carcelero definitivo eres tú

Foto: Cuando te has convertido en una suma de datos, lo único que te queda es intentar mejorarlos. (iStock)
Cuando te has convertido en una suma de datos, lo único que te queda es intentar mejorarlos. (iStock)

Es habitual, como nos suele pasar a los humanos del capitalismo tardío, que me sienta bastante estúpido al menos tres veces al día (aunque nunca más de 10). Se me pasa rápido, porque como todos, he aprendido a barrer las preocupaciones bajo la alfombra del déficit de atención (mira ese vídeo de un gatete). La última ocasión ha sido tras darme cuenta de que estaba levemente preocupado por no haber dado los 10.000 pasos de rigor diarios. Una cosa bastante sorprendente, pues hasta hace unos meses no sabía si daba 10.000 mil o 100. Por no saber, no sabía ni que era algo que se pudiese medir, y mucho menos que esa era una buena cifra, 10.000, ni un paso más, ni un paso menos. Pero ahora que lo sé, ¿cómo puedo olvidarlo?

Así que he incorporado los 10.000 pasos, que de un tiempo a esta parte han pasado a convertirse en otro tema de conversación banal más –¿y tú cuántos das? ¿vas mucho al gimnasio? ¿es verdad que te has quitado el azúcar?– a la larga lista de cosas por hacer cada día. Y hoy, en pleno solsticio de verano, lo confieso: a mí, que me quiten de hacer, que ya no puedo más. Levantarme a una hora exacta, cuidar mi higiene, realizar un número determinado de comidas, escribir no sé cuántas cosas en el trabajo, gestionar otras tantas, volver a casa prontito, comer otra vez –ya no tres veces, ¡sino cinco!– y dormir (nunca menos de ocho horas, claro, que si no te mueres). Hasta el ocio se ha convertido en algo pautado. Lee libros, escucha música, ve series. Nunca se ven suficientes series.

Medir lo que hacemos nos permite, en teoría, tomar mejores decisiones. En realidad, más que liberarnos, nos convierte en esclavos

Veo un vídeo de Brian Eno aún más tranquilizador que sus canciones de 'ambient'. En él, el músico cuenta a un grupo de estudiantes de arte que lo más importante es no conseguir un trabajo. “Eso no significa no hacer nada, sino vivir en una posición en la que haces lo que deseas hacer con tu tiempo”. Es como escuchar uno de esos recopilatorios de sonidos de la jungla –ah, la lluvia, esa sí que no tiene objetivo– mientras viajas en el metro atestado, una experiencia de evasión del mundo real tan relajante como fantasiosa. Paras el vídeo y vuelves a observar el reloj, los pasos contados, la curva con los objetivos del trabajo. En la empresa o en tu casa, las cifras son nuestros espejos.

El “yo autocuantificado” es el producto de todas esas herramientas que nos permiten “conformar” nuestro comportamiento futuro con el objetivo de conseguir un resultado deseado. En teoría. Sospecho que en realidad, causan el efecto completamente opuesto, son nuestra coartada para no enfrentarnos con nuestros verdaderos deseos, pues si nos interrogásemos sobre ellos, quizá descubriríamos que no tenemos ninguno. Como la señora Dalloway de Virgina Woolf, solo que en lugar de pasar el día afanados en servir a los demás, encontramos en la autodisciplina la única manera de articular nuestras vidas, de dar un sentido a esa masa informe que es el tiempo.

Si Dalloway representaba la feminidad enclaustrada en un sinfín de tareas, hoy todos nos hemos convertido en los rehenes de nuestras obligaciones.
Si Dalloway representaba la feminidad enclaustrada en un sinfín de tareas, hoy todos nos hemos convertido en los rehenes de nuestras obligaciones.

¿Cómo hemos llegado a este punto? El lugar que antes ocupaba el sol, cuya salida y puesta daba ritmo a nuestra vida, lo hace ahora el trabajo. Aprendimos hace mucho a construir nuestra vida alrededor de ese núcleo duro que era la jornada laboral, pero nos hemos traído de la oficina la obsesión por los objetivos, la autodisciplina, la competitividad; sobre todo, la comodidad de no rebelarnos contra nosotros mismos. Nos agobiamos por caminar poco o no hacer deporte, por no estar al tanto de las noticias o por estarlo demasiado, por viajar menos que el vecino o a un destino equivocado, por comer comida basura (¡mal, fatal!), por no amar lo suficiente a nuestros seres queridos porque es algo que jamás se puede medir.

Allá cada cual con lo que haga, si no fuese porque el autocontrol es la condición necesaria para generar una sociedad de la sospecha. Hace poco un compañero se quejaba porque Fulanito producía uno y Menganito siete, y cuando le intentaba hacer entender que quizá la naturaleza del uno de Fulanito y el siete de Menganito no era exactamente la misma y que estaba aplicando un criterio peligrosamente empresarial, me miraba con cara de haber dicho que uno más uno son siete. Mi momento preferido de 'Chernóbil' es aquella escena en la que el vicepresidente de la KGB, Aleksandr Charkov, le explica a Legásov que la agencia de inteligencia es “un círculo de rendición de cuentas” tras comunicarle que a él también le espían. ¿La URSS? La empresa moderna sí que es como la KGB.

Confía, pero verifica

El círculo de rendición de cuentas de la URSS tardía se parece sospechosamente a la ultratransparencia de las sociedades capitalistas modernas. No voy a insistir más porque personas más sabias y calvas que yo ya han escrito mejor sobre el tema, así que me limitaré citar a Byung-Chul Han, al que siempre conviene sacar a colación para poner nerviosos a sus detractores: “Los datos y los números, por mucho que abarquen, no proporcionan el autoconocimiento”, escribía en 'Psicopolítica'. “La numeración no es una narración. El yo se debe a una narración. No contar sino narrar lleva al encuentro con uno mismo o al autoconocimiento”.

El autocontrol, siempre según los criterios de productividad y obediencia, se ha convertido en el rasgo imprescindible para el éxito

Nos escandalizamos ante la posibilidad de que recaben nuestra información personal a través del 5G, pero olvidamos el uso dañino y represivo de esos datos que hacemos en nuestra vida cotidiana. Lo que recuerdan los postfoucaltianos modernos es que nosotros somos nuestros mayores carceleros. No hace falta imponer reglas, castigos o sanciones explícitos para lograr que nos comportemos como debemos, si, como el niño en una clase, ya sabemos cómo debemos hacerlo. Basta con echar un vistazo a cualquier proyecto educativo de vanguardia para comprobar cómo la autorregulación aparece siempre como la condición necesaria par el éxito. Ya no hay panóptico como en la URSS o en una distopía en la que Google lo sabe todo sobre ti, sino que el panóptico eres tú, que sabe bastante sobre los que le rodean y todo sobre sí mismo.

Tanto texto, en fin, para decir que estoy cansado, como probablemente lo estará usted, así que vamos a dejarlo aquí. Quizá solo necesite unas vacaciones. Aunque, ¿no son acaso las vacaciones una mera suspensión temporal de esa autovigilancia con el único objetivo de reforzarla, una breve tregua tan pautada y controlada con el resto del año que se nos vende como soma para que, al retorno, sigamos produciendo, midiéndonos y dando vueltas sobre nuestra propia compulsividad cada vez más rápido? Madre mía, qué agotamiento.

Mitologías
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