No, no pienso tomarme un café contigo: en defensa de las relaciones superficiales

Tenemos la amistad y el amor en muy alta estima, pero despreciamos las interacciones casuales y los instantes inesperados de intimidad. Es hora de que cambie

Foto: Nos vemos en los bares. (iStock)
Nos vemos en los bares. (iStock)

—A ver si nos tomamos un café* un día de estos. [*Quien dice un café, dice una caña, o directamente nada.]

—Sí, te pego un toque.

[Obviamente, nunca hubo café. Cuando se volvieron a encontrar, la conversación se repitió de nuevo, palabra por palabra]

En este preciso milisegundo, millones de españoles están quedando para quedar en algún momento del futuro imposible, más o menos conscientes de que hay un 99,9% de probabilidades de que eso nunca ocurra. Es puro ritual de cortesía, que una vez intenté romper y quedé como un rancio: “Da igual, no vamos a quedar, pero no hace falta: me ha gustado verte”. A mí me pareció de lo más cariñoso que se le puede decir a nadie.

¿Qué significa ese café que nunca nos vamos a tomar, una de las metáforas sociales más manoseadas? Quizá tan solo sirva para acortar la frase “disfruto de tu compañía, o siento un cierto compromiso hacia ti porque compartimos en el pasado alguna clase de afinidad, pero debido a otros avatares vitales ni tengo ni deseo tener tiempo para ahondar en esa potencial amistad que podría haber surgido entre nosotros, lo cual no quita para que no quiera dejar abierta la puerta a posibles interacciones en el futuro no necesariamente con cafeína de por medio”. Muy largo.

No necesitamos más deudas sentimentales ni más amigos, pero nos da pena que las interacciones superficiales caigan por el sumidero del olvido

El café metafórico que nunca existió es, en realidad, una puerta a realidades alternativas. Otras dimensiones en las que se han realizado las potencialidades de la amistad (o del amor), en las que compartir ese brebaje mágico nos convierte en amigos para toda la vida o parejas eternas. ¿Por qué al final nunca acudimos a la cita, por qué no descolgamos el teléfono? Porque no necesitamos más amigos, ni más deudas sentimentales, aunque nos cueste admitirlo. Porque disfrutamos en secreto de las relaciones superficiales, que oye, no están tan mal.

¡Ojalá no volver a verte!

Me pasó hace un par de semanas en un festival de música. Entre dobles bombos y el hedor de la depuradora La China, me acordé del colega de un colega que había visto por última vez junto en ese mismo lugar, escuchando a los Carcass. De repente, noté la caricia fría de un mini de cerveza por mi brazo: exactamente un año después, ahí estaba aquel chaval que no recordaba cómo se llamaba –perdona, Jorge– y al que le di el típico abrazo con palmaditas de macho-en-festival. Es el perfecto resumen. Conocerse, perderse y reencontrarse alrededor de una misma afición, necesidad o afinidad. Menos que amigos, más que conocidos.

Esa gente a la que solo ves en festivales.  (Efe/Kiko Huesca)
Esa gente a la que solo ves en festivales. (Efe/Kiko Huesca)

Somos maniqueos a la hora de categorizar nuestras relaciones. Por una parte, están nuestros muchos amigos, nuestra única familia y una pareja (en algunos casos, dos). Con ellos mantenemos relaciones íntimas, valiosas, profundas, que nos realizan como personas, como dicen ahora los horteras. Fuera de ese círculo de privilegio se encuentra una masa anónima con la que mantenemos relaciones en el mejor caso frívolas pero que no son los nuestros. Son los Conocidos, todos esos rostros secundarios que, café mágico mediante, en algún momento habrían podido convertirse en protagonistas. Pero la vida hoy no es un relato épico y lineal, sino una tragicómica 'sitcom' donde los rostros cambian cada temporada.

Las parejas siempre son más auténticas que los amantes y la amistad está más cotizada que el compañerismo. En esta clasificación entre lo esencial y lo accesorio, entre la gente que se queda en la nuestra vida y la que pasa, el criterio se encuentra entre las relaciones que ofrecen continuidad entre el pasado, presente y el futuro y las que no. Por eso la familia, aunque no la elijamos y algunos la odien, siempre está ahí. Con tu padre o te tomas un café o no te lo tomas, pero no te lo encuentras y le dices “a ver si quedamos”.

