El mundo no es un pañuelo: por qué no dejas de encontrarte con gente que no aguantas

Las casualidades no existen, lo que ocurre es que somos previsibles, repetitivos y obsesivos. Pero está bien que así sea, porque es la única manera de crear nuestro mundo

Foto: ¡Qué coincidencia!, ¿vienes mucho por aquí? (iStock)
¡Qué coincidencia!, ¿vienes mucho por aquí? (iStock)

Acababa de saludar a una compañera del periódico con la que me había cruzado casualmente cuando me topé con otro viejo conocido en ese kilómetro cero del misterio higiénico que son los baños del Cine Doré. Vive en Chile, pero para mí es como si lo hiciese en el piso de abajo. Lo veo más que a mis vecinos, no digamos familiares. Me lo topé el año pasado en un concierto de free jazz; otro día vi su cara entre los asientos de la Filmoteca de Santander cuando fui a presentar una película. Nunca sé que está, pero siempre aparece.

Iba acompañado de otra vieja amiga de la universidad que me lo habría presentado una década antes. Para rizar el rizo, esta antigua compañera de universidad me contó que está trabajando… en el mismo lugar y en prácticamente el mismo puesto que había abandonado mi padre para jubilarse, y donde yo mismo hice las prácticas en su día. (En este episodio hay otra serie de casualidades que no reproduciré, pero van en esta línea)

Hay un hilo invisible, que une a personas que no se conocen, tejido por afinidades o inclinaciones almacenadas en ese lugar que llamamos identidad

La tentación obvia es suspirar, abrazar la banalidad del momento y decir "¡ah, qué pequeño es el mundo!" y pasar a otra cosa, quizá porque espanta los malos espíritus que rodean esta clase de casualidades. No solo la supersticiosa sensación de fatalismo que rodea las serendipias, como si hubiese una fuerza externa que moviese nuestros hilos sin que podamos hacer nada, sino porque nos recuerda que somos seres repetitivos, obsesivos y previsibles. Aunque quizá eso sea una buena noticia.

Paradójicamente, es más fácil encontrarse con una persona que vive en otro país que con tu hermano si compartes aficiones o intereses, esos mismos que te llevaron en algún momento del pasado a conocerla, y que os empujarán a frecuentar los mismos lugares. Es la misma razón por la que es posible vivir en el mismo bloque de edificios que una persona con la que jamás te cruzarás. Su cuerpo físico se encuentra muy cerca, pero vive en otro mundo.

'¡Hombre, cuánto tiempo!'
'¡Hombre, cuánto tiempo!'

Respecto a mi compañera, me pondré trágico (u orteguiano) y especularé con que si no hubiese sido hijo de mi padre quizá no habría estudiado un doctorado, no me habría interesado por la filosofía y por lo tanto no habría tenido cosas en común con ella. Hay un hilo invisible entre todos nosotros tejido a base de preferencias, actitudes, costumbres e inclinaciones almacenadas en ese lugar al que llamamos identidad.

La república invisible

En urbanismo se utiliza el término "línea de deseo" para referirse a esos caminos que los viandantes abren poco a poco, gracias a su uso, y que no se corresponden con los pasos pensados para ser utilizados por peatones. Por ejemplo, los senderos que atraviesan un parque porque unen la distancia más corta entre dos puntos, en los que la ausencia de hierba muestra que no se puede obligar a nadie a dar un rodeo. La extinción del verde es la manifestación del deseo humano, una pequeña rebeldía frente a la convención absurda.

No volveríamos a los mismos lugares si no fuese porque en ellos esperamos reencontrar lo que vivimos en su día

J.M. Barrie, el creador de 'Peter Pan', los denominaba "caminos que se han hecho a sí mismos". Nuestra vida discurre por esas líneas de deseo, tanto materiales como metafóricas. Es el deseo el que nos lleva una y a otra vez a toparnos con las mismas personas, en las mismas situaciones, el que nos empuja al 'dejà vu', un sentimiento en ocasiones frustrante —"oh, mierda, ahí vamos de nuevo"—, pero también reconfortante. No volveríamos a los mismos lugares si no fuese porque en ellos esperamos reencontrar lo que vivimos en su día.

Son los cines, los restaurantes, las discotecas, las tiendas, las calles, los parques, las fiestas. De ahí que nos apene tanto que cierren un bar. No desaparece solo un establecimiento, sino una línea de deseo que se convierte en vía muerta. El cierre echado es un ataúd para el encuentro fortuito. Dejamos de sentir los lugares como nuestros cuando no queda en ellos nadie que conociésemos. Pero no son solo espacios, sino también aficiones, intereses, ideas, inclinaciones o prejuicios que conforman los mundos invisibles en los que habitamos.

Líneas de deseo. (CC/Critter para opensource.org)
Líneas de deseo. (CC/Critter para opensource.org)

Me ha pasado en los conciertos. A lo largo de los meses, los años y las décadas, me he terminado acostumbrando a ver las mismas caras una y otra vez, rostros a los que poníamos motes para distinguirlos, y que en algún momento, tras intercambiar un par de palabras, pasaban a formar parte de esos mundos propios. Otro buen ejemplo son las fiestas de verano. Volver al pueblo no es únicamente reencontrase con el hogar, sino con los amigos de la infancia. Son lugares que reviven el 15 de agosto como puntos de deseo para retornar al letargo cuando septiembre asoma.

Se suele bromear en Twitter sobre la peliaguda circunstancia que es encontrarte con tu ex o gente que no nos apetece ver; el colmo del malestar humillante, como me contaban hace poco, es ir solo a un concierto y que tu antigua pareja se siente a tu lado con su nuevo ligue. Es el lado oscuro de las líneas de deseo, que pueden convertirse en jaulas de lo conocido. Malas noticias. Si te encuentras sin parar con tu ex es por la misma razón por la que probablemente estabais juntos: frecuentáis los mismos lugares, compartís amigos, tenéis parecidos intereses, seguís teniendo algo en común.

Hay quien no cree en las clases sociales, pero no hay más que rastrear las huellas que dejan en forma de compadreo para recordar que ahí siguen

Es también la razón por la que nunca has coincidido con Amancio Ortega. Las líneas de deseo también se trazan en las universidades elitistas que, entre sus ventajas, ofrecen la posibilidad de codearse con otras personas como tú; las líneas de deseo provocan que las buenas familias se ayuden entre ellas y te dejen a ti fuera, aunque solo sea por frecuentar el restaurante de moda o el club de campo. Las clases sociales son así: hay quien dice que no existen porque no se ven, pero, igual que Jesucristo y santo Tomás, basta con rastrear las huellas para comprobar que ahí siguen.

También puede ocurrir lo contrario, claro, que sea el deseo el que revierta la jerarquía social. La cultura, la gran revolucionaria social, puede permitir que ricos y pobres se junten, que aquellos que no se habrían juntado en otros contextos convivan, aunque sea temporalmente. Por ello es tan importante fomentar los espacios sociales verticales, los lugares de intercambio, vencer la inercia impuesta por el mundo virtual que reduce la potencialidad arbitraria del mundo físico.

Los pies nos llevan una y otra vez a los lugares donde deseamos estar sin que seamos conscientes. Buscamos hogares en las personas. La activista Jane Jacobs recordaba que no se puede imponer una lógica en la ciudad, que esta tenía sus propios razonamientos emocionales. "La gente la construye, y es a ellos a los que debemos adaptar nuestros planes". Lo que hacemos día tras día, hora a hora, sin saberlo, es dibujar caminos imaginarios que reducen el tamaño del mundo a escala humana y nos acercan a aquellos con quienes queremos estar.

Mitologías
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