El gran error de todos los veranos o por qué debemos cerrar España y marcharnos todos

Ya está bien de considerar las vacaciones una excepción en nuestro estado natural de trabajadores. Lo que hay que hacer es echar el cierre del país y dedicarnos a vaguear

Foto: Es la selección de Hungría, pero me gusta imaginar a los 40 millones de españoles ociosos así. (Reuters)
Es la selección de Hungría, pero me gusta imaginar a los 40 millones de españoles ociosos así. (Reuters)

Este año, la gente se está cogiendo las vacaciones con un entusiasmo que más que marcharse unas semanas para relajarse parece que les han licenciado tras ser heridos en el frente de batalla. Mientras tanto, el resto nos despedimos de ellos desde la trinchera con los ojos empañados, conscientes de que cualquier bala perdida —el marrón veraniego de turno— puede acabar con nuestra escasa paciencia estival en el contexto de hay-que-hacer-lo-mismo-con-la-mitad-de-gente.

Los que no se han marchado cuentan los días para hacerlo y los que han vuelto aguantan la tormenta (o, en el mejor de los casos, el tedio) con estoicismo. Quedarte en la oficina en pleno agosto es ser el último de Filipinas, mitad heroicidad estúpida, mitad pequeño placer producido por nadar en contra de la corriente. Cuando tú vas, yo vuelvo. Pero todo parte de una idea equivocada: las vacaciones son una excepción en el estado natural del hombre, que es pasar ocho horas al día en una oficina haciendo vaya usted a saber qué. Rellenar Excels, por ejemplo.

Viajar es, ante todo, poner tierra de por medio entre nuestros cuerpecillos agotados y el aburrido y frustrado yo de nuestro día a día

Uno se va de vacaciones porque ya toca o porque hay que desconectar, esa palabra tan fea que, como ya he explicado otros veranos, nos asimila al teléfono móvil que tiene que enchufarse cada noche. Entonces uno coge sus bártulos, se va todo lo lejos que pueda —ya sea el pueblo o algún país subdesarrollado donde el cambio de moneda resulte favorecedor—, con quien le apetezca —o, más bien, con quien le aguante— y se disfraza de sí mismo.

Porque eso es más o menos en lo que consisten las vacaciones modernas. En escapar de forma individual de ser esa versión de uno mismo mediocre, gris y tontorrona con la que cargamos once meses al año. En cogerse a uno mismo y trasplantarse en otro punto del planeta donde, se entiende, uno vuelve a ser él mismo (por alguna extraña razón, pensamos que pasear en bermudas por una playa tailandesa es una versión muy auténtica de nuestro ser). La pega, claro, es que al pisar la oficina volvemos a quitarnos la careta de "mi yo real" que nos hemos puesto. Hemos convertido las vacaciones en una simple tregua, y como tal, fuente de decepciones una vez se acaban.

Siendo tú mismo en bañador. (iStock)
Siendo tú mismo en bañador. (iStock)

Tengo una propuesta irrealizable que no le gustará a nadie (¡ni siquiera a mí!) pero que tiene todo el sentido del mundo: las vacaciones no deberían ser un derecho individual, sino una obligación total. Me explico. Ya está bien de abandonar el trabajo durante unos días mientras el mundo sigue girando y uno está expuesto a la típica llamadita de "sé que estás de vacaciones, pero...". Lo que hay que hacer es chapar España. Bajar todos la persiana, paralizar la producción y dedicarnos a la vida expansiva. Y sin viajar, que no habrá trenes ni aviones. Ni carreteras.

¿Para qué? Si estuviésemos todos de vacaciones, no tendríamos que huir a ningún lugar. No nos engañemos. Viajar es, ante todo, poner tierra de por medio entre nuestros cuerpecillos agotados y nuestros jefes, empresas, obligaciones, frustraciones, cargas, aburrimientos, etc., etc., etc. Un buen experimento social veraniego sería imitar las viejas vacaciones del pasado y, simplemente, seguir viviendo nuestro día a día, sin nada que hacer. Ni política, ni deportes, ni ocio, ni nada. Una España zombi. Un retorno a la vida salvaje.