Una lectura engañosa. Si hay algo a lo que nos obligue nuestro tiempo es a que la mayoría de nuestras relaciones personales formen parte de ese segundo grupo, ambiguo, no definido, transitorio y fantasmagórico. Siempre a punto de desaparecer. Nos sentimos mal cuando compartimos mesa y mantel con alguien que sabemos que en cuestión de meses, días o incluso minutos, no volveremos a ver (ni ganas). Nos hace sentirnos mentirosos, cínicos, falsarios. Así que intentamos ser amigos de todo el mundo. A mí, señor, déjeme en paz, que no quiero nada con usted.

El café inexistente es un vínculo mágico que nos ancla a la realidad de nuestra propia existencia ante el huracán de la transitoriedad

Es en ese contexto en el que la taza de café que nunca tomaremos juega un papel redentor. Es el comodín que posterga el encuentro pero nos hace sentir que esas relaciones transitorias sí tuvieron algún valor, que no fueron un espejismo, que esa afinidad que experimentamos podía haber derivado en otra cosa. El café inexistente es un vínculo mágico que nos ancla a la realidad de nuestra propia existencia ante el huracán de la transitoriedad –en ocasiones precariedad–, del olvido, de la ansiedad, del desinterés.

Menos sufrir. Quizá es hora de que nos deshagamos de esa veta ancestral que nos susurra que los amigos y la familia son lo primero, y abrazar el caos. Dejar de entender que las únicas relaciones valiosas son las del coto amigos-familia-pareja y comprender que dos personas completamente desconocidas pueden experimentar, en un abrir y cerrar de ojos, un mayor grado de intimidad que otras que han pasado años y años juntos. ¿Qué hay más íntimo que ser el héroe anónimo que salva la vida a un desconocido? ¿O fallecer en los brazos de otra persona por mero accidente?

Si despreciamos dichas intimidades sobrevenidas, aparte de por un poco de pudor, es porque carecemos de palabras para definirlas. En el amor nos inventamos al “follamigo”, pero ¿cómo llamamos a la persona que se sienta a nuestro lado en el avión, comparte horas de agradable viaje y se despide sin pedirnos el teléfono? ¿Al compañero con el que no has hablado en años y al que de repente le despiden y te da mala conciencia? ¿El que te ayuda a recoger la compra cuando se te rompe la bolsa, quien te presta un euro porque se te ha olvidado la cartera? ¿Cómo llamo al Charlie, un tipo que me puso cañas y “qué quieres de tapita” noche sí, noche no durante años hasta que un buen día chapó el negocio y nunca se volvió a saber? La literatura y el cine saben definir dichas relaciones sin ponerles un nombre.

Dos que tuvieron una bonita relación superficial y un buen día les dio por tomar un café en París.
Dos que tuvieron una bonita relación superficial y un buen día les dio por tomar un café en París.

Tenemos sentimientos, pero como no tienen nombre, pensamos que no valen de nada. ¿Qué es más íntimo que el respeto mutuo? ¿O el odio? ¿Qué hacemos con la admiración, la comprensión, la simpatía o la bella sensación que es disfrutar de la compañía de otra persona por un breve rato, sentimientos desprestigiados que raramente sirven para opositar a amistad, pero que trascienden la relación de conocidos? Sentimos una gran ansiedad por acabar con esa ambigüedad, como si todos los sentimientos positivos cayesen por el sumidero si no cristalizasen en amistad o amor. Si los Stones cantaban “el cantante, no la canción”, yo añado: el sentimiento, no la persona. Si no, estamos condenados a la frustración.

Paradójicamente, es posible que sea esa necesidad de encontrar amistades verdaderas, profundas e íntimas lo que nos aísla, especialmente cuando somos adultos (los niños juegan con unos y con otros y todos son sus amigos). Construimos muros entre aquellas relaciones que se han decantado hacia el lado de la amistad y las que no, dejando fuera la mayor parte de interacciones que llevamos a cabo en nuestra vida cotidiana, con peor reputación aunque puedan ser más íntimas que las que establecemos con nuestros seres queridos. Las relaciones profundas nacieron como superficiales.

Todo esto para decir algo muy sencillo. No, no voy a pegarte un toque para tomarme un café contigo. Lo cual no quiere decir que no haya disfrutado pasando tiempo contigo, que considere que eres un buen tipo, incluso que te tenga cierto afecto y que te ayudaría si lo necesitases, o eso me gusta pensar. Nos vemos el año que viene en el mismo sitio, a la misma hora.

Mitologías
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