Hacer cosas solo es el gran placer del siglo XXI; estar solo, la mayor maldición

¿Quiénes somos cuando estamos en mitad de la multitud, sin que nos observen? La capacidad de elegir los términos de nuestra soledad es una de las claves de esta era

Foto: Un hombre fuma en un balcón de Barcelona. (iStock)
Un hombre fuma en un balcón de Barcelona. (iStock)

Una compañera me pregunta qué hago cuando voy a un concierto solo, algo que ocurre con bastante frecuencia. "Supongo que lo mismo", le respondí. "Bailar". ("Bailar", referido a mi persona, suele significar en el mejor de los casos mover la rodilla en un movimiento que se asemeja a un espasmo nervioso; en el peor, a seguir mentalmente el compás de la música).

¿Qué hacemos cuando hacemos cosas solos (pero rodeados)? Sobre todo, ¿quiénes somos cuando no estamos sometidos a la mirada de los conocidos? ¿Cuando los prejuicios, confianzas y tiras y aflojas de nuestras relaciones sociales se apagan? Externamente, ya lo dijo Mariano Rajoy: como los catalanes, hacemos cosas. Internamente, citando a Baudelaire, sentimos "una alegría inmensa al establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito".

La era moderna nos ha proporcionado uno de esos placeres que quizá no siempre existieron. Estar en la multitud, pero que nadie te vea. Invisible por estar rodeado. Como me ha ocurrido en alguna ocasión: ser un grano de arroz en el centro de esa paella pasada que son los grandes festivales de música. Es entonces cuando emerge un misterioso sentimiento de libertad; no la que ofrece poder hacer lo que quieras, sino la de poder no ser tú por un rato. Convertirse en una intimidad andante, volver a un estado primigenio en el que nos vemos libres de mutar para adaptarnos a las expectativas de los demás.

Actos cotidianos, como ir solo a un restaurante, al cine o a un concierto son breves emancipaciones de lo social donde podemos dejar vagar nuestra mente

¿Qué es lo que realmente hacemos? Dejar vagar la mente, sumirnos en un estado de hipnosis y flujo de conciencia que a los ojos ajenos probablemente parecerá, simple y llanamente, estupidez (no niego que lo sea). Dentro de ese placer que es estar solo, la guinda es viajar. En el sentido más estricto: sentarse en un tren o autobús, mirar por la ventanilla y dejar que la imaginación sea alimentada con paisajes, como si uno pudiese sentarse en un museo a ver los cuadros pasar delante de sus ojos. Cuántas de estas columnas se me habrán ocurrido en esa situación.

Olvidémonos de los largos viajes a países lejanos, que peligrosamente nos conducen por el camino de la patraña del autodescubrimiento. Me refiero a actos cotidianos, como ir al cine, a un concierto, a desayunar a un bar o comer en un restaurante, bajar a la piscina, ir a un espectáculo deportivo u otros actos de ocio en teoría pensados para disfrutar en compañía. También inversiones de lo público y lo privado: leer o comer en un parque (solo), algo para lo que el verano y el vaciado de la ciudad se prestan especialmente.

Cuando nadie te observa. (EFE)
Cuando nadie te observa. (EFE)

Esta emancipación del acto social no es nada nuevo, que Rousseau ya decía que nunca había existido tan vivamente como "en los viajes solo y a pie". La soledad de la que hablo es semejante a la del decimonónico 'flaneur', el paseante que brotó de las grandes ciudades y cuyo hogar era la multitud. Citando otra vez al poeta francés, "estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido, tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente".

El antiguo paseante solitario era o un canalla (si era pobre) o un diletante (si era rico). Con la democratización de todo, el gran salto adelante se ha producido en que hacer cosas solo apenas está estigmatizado, siempre y cuando cumplas tu papel en la sociedad, es decir, si consumes. Si has pagado la entrada, tu bebida o menú, ¿qué problema hay en que lo hagas solo? No eres un tío raro, eres un consumidor. La inquietud que sentía de adolescente por ir solo al cine, cuando me escabullía de la sala antes de que se encendiesen las luces, se ha sustituido por el orgullo que proporciona la autosuficiencia.

Estar solo es posible si no nos sentimos solos. Si sabemos que podemos volver a un lugar —emocional— en el que no lo estaremos

Aquellos 'flaneurs' ya lo sabían, pero hoy es más claro aún. Frente al productivismo que se ha adueñado de nuestras vidas, la soledad yerma y no comunicada es una pequeña tregua ante la maquinaria del día a día. Eliminar el complemento circunstancial y quedarse en el verbo intransitivo. Como decía Taleb, "la modernidad ha impuesto una repugnante narratividad a la actividad: ahora caminamos para 'hacer ejercicio', no 'caminamos' sin justificación, por razones ocultas". Las que únicamente nosotros sabemos al hacer algo solos.

Atrapado con tus pensamientos

Estar solo sigue siendo, en muchos sentidos, un privilegio. Lo es porque entenderlo como placer y no como castigo, como condena, solo es posible si no nos sentimos solos. Porque sabemos que podemos volver a un lugar —emocional— en el que no lo estaremos. Para tanta gente, estar solo físicamente es la mejor forma de recordar que, bueno, están solos. Solos de verdad.

No cualquiera puede estar solo, y no siempre hacerlo en cualquier situación. Una mujer sola en un concierto (o en un bar, un garito) no goza del mismo anonimato que un hombre. Como es mi caso, cuanto más estándares somos —un treintañero con gafitas, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado—, más fácil es pasar desapercibidos. O, como decía antes, convertirnos en un lienzo transparente para la mirada de los demás, donde todo ocurra en nuestro interior. Como soñar despiertos.

No tengo ninguna duda de que uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos hoy es la soledad impuesta, el reverso de esa soledad deseada de la que he hablado. El desarrollo tecnológico, político y social de los últimos siglos propició la aparición de la intimidad tal y como la conocemos hoy. Era un lujo al que ni siquiera los monarcas tenían derecho, observados mientras hacían el amor (o sus necesidades). Acabamos con el hacinamiento proletario para generar una nueva clase de enfermedad social, la de la atomización invisible.

La vida moderna cada vez nos obliga con más frecuencia a convivir en intersticios de aislamiento. Nacimos y morimos solos, pero también solemos ir al curro solos, hacer la compra solos, ver series solos o incluso trabajar solos: los centros de 'coworking' sirven, entre otras cosas, para evitar que nuestras casas se conviertan en jaulas donde, como en 'Saw', estamos atrapados nosotros solos con nuestros pensamientos (con un cadáver entre ambos).

La soledad puede convertirse en una maldición o lujo, en placer o condena, según si es impuesta o no

Una paradoja en la que los que están solos están buscan la compañía, y quienes están acompañados buscan la soledad, quizá por el mismo espejismo del razonamiento por el que los solteros anhelan una pareja y los casados fantasean con una vida sin compromisos. De igual manera que estar siempre ocupados es o bien un signo de pobreza —porque de otra forma no llegas a fin de mes— o de estatus —porque te hace inaccesible a los ojos de los demás—, puede ocurrir algo semejante con la soledad. Que se convierta al mismo tiempo en maldición y lujo, en placer y en condena.

Mitologías
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