Quizá el verano de la infancia tiene tan buena reputación nostálgica porque sentíamos, por última vez, que todos estaban de vacaciones

Sería ese momento que, a lo Burroughs, todos vemos qué hay en la punta de nuestros tenedores. A lo mejor el problema de las vacaciones es que nos las vamos cogiendo a turnos, como los soldados en la garita haciendo guardia ante la llegada del enemigo. De uno en uno o de dos en dos, con la pareja, y a trozos, para saborearlas mejor. Mejor vámonos todos de vacaciones, y que le den al país. Si España ha vivido meses sin gobierno, los españoles podemos vivir un mes entero sin España.

Vida finita para tiempo infinito

Los veranos de la infancia tienen muy buena reputación nostálgica, pero quizá por las razones equivocadas. De acuerdo, eran especialmente largos, los pasábamos en un estado irrepetible de inocencia con esos abuelos que poco a poco desaparecieron, aún no había responsabilidades adultas… Todo ello es verdad, pero el verano de la niñez tiene ese carácter sagrado, sospecho, por su cualidad de tiempo suspendido. En el estío infantil, tú no estás de vacaciones; es el mundo el que lo está. O al menos eso nos gusta recordar.

Volvemos el 1 de septiembre. (iStock)
Volvemos el 1 de septiembre. (iStock)

Así que quedemos con nuestros amigos, familiares y parejas, miremos al horizonte, charlemos de lo divino y de lo humano, planteemos utopías irrealizables, dejemos que haya silencios (in)cómodos entre nosotros y, sobre todo, dediquémonos a esa cosa tan peligrosa que no es hacer nada. Peligrosa porque nos obliga a enfrentarnos a nosotros mismos, también liberador porque nos exime de lo más alienante que existe, que es organizar nuestra vida atendido al criterio productivo (económico, pero también ocioso). No hay mejores vacaciones que convertirse en un perfecto inútil.

Quizá solo en ese momento, y aunque fuese por una vez en toda nuestra vida, descubriríamos si de verdad nos gusta quiénes somos. Mientras tanto, entre huidas de nosotros mismos y trampas cotidianas, nos resulta imposible acceder a esas epifanías que solo son capaces de producir el aburrimiento, la abulia, la ausencia de objetivo diario. Levantarse (o no), pasear, comer algo y dormir (o no). Y mientras tanto, vivir en un mundo paralizado, quizá el mayor de los placeres que puedo imaginar hoy. Las tiendas se cierran, el alma se abre.

Hay quien le gusta sentirse realizado sabiendo que es insustituible en el trabajo, yo prefiero la ligereza de estar seguro de que nadie es imprescindible

Esta última semana he sentido una acogedora tranquilidad cada vez que alguien me daba largas con un "vuelva usted en septiembre". Frustrante, sobre todo si estás intentando sacar adelante un reportaje, pero también bonito al recordar que hay quien puede esfumarse sin que el mundo se pare. Habrá quien se sienta realizado sabiendo que es insustituible en su puesto hasta el punto de que ni siquiera en vacaciones se pueden olvidar de él, pero yo prefiero todo lo contrario. La ligereza de saber que todos somos prescindibles, que el mundo no se para si uno no está. Descansar de estar, tomarse unas vacaciones de uno mismo.

Hace unos años, 'The Financial Times' publicó un artículo en el que escandalizados, se preguntaban cómo era posible que los europeos se marchasen un mes entero de vacaciones. ¡Los turistas no podían ni comprarse un triste helado! Era tan falso como verdadero. Falso porque evidentemente el "cerrado todo el mes de agosto" es una exageración, verdadero porque muestra que el verdadero signo de los tiempos es estar siempre abierto, siempre disponible, siempre, siempre.

"Para muchos europeos, parece difícil deshacerse de la idea de que el verano es para divertirse, y no para trabajar", aseguraba el artículo, que reconocía con la boca pequeña que, bueno, los países europeos son los más productivos del mundo. Yo no pienso caer en esa trampa. Tenemos que darnos vacaciones porque podemos hacerlo, porque somos nosotros los que tenemos la llave de la jaula que hemos construido. Es nuestra deuda con el estío, sus 40 grados a la sombra y con aquellos veranos pasados en los que no fingíamos ser nosotros mismos.

Mitologías
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